Medalla de oro para México
En materia de comercio internacional, los hechos dicen más que las palabras. Y no hay mejor ejemplo que el caso de México, en donde sus recientes actuaciones en el campo de los acuerdos comerciales se han transformado en una carrera sin obstáculos y con visión de progreso y prosperidad.
México y la Unión Europea (UE) firmaron en abril pasado un acuerdo de libre comercio en el que esperan se produzca una ola de inversiones en ambas vías y reduzca la dependencia comercial que tiene el país mexicano con su vecino del norte, los Estados Unidos. Este acuerdo, el más amplio que se haya firmado entre la UE y cualquier otro país del continente americano, entró en vigencia el 1 de julio de 2000, a pesar de que aún existen algunas cláusulas referentes a servicios e inversiones que han quedado pendientes hasta finales de este año para cuando Italia y Luxemburgo ratifiquen el acuerdo. Este acuerdo supone una disminución gradual de aranceles hasta el año 2007, cuando se estima que no habrá más barreras arancelarias entre ambas partes.
Para el Presidente Zedillo esto ha sido una prioridad hecha realidad y un logro significativo para su período que está próximo a terminar, en el sentido que el acuerdo producirá nuevas oportunidades para los empresarios europeos y más fuentes de trabajo y mejores salarios para los mexicanos. Al mismo tiempo, con la firma de este acuerdo, se le echa tierra a la hipótesis de que Europa se convertiría en una "fortaleza" al que ningún país afuera de la UE iba a tener acceso al intercambio de bienes y servicios.
Para los europeos, este acuerdo con los mexicanos representa una oportunidad de recuperar un pedazo del mercado mexicano perdido cuando el Tratado de Libre Comercio de Norte América (NAFTA) entró en vigencia en 1994. Desde entonces, la participación europea en las importaciones mexicanas había decrecido del 22 al 5 por ciento.
A pesar de las manifestaciones en Seattle en noviembre de 1999 y en Washington en febrero de este año, durante la firma del acuerdo entre la UE y México no se observaron turbas de activistas ni protestas de grupos antagónicos a la mundialización, quienes ya se han convertido en espectadores oficiales durante actos protocolares. Y no creo que sea porque el alcance de este acuerdo no se mida entre los más importantes en la historia del libre comercio; cuando termine de implementarse en 2007, los europeos tendrán acceso sin restricciones a la séptima economía más grande del mundo, cuyo crecimiento en las exportaciones ha sido el más rápido (15 por ciento este año). El acuerdo potenciará además el perfil y la presencia de empresas europeas en Latinoamérica; de las 25 compañías extranjeras más grande en esta región, catorce son europeas.
Con la implementación de este acuerdo se aumentará el flujo de inversiones de Europa hacia Latinoamérica, las cuales en 1998 sobrepasaron aquellas provenientes de Estados Unidos, además de que permitirá a las compañías europeas acercarse a la mano de obra barata de la cual se benefician las compañías estadounidense a través del NAFTA. Con todo el respeto a las comparaciones, el pacto México-UE podrá ser equivalente al NAFTA en muchos aspectos.
Para México, las expectativas son aún mucho mejores todavía. Ese país tendrá acceso a un mercado de 370 millones de consumidores, al cual "solamente" exportan en la actualidad mercancía valorada en 140 mil millones de dólares. Paralelo a esto, la inversión extranjera directa se espera que se incremente también. Ya la empresa Renault SA anunció que construirá una planta de 400 millones de dólares, después de haberse ausentado del mercado mexicano por más de quince años. Y con esto se espera aumentar el consumo de productos europeos; con el NAFTA los mexicanos aprendieron a intercambiar productos con los Estados Unidos de "tu a tu", y no vemos por qué no pueda ocurrir lo mismo con los europeos.
Aunque esta es una suposición optimista, la verdad es que si analizamos los antecedentes que dieron origen a la firma de este acuerdo, observaríamos que el nivel de seriedad y profesionalismo con que se manejan los negociadores mexicanos deja evidenciado que existe un compromiso nacional para elevar a México al rango de "socio comercial por excelencia" en el mapa mundial del libre comercio. Y a pesar de que el movimiento hacia esa globalización integral perdió impulso en Seattle y en Washington frente a las críticas y protestas de grupos activistas, el ejemplo mexicano trae a la palestra la idea de que la mundialización nuevamente "está de moda", y sobre todo cuando el acuerdo refleja la esperanza de que algún día no muy lejano el resto de los países liberalicen sus economías. México ha venido realizando a todo lo largo y ancho de las cuatro coordenadas cartesianas, esfuerzos para impulsar el comercio con otros países como Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Israel, Nicaragua y Venezuela. Actualmente se encuentran negociando un acuerdo bilateral con el Japón. Todos estos intentos son relativamente pequeños en comparación al volumen total de intercambio comercial pero, si se suman uno por uno, el total daría una cifra considerable. Además estos acuerdos fueron más fáciles de negociar que la mayoría de los pactos multinacionales; el acuerdo entre México y la UE demoró un poco más de un año, en contraste con los siete años que tardó la última ronda del GATT (Ronda Uruguay).
