¿Más impuestos?
Si se pretendiera hacer una encuesta a nivel nacional, sobre la voluntad o aceptación sin enfado del pago de impuestos, es muy probable que el total de los entrevistados manifieste su repudio. Esto es comprensible pues, desafortunadamente, el dinero es la base del sistema de vida que conocemos como parte integral del mal llamado mundo civilizado, donde la posición social se mide por la cantidad de dinero que posee cada uno y no por sus méritos personales.
Ni ricos ni pobres desean pagar impuestos, sin importar el nombre y apellido con que se bautice a los mismos: “sobre la renta”, “sobre el consumo”, “sobre transferencia de bienes muebles”, “sobre los servicios”, etc. Mas, el impuesto es “impuesto”; es decir, de forzoso acatamiento, de lo contrario, nadie lo aceptaría y el gobierno no contaría con los medios necesarios para cumplir con su obligación de administrar el país. Hospitales, escuelas y carreteras sólo pueden mantenerse con el producto de los impuestos recaudados; por tanto, es necesario que se cumplan dos condiciones: que los ciudadanos paguen todo lo que les corresponde y que los gobernantes administren el dinero recaudado con estricta probidad.
No es justo que mientras a unos les descuentan de sus salarios hasta el último centavo que corresponde, otros, utilizando argucias, dividen sus ingresos como persona natural o como persona jurídica, entre gastos de representación, gasolina, dietas, etc., para evitar u obviar los impuestos que, legalmente están compelidos a cubrir sobre sus emolumentos. En lugar de aumentar o redistribuir los impuestos, ¿por qué no eliminar la práctica, cada vez más diseminada entre los ejecutivos de empresas privadas y estatales, de subdividir sus ingresos mensuales con diferentes nombres y usos, para no pagar los impuestos que les corresponde por ley? Además, los gobiernos deben ser muy escrupulosos en el manejo de la hacienda pública, disminuyendo los gastos suntuosos, no más viajes innecesarios y privilegios. Deben controlar el uso de vehículos del Estado. En la medida en que todos paguemos lo que nos corresponde, y se administren con responsabilidad los fondos públicos, Panamá irá alcanzado su verdadero desarrollo. Por supuesto que esto no se va a lograr sólo con decirlo o desearlo, se requiere voluntad de ser un buen ciudadano y cumplir con lo que las leyes exigen, se requiere autoridades que obliguen el acatamiento con revisiones profesionales de estricto cumplimiento, se requiere el control de todos los gastos públicos, se requiere un cambio de actitud de quienes vivimos en el país, y sobre todo, los políticos, que pretenden administrar la hacienda pública.
El poder político es para servir a los demás y no para servirse de él.
Llegó el momento de caminar como un solo haz de voluntades hasta alcanzar el Poder para servir a los más necesitados.
Lo que cabe ahora es montarse en el bote de la victoria, y remar todos en una sola dirección, que no es otra que el Palacio de las Garzas.
Lo contrario es igual a sabotear la gran esperanza de miles. Seguir serruchándole el piso al PRD, es colocarse del lado de los adversarios tradicionales que jamás reconocerán nuestras mejores cualidades.
Es formar parte de los resentidos de siempre, de los eternos amargados que sólo piensan en hacer el mal, por el mal mismo.
Y eso, muy sinceramente creo que no es el querer de “Pachi”, quien siempre se ha proyectado como un hombre de partido, fiel a sus principios perredistas.
Ni ricos ni pobres desean pagar impuestos, sin importar el nombre y apellido con que se bautice a los mismos: “sobre la renta”, “sobre el consumo”, “sobre transferencia de bienes muebles”, “sobre los servicios”, etc. Mas, el impuesto es “impuesto”; es decir, de forzoso acatamiento, de lo contrario, nadie lo aceptaría y el gobierno no contaría con los medios necesarios para cumplir con su obligación de administrar el país. Hospitales, escuelas y carreteras sólo pueden mantenerse con el producto de los impuestos recaudados; por tanto, es necesario que se cumplan dos condiciones: que los ciudadanos paguen todo lo que les corresponde y que los gobernantes administren el dinero recaudado con estricta probidad.
No es justo que mientras a unos les descuentan de sus salarios hasta el último centavo que corresponde, otros, utilizando argucias, dividen sus ingresos como persona natural o como persona jurídica, entre gastos de representación, gasolina, dietas, etc., para evitar u obviar los impuestos que, legalmente están compelidos a cubrir sobre sus emolumentos. En lugar de aumentar o redistribuir los impuestos, ¿por qué no eliminar la práctica, cada vez más diseminada entre los ejecutivos de empresas privadas y estatales, de subdividir sus ingresos mensuales con diferentes nombres y usos, para no pagar los impuestos que les corresponde por ley? Además, los gobiernos deben ser muy escrupulosos en el manejo de la hacienda pública, disminuyendo los gastos suntuosos, no más viajes innecesarios y privilegios. Deben controlar el uso de vehículos del Estado. En la medida en que todos paguemos lo que nos corresponde, y se administren con responsabilidad los fondos públicos, Panamá irá alcanzado su verdadero desarrollo. Por supuesto que esto no se va a lograr sólo con decirlo o desearlo, se requiere voluntad de ser un buen ciudadano y cumplir con lo que las leyes exigen, se requiere autoridades que obliguen el acatamiento con revisiones profesionales de estricto cumplimiento, se requiere el control de todos los gastos públicos, se requiere un cambio de actitud de quienes vivimos en el país, y sobre todo, los políticos, que pretenden administrar la hacienda pública.
El poder político es para servir a los demás y no para servirse de él.
Llegó el momento de caminar como un solo haz de voluntades hasta alcanzar el Poder para servir a los más necesitados.
Lo que cabe ahora es montarse en el bote de la victoria, y remar todos en una sola dirección, que no es otra que el Palacio de las Garzas.
Lo contrario es igual a sabotear la gran esperanza de miles. Seguir serruchándole el piso al PRD, es colocarse del lado de los adversarios tradicionales que jamás reconocerán nuestras mejores cualidades.
Es formar parte de los resentidos de siempre, de los eternos amargados que sólo piensan en hacer el mal, por el mal mismo.
Y eso, muy sinceramente creo que no es el querer de “Pachi”, quien siempre se ha proyectado como un hombre de partido, fiel a sus principios perredistas.