María Mecha y la violencia en la frontera
En la madrugada del domingo 15 de octubre y por casi dos horas, a 20 Kms de la frontera con Colombia el pueblo panameño de Nazaret en la Comarca Emberá-Wounam sufrió el ataque de fuerzas irregulares, presuntamente colombianas. Aproximadamente 60 irregulares fuertemente armados abrieron fuego contra una pequeña población que no supera los 300 habitantes y protegida por escasos 15 miembros de la Policía de Frontera de Panamá. El motivo de la agresión: apropiarse de las armas de la estación policial. El saldo de la incursión: un muerto y12 heridos de los que nueve son pobladores y 3 miembros de la policía de fronteras panameña. La pequeña María Mecha de 12 años, panameña de la etnia Emberá-Wounam, fue la víctima fatal del enfrentamiento. Mientras dormía, una bala cegó la vida de esta pequeña e inocente criatura totalmente ajena a las causas que originaron el conflicto en la vecina Colombia y sin entender los motivos por los que la guerrilla, los paramilitares, el ejército y los grupos delincuenciales colombianos incursionan en territorio panameño exportando su violencia.
La República de Panamá una vez más ha declarado su neutralidad en el conflicto que afecta a nuestros hermanos colombianos y ha manifestado su distanciamiento del Plan Colombia. No hay ejército ni asesores militares de ningún tipo en Panamá, país tradicionalmente desmilitarizado (por más de 40 años durante el Siglo XX). Tampoco hay conflictos por los límites fronterizos con las hermanas repúblicas de Costa Rica y Colombia. Pese a las constantes agresiones que sufre el país, incluyendo esta última que resulta la más violenta, Panamá reitera su voluntad de mantenerse neutral en el conflicto colombiano y en especial reitera la más firme voluntad de garantizar por sus propios medios la integridad territorial, la vida y honra de sus ciudadanos.
Pero... cómo podemos permanecer neutrales ante tanto dolor. Tal vez en algunos de nuestros hermanos países, el saldo de víctimas que enfrenta Panamá resulte irrisorio... pero para nosotros, acostumbrados a vivir en relativa paz y en especial que no estamos en guerra contra nadie y contra nada no podemos quedarnos callados sin expresar nuestro dolor e inclusive, ira por el cobarde crimen que mató a una niña inocente. El crimen de María Mecha es como una burla del destino, ya que este año Panamá ha sido y será sede de importantes cumbres de ministros y de la sociedad civil, cuyo temas centrales han sido la niñez, la adolescencia y la juventud.
Próximamente, los mandatarios y gobernantes de Iberoamérica se darán cita en Panamá para discutir sobre la niñez y la adolescencia. Pero ya nada de lo discutido por los ministros de niñez y juventud o lo que próximamente acuerden los gobernantes tendrá sentido para la pequeña María Mecha.
En Panamá, seguimos sin poder entender cómo una nación puede sobrevivir en conflicto permanente; seguimos sin poder imaginar el dolor y el luto que toda esa violencia debe representar; seguimos sin poder calcular los costos de la cotidiana violencia en Colombia. En medio de nuestro dolor e ira por el asesinato de María, panameños y panameñas hemos de entender que al otro lado de nuestras fronteras también hay otras "Marías" que día tras día mueren porque se toparon con las balas perdidas de mujeres y hombres que luchan por alguna causa que tal vez ha perdido su razón en el tiempo. Pero también hay niñas y niños en todo el mundo y hemos de incluir también a nuestro querido Panamá, que día tras día sufren por la amenaza constante del hambre; por ser reclutados a la fuerza por grupos armados regulares o irregulares; víctimas del comercio sexual; de la desintegración en sus hogares; por el submundo de las drogas; y quién sabe por cuántos otros males.
Luego que un hecho violento ha sacado a los miembros de la sociedad panameña de nuestra cotidianeidad y ensimismamiento, debemos como sociedad meditar sobre nuestra responsabilidad de velar por un presente y futuro favorables a la niñez, la adolescencia y la juventud. Actos como el que cegó la vida a María jamás deben pasar desapercibidos. La sociedad entera debe pronunciarse exigiendo el fin de la violencia y reclamando justicia.
Ninguna violación de los derechos humanos debe quedar impune, en especial si se trata de nuestra niñez. La violencia de cualquier tipo en cualquier país del mundo debería ser causa suficiente para movilizar las conciencias de todos y todas. Y aún hay inocentes que tienen la esperanza de ser salvados y nuestro país puede hacer mucho por ellos. Cientos de nuestros hermanos colombianos, tal vez unos 600, han ingresado como refugiados a nuestro país. Familias enteras huyen de la vorágine de la violencia y nosotros podemos darles refugio temporal, es cuestión de simple humanidad.
