Medio ambiente
Si bien la crisis financiera resulta la más visible de todas, no es la única que se origina en el actual sistema económico guiado por una sed insaciable de beneficios y de acumulación de capital. Junto a ésta se desarrolla una crisis ecológica que amenaza la existencia de la vida en el planeta. La misma si bien tiene su expresión más conocida en el calentamiento global, también se manifiesta en elementos, tales como la extinción de especies, el agotamiento de los suelos, la desertificación, la escasez del agua, la contaminación del aire y el agotamiento de los recursos marinos, entre otros.
Son esos fenómenos con la capacidad de impactar seriamente al conjunto de las condiciones de vida del país, lo que se ilustra recordando los efectos desastrosos que tendría para el Canal de Panamá la posible desaparición del hielo en el verano ártico, hecho que puede llegar a ocurrir a partir del 2013. Sin embargo, no se trata exclusivamente de dificultades globales, sino también de problemas locales, provocados por la acción antropogénica no sostenible.
Es así, por ejemplo, que entre 1947 y el 2000 Panamá perdió cerca del 36% de sus áreas boscosas, mientras que actualmente se desforestan 409,525 hectáreas anuales. De seguir con esta tendencia en los próximos 50 años se dilapidarán, adicionalmente, el 43% de los ya diezmados bosques nacionales.
En esta situación el país debe comprometerse con una política destinada a alcanzar la sostenibilidad ambiental, entendida como aquellas condiciones que permiten el desarrollo de la vida sobre el planeta y nuestro país por el período más largo naturalmente posible. Esto se alcanza adoptando un concepto de equidad intrageneracional e intergeneracional que busque asegurar para todos una situación en la que estén presente tanto la dotación esencial de recursos naturales como la presencia de los servicios del ecosistema que sirven de soporte a la vida. Esto significa lograr para cada generación de panameños una vida digna y placentera compatible con un metabolismo sociedad-naturaleza que permita su mantenimiento a largo plazo. Para esto, siguiendo a Herman Daly, es necesario cumplir con tres principios:
1). La tasa de utilización de los recursos renovables no debe exceder su tasa de regeneración natural; 2) la tasa de utilización de los recursos no renovables no debe exceder la tasa a que los mismos pueden ser sustituidos por recursos renovables; 3) la tasa de generación de desechos no debe exceder nunca la capacidad de que éstos sean asimilados por el medio ambiente, asegurando la permanencia de los servicios del ecosistema.
Dada la naturaleza del problema, las tasas de utilización antes definidas deberán establecerse por medio de una decisión consciente, científica, planificada y participativa de la sociedad. Igual debe hacerse considerando la escasez básica que impone la naturaleza, con los criterios de distribución y equidad que guíen a la producción nacional. A partir de ahí el Estado deberá aplicar los criterios y mecanismos de responsabilidad administrativa y penal, así como los destinados a canalizar el costo hacia quienes hacen uso del medio ambiente con el fin de asegurar el cumplimiento de estas normas. Es evidente que todo esto sólo será posible, como lo ha señalado John Bellamy Foster, dentro de una estructura económica cuyo centro ya no esté en la idea de los beneficios, sino en la defensa y desarrollo de la vida.