Medicina en la CSS
Quien los ve en las paradas de los buses, subiéndose a los taxis o en sus propios vehículos arrugados no logra reconocer detrás de sus jóvenes rostros, pantalones diablo fuerte, zapatillas modernas o sortijas en los dedos, a un novato que hace su externado o internado profesional -técnico como parte del sector salud, en su condición de médico, enfermera, auxiliar, laboratorista o farmacéutico, para mencionar algunos.
Y es que ha resultado para mí de una infinita satisfacción, el haber podido comprobar durante las pasadas semanas, al darse la coyuntura de tener a un familiar hospitalizado y operado en el Complejo Hospitalario Metropolitano, el profundo grado de vocación y mística entre estos muchachos que a todas horas circulaban por los solitarios pasillos durante las medianoches, fines de semana y días feriados, sin jamás expresar una frase de enfado o de lamentar su vigilia para coadyuvar en la recuperación y rehabilitación de los cientos de enfermos que acuden a este nosocomio, en búsqueda de su salud perdida.
Debo reconocer que la participación entusiasta de excelentes especialistas, quienes desde la madrugada, inician sus jornadas de docencia, la monitoria del tratamiento a través de la visita general a todos los encamados, y la disponibilidad inmediata de los residentes e internos para resolver los problemas urgentes, lo mismo que la diligencia del soporte de enfermería y técnicos, me hicieron recordar los tiempos de nuestro internado y residencia de hace tres décadas.
Quienes creíamos que la vocación y mística del personal sanitario era cosa del pasado, debemos corregir estos prejuicios, señalando que ambos sentimientos han sido sembrados y que florecen vigorosos y lozanos en el alma y el cerebro de estos profesionales de la salud panameña.
Hasta ahora nos hemos ocupado en puntualizar las deficiencias en la cantidad de los recursos humanos, infraestructura, equipos e insumos críticos de nuestras instalaciones sanitarias, pero hoy quiero rendir un tributo sincero y profundo a la calidad y calidez de la gente que trabaja en éste el más importante hospital del país, sin esperar nada a cambio, tan sólo que las personas se curen o alivien, y por otro lado hacerse ellos cada día más instruidos, capaces y diestros para seguir arrebatándole enfermos a la enfermedad, a la discapacidad y a la muerte.
He querido expresar ahora estas voces de aliento y de reconocimiento, precisamente en estos momentos en que la República se encuentra, después de un liderazgo autocrático, en un aparente período de latencia o letargo económico provocado, en mi humilde concepto, no tanto por la falta de experiencia burocrática del gabinete de turno o ausencia de rumbo en su conducción, sino por la manipulación de algunos sectores y personajes que han conformado las cortes de todos los gobiernos y que quieren aprovechar la presión social para pescar en río revuelto para que, como siempre, la opción por los que menos tienen deje de ser una prioridad para convertirse en un asunto mortificante e indeseable.
Y es que ha resultado para mí de una infinita satisfacción, el haber podido comprobar durante las pasadas semanas, al darse la coyuntura de tener a un familiar hospitalizado y operado en el Complejo Hospitalario Metropolitano, el profundo grado de vocación y mística entre estos muchachos que a todas horas circulaban por los solitarios pasillos durante las medianoches, fines de semana y días feriados, sin jamás expresar una frase de enfado o de lamentar su vigilia para coadyuvar en la recuperación y rehabilitación de los cientos de enfermos que acuden a este nosocomio, en búsqueda de su salud perdida.
Debo reconocer que la participación entusiasta de excelentes especialistas, quienes desde la madrugada, inician sus jornadas de docencia, la monitoria del tratamiento a través de la visita general a todos los encamados, y la disponibilidad inmediata de los residentes e internos para resolver los problemas urgentes, lo mismo que la diligencia del soporte de enfermería y técnicos, me hicieron recordar los tiempos de nuestro internado y residencia de hace tres décadas.
Quienes creíamos que la vocación y mística del personal sanitario era cosa del pasado, debemos corregir estos prejuicios, señalando que ambos sentimientos han sido sembrados y que florecen vigorosos y lozanos en el alma y el cerebro de estos profesionales de la salud panameña.
Hasta ahora nos hemos ocupado en puntualizar las deficiencias en la cantidad de los recursos humanos, infraestructura, equipos e insumos críticos de nuestras instalaciones sanitarias, pero hoy quiero rendir un tributo sincero y profundo a la calidad y calidez de la gente que trabaja en éste el más importante hospital del país, sin esperar nada a cambio, tan sólo que las personas se curen o alivien, y por otro lado hacerse ellos cada día más instruidos, capaces y diestros para seguir arrebatándole enfermos a la enfermedad, a la discapacidad y a la muerte.
He querido expresar ahora estas voces de aliento y de reconocimiento, precisamente en estos momentos en que la República se encuentra, después de un liderazgo autocrático, en un aparente período de latencia o letargo económico provocado, en mi humilde concepto, no tanto por la falta de experiencia burocrática del gabinete de turno o ausencia de rumbo en su conducción, sino por la manipulación de algunos sectores y personajes que han conformado las cortes de todos los gobiernos y que quieren aprovechar la presión social para pescar en río revuelto para que, como siempre, la opción por los que menos tienen deje de ser una prioridad para convertirse en un asunto mortificante e indeseable.