Más allá de la dependencia neo-colonial
El mundo después de la caída del Muro de Berlín, solamente es unipolar en el sentido de que existe una sola y única superpotencia.
No obstante, no es unipolar, en el sentido de que existen muchas superpotencias y potencias emergentes, compitiendo por sus espacios y posiciones estratégicas en el mundo post moderno.
Esto quedó claramente demostrado en la ONU, cuando EE.UU. trató de conseguir el endoso de Francia, Alemania y Rusia, a su propuesta militar en relación con Iraq. La negativa de estos tres países, lejos de manifestar un disenso por la acción próxima a tomarse, era una manifestación de los intereses y relaciones que ellos tenían con el régimen de Saddam Hussein.
Digo esto, con total prescindencia de las consideraciones que nos mereciera el intento norteamericano de legitimar la guerra contra Iraq en la ONU.
Más adelante se ha hablado de la necesidad de incorporar a potencias supuestamente emergentes, como Sudáfrica, Brasil, Alemania y Japón, como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. Otra prueba más de la interdependencia, y de la existencia de distintos focos geopolíticos en el mundo, incluso, muchos más y más diversos, que durante la guerra fría. El momento de esta consideración y de la reforma de la ONU, llegará. Más pronto de lo que todos pensamos.
Ahora bien, la comprobación de la existencia de varias potencias que compiten por la hegemonía económica y política del mundo, solamente puede llevarnos a un pensamiento: no existe país sobre la faz de la tierra, que no sea interdependiente de los intereses de estas potencias, y que no tenga que escoger entre amigos y compañeros de camino.
La vieja teoría marxista de que teníamos que liberarnos del yugo del imperialismo norteamericano, solamente era una teoría que nos invitaba a su vez, a someternos al yugo del imperialismo soviético. Igual que con la energía, en la política todo espacio que deja una fuerza es ocupado por otra fuerza. No existe tal vacío de espacio y tal total independencia política de la que nos hablaban los marxistas.
Ante eso, nuestra política exterior tiene que o seguir escogiendo al grupo de países occidentales que representan el legado de nuestras más caras libertades y aspiraciones, presidido por los EE.UU., o pretender que potencias ascendentes, como Francia, Rusia o China, puedan sustituir esa relación por una mejor.
El neo colonialismo terminó el 31 de diciembre de 1999, y a partir de entonces hemos comenzado a escribir una nueva página exitosa en nuestras relaciones exteriores, que parte del reconocimiento de que si bien no podemos volver a las estructuras coloniales, no podemos jamás olvidarnos de que nuestros verdaderos amigos pertenecen al mundo occidental.