Mataburros, señor de las calles
En una ocasión abordamos en esta columna la preocupante situación del virtual estado de guerra civil entre conductores de vehículos que existe a diario en nuestras calles, de la que los 4x4 son el equivalente de los tanques blindados en los campos de guerra.
La cortesía visal se ha perdido y la cultura del "juega vivo" tiene en los buseros y taxistas su más representativa manifestación, sacando pleno provecho a diario de la inmunidad legal que los amapra, que les permite desatender citaciones y no responder a nadie de los daños que causen a los particulares.
Como consecuencia de ello, centenares de colisiones, lesionados y víctimas tienen lugar cada día, los cuales se leen cada mañana en los noticieros y hasta en anuncios oficiales, cual partes de guerra, con fotógrafos y corresponsables incluidos.
En ese cuadro, el mataburros es el señor de la batalla, el arma suprema ideal para infundir terror a los contrarios. Los hay artesanales e importados, cromados y negros, de acero y plástico; de todas las formas y modelos. Es algo así como el antiguo espolón que coronaba las flotas de guerra de la Roma imperial en el Mediterráneo. Ante su aparición en batalla, todos huían seguros que un mortal toque de costado los hundiría.
La idea del mataburros no es proteger sino infligir temor y causar el más severo daño a los demás en caso de una colisión. Lamentablemente, a veces son los peatones, ciclistas y motoristas quienes pagan el plato roto. De hecho frente a un impacto menor se viene encima del propio auto que supuestamente protege, para destrozar radiadores, poleas y la tapa del motor cuanto menos. Pero de paso causa daños similares en el vehículo contrario.
Los hay también unos que semejan cuchillas, que se sobresalen amenazadoras en toda dirección; y existen otros que se instalan en retaguardia.
Su propósito original fue proteger vehículos todoterreno contra la maleza y ramas ligeras en caminos selváticos. Pero trasladado a la ciudad, el aditamento es un instrumento de ataque, un peligro público.
Por eso no comprendemos cómo las autoridades del Tránsito se esmeran tanto, en cada revisado de vehículos, en verificar superficialidades, mientras pasan por alto accesorios como los mataburros. Y no es que creamos que deban ser prohibidos, sino más bien regulados, de modo que no representen peligros mayores para terceros.
La cortesía visal se ha perdido y la cultura del "juega vivo" tiene en los buseros y taxistas su más representativa manifestación, sacando pleno provecho a diario de la inmunidad legal que los amapra, que les permite desatender citaciones y no responder a nadie de los daños que causen a los particulares.
Como consecuencia de ello, centenares de colisiones, lesionados y víctimas tienen lugar cada día, los cuales se leen cada mañana en los noticieros y hasta en anuncios oficiales, cual partes de guerra, con fotógrafos y corresponsables incluidos.
En ese cuadro, el mataburros es el señor de la batalla, el arma suprema ideal para infundir terror a los contrarios. Los hay artesanales e importados, cromados y negros, de acero y plástico; de todas las formas y modelos. Es algo así como el antiguo espolón que coronaba las flotas de guerra de la Roma imperial en el Mediterráneo. Ante su aparición en batalla, todos huían seguros que un mortal toque de costado los hundiría.
La idea del mataburros no es proteger sino infligir temor y causar el más severo daño a los demás en caso de una colisión. Lamentablemente, a veces son los peatones, ciclistas y motoristas quienes pagan el plato roto. De hecho frente a un impacto menor se viene encima del propio auto que supuestamente protege, para destrozar radiadores, poleas y la tapa del motor cuanto menos. Pero de paso causa daños similares en el vehículo contrario.
Los hay también unos que semejan cuchillas, que se sobresalen amenazadoras en toda dirección; y existen otros que se instalan en retaguardia.
Su propósito original fue proteger vehículos todoterreno contra la maleza y ramas ligeras en caminos selváticos. Pero trasladado a la ciudad, el aditamento es un instrumento de ataque, un peligro público.
Por eso no comprendemos cómo las autoridades del Tránsito se esmeran tanto, en cada revisado de vehículos, en verificar superficialidades, mientras pasan por alto accesorios como los mataburros. Y no es que creamos que deban ser prohibidos, sino más bien regulados, de modo que no representen peligros mayores para terceros.