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Más muertos en la construcción


Alguien llegó a decir que deberíamos congratular a nuestros constructores por registrar la menor cantidad de obreros muertos por millón de balboas invertido. De ese modo, salían al frente de las severas críticas que formulamos por lo que consideramos una inaceptable situación anárquica en el desarrollo de la industria. Y puede que tenga razón, pero así y todo, no queremos un muerto más.
El sábado pasado resultaron sepultados los obreros Julio Molinar y Omar Arias, mientras trabajaban en una profunda excavación del sistema sanitario del proyecto urbanístico Las Praderas del Valle de Arraiján, que adelanta la subcontratista Tecno Sistem. Quienes los sacaron dijeron que estaban bajo ocho metros de tierra.
La empresa adelantó lo que es verdad, que procede indemnizar a los deudos; y que para eso se están haciendo los trámites. Uno de los fallecidos, Omar Arias, deja una viuda embarazada y dos hijos huérfanos. Esto es más que dinero. Está en juego el relajamiento en el cumplimiento de las normas de seguridad más elementales y de las autoridades de su obligación de fiscalizarlo. Y no sólo es eso. Es la anarquía.
Aunque aceptamos que nadie quiere un accidente y que éste es casi inevitable; lo que sí podemos hacer es minimizar su incidencia cumpliendo las reglas sin artimañas ni malas prácticas. Sabemos que no les gusta, pero hay coimas para todo, y eso está maleando el negocio. Hay pues que empezar acatando la letra y espíritu de las normas urbanísticas, aquellas que procuran un mejor desarrollo y convivencia humana. Acabar con el actual desorden, improvisación, anarquía y reglas intuitu personae o ad hoc, que se dan según la persona o proyecto que se trate, marginando toda consideración objetiva.
Existe abuso en la industria, no sólo en la seguridad. No hay control de calidad, impera el soborno, en los permisos ambientales, permisos e inspecciones; en los cambios súbitos de clasificación para permitir edificios donde no se debe, en la omisión de las distancias medianeras y entre el centro de calles y las aceras, en el irrespeto de los niveles de resistencia de materiales; en los pisos de cerámica que saltan por los aires al contraerse losas post tensadas cuando se han desconocidos técnicas elementales, en tuberías que colapsan, en alambres de electricidad desnudos en el concreto. Y no se diga otra vez que exageramos. Hemos sido demasiado indulgentes.
En días pasados, en una vista fílmica se observaba que la salida de un puente se estaba produciendo un hundimiento.
Ello también es producto de una mala compactación; los rellenos acceso al puente, por lo menos en un espacio de un metro, se deben utilizar martillos de aire manuales para evitar que equipos pesados puedan causar daños a los estribos de los puentes, con consecuencias mayores.
Si esa compactación no se hace con capas pequeñas, para que quede bien, lo que habrá son bolsas de tierras falsa, que al compactarse con el paso posterior de los vehículos, lo que produce es lo que se apreció en la vista fílmica.
Me preguntaba un amigo, quien conocía mis antecedentes en materia de construcción, qué opinaba sobre los corredores, y le expresé: "Te daré dos respuestas, desde el punto de vista estético vs. el costo que han tenido, dejan mucho que desear; pero su trazado es bastante bueno, en lo que respecta a la calidad de la obra (esto fue hace cuatro años).
Se presume, que si yo construyo una obra a la que habré de darle mantenimiento durante 20 años, le aseguro que la construiré lo mejor posible, porque así mis costos de mantenimiento serán nulos o muy bajos.
No siendo esto así, agrego ahora, se pone de manifiesto el doble grado de incapacidad de las empresas constructoras de los corredores.

101 años de Panamá América

 
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