Mártires del 9 de Enero
Para los sucesos del 9 de enero de 1964 estaba entre la avenida Ancón y calle H., en uno de los talleres de tapicería que existían en esa época. De pronto escuchamos mucha bulla en la calle; eran los institutores que corrían y gritaban: “Los gringos rompieron la bandera panameña y están tirando bala”. Inmediatamente, dejé un mueble que estaba tapizando y el señor del taller me preguntó: “¿A dónde vas?” Salí corriendo al Instituto Nacional y observé a los estudiantes llorando por las bombas lacrimógenas. Luego, me dirigí al palacio legislativo, donde tuve que tirarme al suelo y arrastrarme para no ser alcanzado por las balas de los gringos que estaban en los predios del hotel Tivoli. Busqué piedras, palo y biombo para responder, igual que otros, pero no alcanzábamos llegar al objetivo.
En la entrada de la Asamblea, en una de las pilastras, había un muchacho con un revólver disparando hacia los gringos y en un instante que él se asomó, recibió un balazo en la cabeza. A todo esto, más panameños continuaban llegando y nos decían que había varios heridos y otros muertos.
Los taxis, las ambulancias y carros particulares servían de auxilio para los afectados. En esos momentos, recogí del suelo una lata de bomba lacrimógena y la regresé; la mano no la aguantaba por la caliente. Nos abrimos la camisa y le gritábamos: “¡Disparen y salgan del Canal!”
Otra forma de luchar fue detectar en todos los corregimientos, los vehículos con placa del Canal, propiedad de los norteamericanos, para prenderlos en la Ave. 4 de Julio, hoy de los Mártires. Estaba dispuesto a morir por mi patria, no tenía miedo; lo único que quería era izar la bandera panameña en la Zona del Canal. Hubo un momento en que un muchacho iba con la bandera hacia el área de peligro y saqué valor para rescatarlo, siendo yo, entonces, quien se arriesgó a plantar la bandera. Los soldados reaccionaron lanzándome bombas lacrimógenas y el pueblo fue a mi rescate; sentía que el cuerpo se me desgarraba, pero tenía el orgullo de no haber caído con nuestra bandera.
El hecho para mí fue una experiencia que nunca olvidaré. Ahora, a 40 años de esta gesta patriótica, los ojos se me llenan de lágrimas y me erizo al ser consciente que tengo vida para contar esta historia que viví en carne propia.
En la entrada de la Asamblea, en una de las pilastras, había un muchacho con un revólver disparando hacia los gringos y en un instante que él se asomó, recibió un balazo en la cabeza. A todo esto, más panameños continuaban llegando y nos decían que había varios heridos y otros muertos.
Los taxis, las ambulancias y carros particulares servían de auxilio para los afectados. En esos momentos, recogí del suelo una lata de bomba lacrimógena y la regresé; la mano no la aguantaba por la caliente. Nos abrimos la camisa y le gritábamos: “¡Disparen y salgan del Canal!”
Otra forma de luchar fue detectar en todos los corregimientos, los vehículos con placa del Canal, propiedad de los norteamericanos, para prenderlos en la Ave. 4 de Julio, hoy de los Mártires. Estaba dispuesto a morir por mi patria, no tenía miedo; lo único que quería era izar la bandera panameña en la Zona del Canal. Hubo un momento en que un muchacho iba con la bandera hacia el área de peligro y saqué valor para rescatarlo, siendo yo, entonces, quien se arriesgó a plantar la bandera. Los soldados reaccionaron lanzándome bombas lacrimógenas y el pueblo fue a mi rescate; sentía que el cuerpo se me desgarraba, pero tenía el orgullo de no haber caído con nuestra bandera.
El hecho para mí fue una experiencia que nunca olvidaré. Ahora, a 40 años de esta gesta patriótica, los ojos se me llenan de lágrimas y me erizo al ser consciente que tengo vida para contar esta historia que viví en carne propia.