Tal vez es tiempo de que nuestro gobierno empiece a considerar el apoyo de organizaciones internacionales como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y/o de la Cruz Roja Internacional, así como cualquier otra organización humanitaria y de los derechos humanos que puedan venir a brindarle apoyo y sostén a los refugiados que ya han entrado y los que tal vez entren como resultado del Plan Colombia. Esto permitirá que Panamá pueda manejar adecuadamente la situación de los desplazados por la violencia en Colombia, cumpliendo así con nuestra responsabilidad como miembro de la sociedad de naciones. Esto hará mérito de la práctica histórica que ha caracterizado a Panamá como un país que da refugio a los perseguidos.
La República de Panamá una vez más ha declarado su neutralidad en el conflicto que afecta a nuestros hermanos colombianos y ha manifestado su distanciamiento del Plan Colombia. No hay ejército ni asesores militares de ningún tipo en Panamá, país tradicionalmente desmilitarizado (por más de 40 años durante el Siglo XX). Tampoco hay conflictos por los límites fronterizos con las hermanas repúblicas de Costa Rica y Colombia. Pese a las constantes agresiones que sufre el país, incluyendo esta última que resulta la más violenta, Panamá reitera su voluntad de mantenerse neutral en el conflicto colombiano y en especial reitera la más firme voluntad de garantizar por sus propios medios la integridad territorial, la vida y honra de sus ciudadanos.
Pero... cómo podemos permanecer neutrales ante tanto dolor. Tal vez en algunos de nuestros hermanos países, el saldo de víctimas que enfrenta Panamá resulte irrisorio... pero para nosotros, acostumbrados a vivir en relativa paz y en especial que no estamos en guerra contra nadie y contra nada no podemos quedarnos callados sin expresar nuestro dolor e inclusive, ira por el cobarde crimen que mató a una niña inocente. El crimen de María Mecha es como una burla del destino, ya que este año Panamá ha sido y será sede de importantes cumbres de ministros y de la sociedad civil, cuyo temas centrales han sido la niñez, la adolescencia y la juventud.
Próximamente, los mandatarios y gobernantes de Iberoamérica se darán cita en Panamá para discutir sobre la niñez y la adolescencia. Pero ya nada de lo discutido por los ministros de niñez y juventud o lo que próximamente acuerden los gobernantes tendrá sentido para la pequeña María Mecha.
En Panamá, seguimos sin poder entender cómo una nación puede sobrevivir en conflicto permanente; seguimos sin poder imaginar el dolor y el luto que toda esa violencia debe representar; seguimos sin poder calcular los costos de la cotidiana violencia en Colombia. En medio de nuestro dolor e ira por el asesinato de María, panameños y panameñas hemos de entender que al otro lado de nuestras fronteras también hay otras "Marías" que día tras día mueren porque se toparon con las balas perdidas de mujeres y hombres que luchan por alguna causa que tal vez ha perdido su razón en el tiempo. Pero también hay niñas y niños en todo el mundo y hemos de incluir también a nuestro querido Panamá, que día tras día sufren por la amenaza constante del hambre; por ser reclutados a la fuerza por grupos armados regulares o irregulares; víctimas del comercio sexual; de la desintegración en sus hogares; por el submundo de las drogas; y quién sabe por cuántos otros males.
Luego que un hecho violento ha sacado a los miembros de la sociedad panameña de nuestra cotidianeidad y ensimismamiento, debemos como sociedad meditar sobre nuestra responsabilidad de velar por un presente y futuro favorables a la niñez, la adolescencia y la juventud. Actos como el que cegó la vida a María jamás deben pasar desapercibidos. La sociedad entera debe pronunciarse exigiendo el fin de la violencia y reclamando justicia.
Ninguna violación de los derechos humanos debe quedar impune, en especial si se trata de nuestra niñez. La violencia de cualquier tipo en cualquier país del mundo debería ser causa suficiente para movilizar las conciencias de todos y todas. Y aún hay inocentes que tienen la esperanza de ser salvados y nuestro país puede hacer mucho por ellos. Cientos de nuestros hermanos colombianos, tal vez unos 600, han ingresado como refugiados a nuestro país. Familias enteras huyen de la vorágine de la violencia y nosotros podemos darles refugio temporal, es cuestión de simple humanidad.
Tal vez es tiempo de que nuestro gobierno empiece a considerar el apoyo de organizaciones internacionales como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y/o de la Cruz Roja Internacional, así como cualquier otra organización humanitaria y de los derechos humanos que puedan venir a brindarle apoyo y sostén a los refugiados que ya han entrado y los que tal vez entren como resultado del Plan Colombia. Esto permitirá que Panamá pueda manejar adecuadamente la situación de los desplazados por la violencia en Colombia, cumpliendo así con nuestra responsabilidad como miembro de la sociedad de naciones. Esto hará mérito de la práctica histórica que ha caracterizado a Panamá como un país que da refugio a los perseguidos.