La economía de México está en su mejor forma en décadas. Y su política de despegue económico y de propulsión hacia el libre comercio ha contribuido significativamente para que alcancen mejores condiciones macroeconómicas y un entorno que promueva el comportamiento competitivo entre las empresas. Al mismo tiempo, esta situación permitirá seguramente el fortalecimiento de la democracia genuina en México por primera vez en su historia. Sin duda alguna, el acuerdo entre México y la UE va a generar bienestar en ambos lados del Atlántico.
Nuevamente el tema del libre comercio trae grandes augurios para un país de nuestra región. El último informe de la OCDE prevé para los países que se han comprometido con la globalización el período de prosperidad más luminoso de los últimos cien años. Nunca, ni en los felices años veinte, ni en los niquelados cincuenta, ni en la rosada década de los ochenta, se registró una coyuntura tan feraz y una actualidad tan excitada. A menos que se propague una bacteria misteriosa y mortal, estalle un depósito nuclear, nos envenene un alimento transgénico contaminado con plaguicidas o cunda una caótica ruina por efecto de un supervirus cibernético, nada podrá detener ni descarrilar el tren de la globalización.
En otros tiempos era posible no ver o incluso ignorar un proyecto de tanta envergadura como es el del libre comercio entre las naciones, pero en la actualidad no podemos darnos el lujo de perder esta oportunidad. Panamá y la clase gobernante debe entender que no hay marcha atrás en cuanto a la globalización, y que el país debe hacer intentos fructíferos para entrar en los caminos de la modernidad. Para eso, es necesario seguir el ejemplo de México, que no se detuvo a cuestionar sobre el "efecto tequila", sino que asumió el escrutinio de la liberalización y el rigor de la libre competencia. No miremos pues hacia atrás, ni prestemos atención a lo que fue, es o pudo ser lo que algunos han denominado el "efecto Mireya"; considero que las perspectivas para un mejor Panamá superan todas las diferencias de opiniones. Por eso espero que nuestras autoridades negociadoras aprendan del ejemplo mexicano su compromiso con el libre comercio y nos coloquen con la máxima aceleración en carrera para alcanzar la meta de la prosperidad. Ese es el camino más seguro para alcanzar la medalla de oro.
México y la Unión Europea (UE) firmaron en abril pasado un acuerdo de libre comercio en el que esperan se produzca una ola de inversiones en ambas vías y reduzca la dependencia comercial que tiene el país mexicano con su vecino del norte, los Estados Unidos. Este acuerdo, el más amplio que se haya firmado entre la UE y cualquier otro país del continente americano, entró en vigencia el 1 de julio de 2000, a pesar de que aún existen algunas cláusulas referentes a servicios e inversiones que han quedado pendientes hasta finales de este año para cuando Italia y Luxemburgo ratifiquen el acuerdo. Este acuerdo supone una disminución gradual de aranceles hasta el año 2007, cuando se estima que no habrá más barreras arancelarias entre ambas partes.
Para el Presidente Zedillo esto ha sido una prioridad hecha realidad y un logro significativo para su período que está próximo a terminar, en el sentido que el acuerdo producirá nuevas oportunidades para los empresarios europeos y más fuentes de trabajo y mejores salarios para los mexicanos. Al mismo tiempo, con la firma de este acuerdo, se le echa tierra a la hipótesis de que Europa se convertiría en una "fortaleza" al que ningún país afuera de la UE iba a tener acceso al intercambio de bienes y servicios.
Para los europeos, este acuerdo con los mexicanos representa una oportunidad de recuperar un pedazo del mercado mexicano perdido cuando el Tratado de Libre Comercio de Norte América (NAFTA) entró en vigencia en 1994. Desde entonces, la participación europea en las importaciones mexicanas había decrecido del 22 al 5 por ciento.
A pesar de las manifestaciones en Seattle en noviembre de 1999 y en Washington en febrero de este año, durante la firma del acuerdo entre la UE y México no se observaron turbas de activistas ni protestas de grupos antagónicos a la mundialización, quienes ya se han convertido en espectadores oficiales durante actos protocolares. Y no creo que sea porque el alcance de este acuerdo no se mida entre los más importantes en la historia del libre comercio; cuando termine de implementarse en 2007, los europeos tendrán acceso sin restricciones a la séptima economía más grande del mundo, cuyo crecimiento en las exportaciones ha sido el más rápido (15 por ciento este año). El acuerdo potenciará además el perfil y la presencia de empresas europeas en Latinoamérica; de las 25 compañías extranjeras más grande en esta región, catorce son europeas.
