¿Masonería o cortina de humo?
El que algunos hagan de la política su gran pasión no significa que deba aplicarse apasionadamente. En el ejercicio público, la política no sólo debe ser desapasionada sino objetiva, porque de lo contrario se corre el riesgo de dejar en evidencia el interés malsano que la anima, la ferocidad unidireccional que la impulsa, la desesperación ciega que la guía, y convertirla en fácil presa de la distorsión. Es lo que parece haber ocurrido con quienes señalan equivocadamente como masón al jefe de la policía, y tratan de encontrar allí explicación a la no ubicación del ex presidente Ernesto Pérez Balladares en su residencia el día en que la fiscalía lo citó para indagatoria. Más todavía, si se trata de endosar complicidad a los reglamentos internos de determinada organización, habrá que señalarle el hecho punible, en lugar de una publicidad radical, colmada más de indicios subjetivos, que de veracidad. ¿Hasta dónde empujar la malicia política, o hasta dónde cubrirla con un supuesto manto de objetividad periodística? ¿Ha habido en el país algún caso de masones infractores cubiertos de impunidad? ¿Cuáles? En los cuestionamientos a errores evidentes en la aplicación del debido proceso podría ser necesario señalar al imputado pero cuidar a la Institución, o de lo contrario pronto el ejecutivo podría verse comprometido en una cacería de brujas, -qué decimos- de masones, más por los señalamientos que por las evidencias.