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Mea culpa del gran capital


LA DOLIENTE humanidad de los siglos XIX y XX, lo mismo que sus antecesoras, no ha podido diseñar un sistema político-económico que resuelva los problemas sociales que ella ha confrontado hasta la fecha. Son enormes y acusadores tales problemas, como todos sabemos.
Según ocurre desde ciertos años, el G-8 se ha reunido para proponer y discutir las fórmulas que, según ellos, le aseguren al mundo el bienestar de la gran mayoría de los habitantes de nuestros países. Recordemos que el G-8 está formado por Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia, Canadá, Japón y, en los últimos tiempos, Rusia. Es decir, los países más industrializados y desarrollados de la tierra.
Ni en sus propios países los ocho gobiernos que integran el aludido Bloque, son anarquistas internacionales, e intentan encontrar mercados en los países "pobres de solemnidad" y las posibles soluciones que ellos demandan. Tales países poderosos entraron, hace como tres décadas, en una carrera de producción y venta del petróleo, que les produjeron inmensas cantidades de dinero que los bancos podían usar en préstamos a los demás Estados del mundo: los petrodólares.
Esa gran competencia universal de los petrodólares trajo por consecuencia el endeudamiento inmenso de los países menos desarrollados y menos productores. Más o menos desde 1970 Panamá entró en esa carrera. Era tal la oferta de préstamos que muchos deudores no iban a estar en capacidad de pagar sus deudas, como efectivamente resultó. Fueron las deudas impagables. Hubo países cuyos grandes bancos, cada uno por su cuenta, decidieron relevar de pagos vencidos a ciertos países, con el fin de que pudieran ser, nuevamente, capaces de adquirir nuevos préstamos, en especiales condiciones. Por ejemplo, Nicaragua fue favorecida con el perdón de fuertes cantidades de préstamos impagables. ¿Quiénes tenían la culpa? ¿Los deudores o los prestamistas? Es difícil resolver la incógnita. Pero todas las fuentes del "dinero fresco" conocían muy bien cuáles serían los resultados.
En los últimos días, el G-8 se reunió en Escocia (Inglaterra) y aprobó varias condonaciones pequeñas, Honduras, 1.3 millones; Nicaragua, Bolivia y algunas naciones africanas se beneficiaron con pequeñas condonaciones, si se toman en cuenta el total de sus deudas. Pero muchos europeos protestaron porque no se dio una solución de mayor alcance.
Al menos, lo que exponen hoy es casi una confesión de los resultados de un sistema desenfrenado y socialmente injusto. En vez de resolver problemas, crea nuevos y más problemas.
Los que por no ser técnicos en muchas materias, como la de la macroeconomía, tampoco tenemos soluciones para tan agudizadas crisis. Hace poco tiempo, fuimos testigos también del fenómeno norteamericano de grandes empresas que preparaban informes falsos de su contabilidad, que demostraban ganancias en sus actividades, y que algunas, con tal propaganda, les vendían acciones a sus propios empleados, que así invirtieron sus duros ahorros.
Regresemos a la pregunta: ¿Qué está sucediendo en la economía mundial? Los síntomas son muy graves, aunque el sistema, desde la II Guerra Mundial (1945) ha recurrido a ciertas medidas de control, que parece no resuelven el fondo de los problemas, y que propician únicamente que los paliativos, es decir los engaños, continúen, por debajo, agravando la problemática.
Todo indica que ningún régimen político puede triunfar en la carrera del progreso del mundo, sin entender que garantizar no sólo el bienestar económico de una población mundialmente empobrecida, sino un margen efectivo de libertad individual. A nuestra mente viene, en forma recurrente, y en presencia de los males universales de hoy, la frase que forma el título de uno de los libros del filósofo italiano Benedeto Croce: "La Historia como Hazaña de la Libertad". Porque de lo que no tenemos duda es de que la historia del hombre sobre la tierra, en uno de sus aspectos básicos y de amplias perspectivas, el ser humano ha venido avanzando más y más en su cuota de libertad personal y colectiva, y que hace posible el acierto de la hermosa frase. Entre otras realidades, el hombre ha venido labrando su propia historia con un avance lento pero firme en la garantía de su propia libertad.

101 años de Panamá América

 
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