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María: Asesinada por la industria de armas


María Chiquita Mecha, fue asesinada, víctima de la bala asesina. Es una niña emberá, apenas de 12 años de edad, de una comunidad llamada Nazaret en las orillas del río Chico (Yaviza, Darién). No tuvo la suerte de que un periodista pudiera captar la cara de aflicción, desconcierto y dolor en la noche llena de terror, contrario al niño palestino Mohamad El Dirah, que mostró su rostro de angustia y sufrimiento frente a las cámaras con la muerte cerca.
María de Nazaret, acostumbrada a jugar en piraguas, cayucos, recoger mangos, acompañar a sus padres a pescar tilapias, lavar ropa y bañarse con abundante jabón, en río Chico fue masacrada junto a su comunidad en un acto desalmado de barbarie y bestialidad de parte de grupos irregulares. María de Nazaret representa a otros tantos niños y niñas indígenas que llenan el banco de datos de la PNUD, UNESCO, FAO, Ministerio de Salud, Banco Mundial y la Contraloría, etc. Sin embargo, nada dicen sobre la guerra, Plan Colombia y los asesinatos.
Los pueblos indígenas fronterizos de Colombia y Panamá los emberá, kuna, wounan hemos sufrido pérdidas de vidas humanas, zozobra e inseguridad desde el surgimiento de la guerra hace 40 años en el hermano país. Esta situación llevó al asesinato y masacre de dirigentes políticos, campesinos, religiosos e indígenas y su esclarecimiento queda todavía en el misterio e impunidad. Pero, ¿quiénes ganan en esta dolorosa y cruel guerra?. Los vencedores no son el pueblo ni el gobierno colombiano ni los guerrilleros, sino los fabricantes de armas. Son balas y morteros que matan el espíritu religioso, corazón campesino, manos obreras y sabiduría indígena. Si el final de la guerra fría supuso un grave contratiempo y crisis para ellos, la explosión de conflictos a causa del narcotráfico, recursos genéticos y el petróleo, considerados temas de seguridad del estado, están marcando el regreso al paraíso de los grandes beneficios de la industria armamentista financiado por los Estados Unidos y otros países.
¿Qué pretenden conseguir los atacantes, que usan la oscuridad, al agredir salvajemente a seres además de indefensos, excluidos y empobrecidos de la riqueza que produce nuestro país?. Esto más que provocación es muerte y desolación. ¿Acaso es señal de guerra del Plan Colombia? ¿Es planeación estratégica para militarizar las fronteras, como lo está haciendo Colombia con Perú, promovido por los Estados Unidos?. Todos los análisis llevan a concluir a una mano blanca tras bastidores interesados en involucrar a Panamá en la internacionalización de la guerra.
Los panameños que amamos este país profundo y diverso no podemos permitir esto como consecuencia lógica de la guerra en Colombia. No es normal; es masacre, asesinato a mansalva que ha traído dolor e inseguridad en regiones habitadas mayoritariamente por indígenas. Además, la guerra social y económica desde hace tiempo produce estragos en la región más pobre del país.
Por otro lado, causa extrañeza que estos organismos internacionales que defienden los derechos del niño y la niña no hayan dicho nada sobre las implicaciones nefastas y de muerte del Plan Colombia y lo que ha pasado en Nazaret. ¿Y qué dicen los ecologistas defensores de plantas y humedales? ¿O acaso sólo las plantas y el bosque importan? ¿Acaso no está en juego la biodiversidad biológica y cultural?. El Plan Colombia está objetivado, elaborado, y sustentado para la guerra. Solamente miremos los rubros a que va dirigido en este plan.
Si dicen que el objetivo del Plan Colombia es luchar contra la droga, su cultivo, procesamiento y distribución, ¿por qué los latinoamericanos no nos organizamos contra la industria de armas, los carteles de tabacos y droga que tanto daño, el consumo de cocaína y la globalización que tiene su fuente y raíz en los Estados Unidos? ¿Por qué no unirnos con el pueblo estadounidense, llenar de pacifistas, campesinos e indígenas las plazas protestando activamente? ¿Por qué no presentar una alternativa de paz mejorando las condiciones de vida y equidad y no prepararse para la guerra?. Es iluso predicar la paz mientras la exclusión y empobrecimiento de millones de personas aumenta y la industria de la guerra crece vertiginosamente. Los panameños tenemos derecho de vivir en solidaridad, paz, trabajo y justicia. No queremos balas ni metrallas, regalos del tío Clinton.

101 años de Panamá América

 
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