Más de la caótica elección en EU
Tanto aquí como allá, surgieron voces culpando a los medios del desastroso escrutinio de votos en la pasada elección presidencial en Estados Unidos. Las encuestadoras igual, han tomado parte de la zurra.
Pero en el fondo no es cierto. Los medios transmitieron exactamente lo que ocurría, una elección estrecha e información extraoficial, mientras que las encuestadoras igual. Ni uno ni otro anticipó ni registró una victoria amplia de uno u otro. Y si en un momento dado se publicó erróneamente la victoria de alguno, no otra cosa cabía si hasta uno de los contendientes en un momento dado reconoció el triunfo de su rival.
Emprenderla contra los medios es absurdo y desvía la atención del verdadero problema de fondo y superficie, un sistema electoral obsoleto que requiere ser puesto de cabezas en la era de la velocidad cibernética. El sistema electoral norteamericano es el hazmerreír de sus aliados europeos y el asombro del resto del mundo, acostumbrado a sus asesorías y supervisiones.
Un diario noruego apuntó que es inconcebible en una democracia verdadera que quien sacó menos votos gane. Y nadie puede explicarse, sin concluir lo ridículo, que la mayor potencia mundial y más dotada de medios electrónicos, tarde días en dar un resultado, cuando oficialmente espera que en los demás países se den resultados en horas para evitar fraudes.
¿Fraude? En la elección entre George Bush y Al Gore, hubo de todo: papeletas de votación amañadas, urnas de votación perdidas, intimidación de votantes, máquinas de sufragio misteriosamente dañadas y para colmo, un escrutinio artesanal. ¿Exageración? Todo lo contrario, somos indulgentes.
El reverendo Jesse Jackson, ex precandidato presidencial demócrata y líder defensor de los derechos civiles, incluso recomendó que para el tedioso y delicado recuento de votos, se invitaran observadores internacionales; o sea algo así como a cuando invitamos a Jimmy Carter y a su fundación a supervisar una elección montada por Noriega. Y no ha sido para menos. En Estados Unidos ocurrió y sigue ocurriendo de todo.
La reforma del sistema electoral norteamericano, por más que se empeñe el "stablishment" en mantenerlo sumido en su actual caos, es inevitable. En el resto del planeta, salvo en las dictaduras, ganan las mayorías. Y la representación estatal proporcional está más que garantizada en el Congreso.
Pero en el fondo no es cierto. Los medios transmitieron exactamente lo que ocurría, una elección estrecha e información extraoficial, mientras que las encuestadoras igual. Ni uno ni otro anticipó ni registró una victoria amplia de uno u otro. Y si en un momento dado se publicó erróneamente la victoria de alguno, no otra cosa cabía si hasta uno de los contendientes en un momento dado reconoció el triunfo de su rival.
Emprenderla contra los medios es absurdo y desvía la atención del verdadero problema de fondo y superficie, un sistema electoral obsoleto que requiere ser puesto de cabezas en la era de la velocidad cibernética. El sistema electoral norteamericano es el hazmerreír de sus aliados europeos y el asombro del resto del mundo, acostumbrado a sus asesorías y supervisiones.
Un diario noruego apuntó que es inconcebible en una democracia verdadera que quien sacó menos votos gane. Y nadie puede explicarse, sin concluir lo ridículo, que la mayor potencia mundial y más dotada de medios electrónicos, tarde días en dar un resultado, cuando oficialmente espera que en los demás países se den resultados en horas para evitar fraudes.
¿Fraude? En la elección entre George Bush y Al Gore, hubo de todo: papeletas de votación amañadas, urnas de votación perdidas, intimidación de votantes, máquinas de sufragio misteriosamente dañadas y para colmo, un escrutinio artesanal. ¿Exageración? Todo lo contrario, somos indulgentes.
El reverendo Jesse Jackson, ex precandidato presidencial demócrata y líder defensor de los derechos civiles, incluso recomendó que para el tedioso y delicado recuento de votos, se invitaran observadores internacionales; o sea algo así como a cuando invitamos a Jimmy Carter y a su fundación a supervisar una elección montada por Noriega. Y no ha sido para menos. En Estados Unidos ocurrió y sigue ocurriendo de todo.
La reforma del sistema electoral norteamericano, por más que se empeñe el "stablishment" en mantenerlo sumido en su actual caos, es inevitable. En el resto del planeta, salvo en las dictaduras, ganan las mayorías. Y la representación estatal proporcional está más que garantizada en el Congreso.