Más allá de las aulas
El año que fenece no nos dejó buenas noticias en materia educativa. Por un lado, se agravió al año lectivo con aquella huelga docente que evidenció su tinte de vileza, y que a pesar del sigilo oficial en cuanto a cifras, pronto mostrará sus horrendas consecuencias mediante los escandalosos niveles de fracasos escolares.
También fue un año de destrucción de planteles, de escándalos por conductas inapropiadas de docentes y padres de familia, de clausura apresurada de las clases por desastres naturales, lo que impidió que muchos de nuestros niños terminarán como es debido su formación. Todo esto se suma al arrastre de mediocridad que ya trae el estudiantado, pues nadie dirá que en los últimos quince años nuestros hijos han recibido la educación revolucionaria en materia tecnológica y cultural que exigen los tiempos actuales. Muy por el contrario, el estudiante panameño, salvo raras excepciones, está a la zaga de los estándares regionales, y sólo en su poco dominio del idioma, y su magra proyección social, es notoria la desventaja.
Dejemos algo claro: esta situación no compete de manera exclusiva a maestros y rectores de la educación nacional. Es un tema de agenda pública y familiar. Todos debemos estar preocupados, más bien angustiados, por la exigua capacitación de nuestros jóvenes en este mundo globalizado y salvaje. Sin aparejos intelectuales ni tecnológicos, toda una generación de muchachos está tullida en su cultura general y en conocimientos especializados. En esa ruta, pronto veremos cómo otros jóvenes, de lejanas latitudes, los desplazan. Otra posibilidad es que nos consolidemos como una nación de parias, de empleaduchos de segunda, ineficaces e ineficientes, y sin capacidad creativa para dar la batalla.
Educadores, políticos, empresarios, medios de comunicación y padres de familia debemos poner atención a las luces de alarma que se están encendiendo, pues lo que está en juego va más allá de las aulas, y se esparce en un país que se va quedando sin futuro para los suyos.
También fue un año de destrucción de planteles, de escándalos por conductas inapropiadas de docentes y padres de familia, de clausura apresurada de las clases por desastres naturales, lo que impidió que muchos de nuestros niños terminarán como es debido su formación. Todo esto se suma al arrastre de mediocridad que ya trae el estudiantado, pues nadie dirá que en los últimos quince años nuestros hijos han recibido la educación revolucionaria en materia tecnológica y cultural que exigen los tiempos actuales. Muy por el contrario, el estudiante panameño, salvo raras excepciones, está a la zaga de los estándares regionales, y sólo en su poco dominio del idioma, y su magra proyección social, es notoria la desventaja.
Dejemos algo claro: esta situación no compete de manera exclusiva a maestros y rectores de la educación nacional. Es un tema de agenda pública y familiar. Todos debemos estar preocupados, más bien angustiados, por la exigua capacitación de nuestros jóvenes en este mundo globalizado y salvaje. Sin aparejos intelectuales ni tecnológicos, toda una generación de muchachos está tullida en su cultura general y en conocimientos especializados. En esa ruta, pronto veremos cómo otros jóvenes, de lejanas latitudes, los desplazan. Otra posibilidad es que nos consolidemos como una nación de parias, de empleaduchos de segunda, ineficaces e ineficientes, y sin capacidad creativa para dar la batalla.
Educadores, políticos, empresarios, medios de comunicación y padres de familia debemos poner atención a las luces de alarma que se están encendiendo, pues lo que está en juego va más allá de las aulas, y se esparce en un país que se va quedando sin futuro para los suyos.