Con la implementación de este acuerdo se aumentará el flujo de inversiones de Europa hacia Latinoamérica, las cuales en 1998 sobrepasaron aquellas provenientes de Estados Unidos, además de que permitirá a las compañías europeas acercarse a la mano de obra barata de la cual se benefician las compañías estadounidense a través del NAFTA. Con todo el respeto a las comparaciones, el pacto México-UE podrá ser equivalente al NAFTA en muchos aspectos.
Para México, las expectativas son aún mucho mejores todavía. Ese país tendrá acceso a un mercado de 370 millones de consumidores, al cual "solamente" exportan en la actualidad mercancía valorada en 140 mil millones de dólares. Paralelo a esto, la inversión extranjera directa se espera que se incremente también. Ya la empresa Renault SA anunció que construirá una planta de 400 millones de dólares, después de haberse ausentado del mercado mexicano por más de quince años. Y con esto se espera aumentar el consumo de productos europeos; con el NAFTA los mexicanos aprendieron a intercambiar productos con los Estados Unidos de "tu a tu", y no vemos por qué no pueda ocurrir lo mismo con los europeos.
Aunque esta es una suposición optimista, la verdad es que si analizamos los antecedentes que dieron origen a la firma de este acuerdo, observaríamos que el nivel de seriedad y profesionalismo con que se manejan los negociadores mexicanos deja evidenciado que existe un compromiso nacional para elevar a México al rango de "socio comercial por excelencia" en el mapa mundial del libre comercio. Y a pesar de que el movimiento hacia esa globalización integral perdió impulso en Seattle y en Washington frente a las críticas y protestas de grupos activistas, el ejemplo mexicano trae a la palestra la idea de que la mundialización nuevamente "está de moda", y sobre todo cuando el acuerdo refleja la esperanza de que algún día no muy lejano el resto de los países liberalicen sus economías. México ha venido realizando a todo lo largo y ancho de las cuatro coordenadas cartesianas, esfuerzos para impulsar el comercio con otros países como Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Israel, Nicaragua y Venezuela. Actualmente se encuentran negociando un acuerdo bilateral con el Japón. Todos estos intentos son relativamente pequeños en comparación al volumen total de intercambio comercial pero, si se suman uno por uno, el total daría una cifra considerable. Además estos acuerdos fueron más fáciles de negociar que la mayoría de los pactos multinacionales; el acuerdo entre México y la UE demoró un poco más de un año, en contraste con los siete años que tardó la última ronda del GATT (Ronda Uruguay).
La economía de México está en su mejor forma en décadas. Y su política de despegue económico y de propulsión hacia el libre comercio ha contribuido significativamente para que alcancen mejores condiciones macroeconómicas y un entorno que promueva el comportamiento competitivo entre las empresas. Al mismo tiempo, esta situación permitirá seguramente el fortalecimiento de la democracia genuina en México por primera vez en su historia. Sin duda alguna, el acuerdo entre México y la UE va a generar bienestar en ambos lados del Atlántico.
Nuevamente el tema del libre comercio trae grandes augurios para un país de nuestra región. El último informe de la OCDE prevé para los países que se han comprometido con la globalización el período de prosperidad más luminoso de los últimos cien años. Nunca, ni en los felices años veinte, ni en los niquelados cincuenta, ni en la rosada década de los ochenta, se registró una coyuntura tan feraz y una actualidad tan excitada. A menos que se propague una bacteria misteriosa y mortal, estalle un depósito nuclear, nos envenene un alimento transgénico contaminado con plaguicidas o cunda una caótica ruina por efecto de un supervirus cibernético, nada podrá detener ni descarrilar el tren de la globalización.
En otros tiempos era posible no ver o incluso ignorar un proyecto de tanta envergadura como es el del libre comercio entre las naciones, pero en la actualidad no podemos darnos el lujo de perder esta oportunidad. Panamá y la clase gobernante debe entender que no hay marcha atrás en cuanto a la globalización, y que el país debe hacer intentos fructíferos para entrar en los caminos de la modernidad. Para eso, es necesario seguir el ejemplo de México, que no se detuvo a cuestionar sobre el "efecto tequila", sino que asumió el escrutinio de la liberalización y el rigor de la libre competencia. No miremos pues hacia atrás, ni prestemos atención a lo que fue, es o pudo ser lo que algunos han denominado el "efecto Mireya"; considero que las perspectivas para un mejor Panamá superan todas las diferencias de opiniones. Por eso espero que nuestras autoridades negociadoras aprendan del ejemplo mexicano su compromiso con el libre comercio y nos coloquen con la máxima aceleración en carrera para alcanzar la meta de la prosperidad. Ese es el camino más seguro para alcanzar la medalla de oro.