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Materialismo sin valores


Hace algunos días leí en un periódico que cuatro abogados serían llamados a juicio por la desaparición de 1.2 millones de balboas. Analizaba y pensaba en lo que les espera, momentos difíciles luego de quemarse las pestañas estudiando para quedar en esto.
Es que el materialismo nos mata y el señor dinero ha suplantado todos los valores de ética y moral. Por lo menos aquí, en Panamá, al que tiene plata se le hace reverencia, no importa de dónde proviene y es aceptado en todos los círculos, sobre todo en el económico. No se piensa en la inteligencia, en la preparación, en la capacidad de trabajo, en los méritos que le han permitido a una persona escalar posiciones y llegar por esfuerzo propio a ellas; se piensa en el auto caro que tiene fulano y la casa hermosa que tiene mengano.
¿Cuántos profesionales serios que han ejercido su profesión con decoro y ética viven de acuerdo a sus posibilidades, sin lujos ni ostentaciones? Pero, parece que ahora lo que pega es apropiarse indebidamente de dinero ajeno de la manera más fácil; sin embargo, a la larga o a la corta, se sabe todo y quedan al descubierto. ¿Cómo es posible que con un sueldo más o menos normal, pueden adquirir propiedades, hacer viajes, hacer grandes negocios?
El dinero es un medio para alcanzar ciertas prerrogativas, pero no para ser lo primero en la vida. El dinero sirve para darnos ciertas comodidades; mas, si no es bien habido, trae complicaciones. La sociedad actual vive del materialismo. Pocas personas hacen un favor desinteresadamente; está de por medio la recompensa económica que hay que dar para lograrlo. Antes la gente sentía satisfacción en hacer favores, en ayudar a los demás; ahora, si no hay paga no hay nada. Sólo tenemos que pararnos en la esquina de una calle transitada para ver pasar los autos lujosos y caros que yo no puedo darme el lujo de tener, y muchas veces me pregunto de dónde salió el dinero para comprarlos. Existe una competencia entre las amigas a ver cuál lo tiene mejor; el lujo de las residencias compite con los multimillonarios. Me pregunto, si esa persona trabaja en tal lado y gana aproximadamente tanto, ¿salen las cuentas para la clase de vida que se dan?
Advierto, no tengo nada contra el dinero, si es bien habido y trabajado. Lo que me molesta es el excesivo materialismo y cómo se usa.
Cuando un padre, que tiene medios, le regala a su hijo adolescente un Rolex, le está enseñando a vivir con un lujo que tal vez mañana no pueda sostener, y aparecen las contradicciones y los problemas por lo que tuvieron y ahora no pueden poseer. Cuando crezca lo suficiente para no depender de papito y vea que no sólo es el dinero lo importante, sabrá que ha perdido el tiempo con una vida vacía, sin consistencia y profundidad, sin preparación suficiente para pagar esos gastos.
Si aparece una cámara fotográfica nueva, la compran; si sale un celular con pantalla y todo, igual; lo hacen con el último modelo de carro. Viven en las mejores barriadas de la ciudad, y me pregunto cómo lo hacen. Me respondo: primero, no ahorran, se lo gastan todo; segundo, se llenan de deudas comprando lo mejor para luego invitar a sus amigos a verlos; tercero, olvidan lo esencial que es el sentimiento, lo interno de la persona, la belleza de compartir, convivir de igual a igual con cualquiera, de no vivir una vida ficticia.
Pareciera que los valores éticos y morales van desapareciendo o son suplantados por las apariencias, lo impersonal, lo ganado sin esfuerzo para que sea gozado completamente; se acostumbran a la superficialidad a tal punto que no pueden sostener una conversación si no es de sus pertenencias. No importa si hieren a quienes no lo tienen, ellos hablan igual y demuestran tener más que los otros. Así no llegaremos a ninguna parte. Dios nos lo cobrará en algún momento. No debemos perder la sensibilidad social y dar más. Dios bendiga a los que no viven así, a la humildad, las buenas costumbres y nos premie por conservar los valores cívicos, morales y éticos.
Los panameños quieren rectificaciones y condenan el ocultamiento y, por supuesto, la indiferencia cómplice.

101 años de Panamá América

 
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