Mendicidad callejera
En los 80 Noriega y los suyos hicieron del tráfico migratorio un multimillonario negociado. No olvidemos que Díaz Herrera dijo por aquellos inolvidables días de junio de 1987, que su mansión era "medio robada", aludiendo en parte al producto del trasiego de cubanos hacia Estados Unidos.
Antes de esa década, no existía mendicidad callejera abierta o disfrazada de vendedores compulsivos de pastillas y estampitas. Fueron los cubanos los que trajeron la práctica de vender plátanos en los semáforos y limpiar parabrisas.
Cuando a mediados de la década Estados Unidos cerró la llave y nos apretó un par de tuercas, los cubanos se marcharon y nos quedaron los vendedores criollos, más insistentes y menos amables. Los semáforos fueron testigos mudos del diario forcejeo entre automovilistas y mendigos.
En muchas otras ciudades de Latinoamérica, el fenómeno se repitió y aún existe. Pero mal de otros es consuelo de tontos, y hay también naciones, -la mayoría-, en que no hay en las calles ni mendigos, ni vendedores, ni pedidores de colectas.
De cualquier modo, se proyecta una imagen pésima a propios y extraños, a más de que se presta para amparar delincuentes que se entremezclan para cometer fechorías.
Empero hay que reconocer que algunos alcaldes y autoridades procuraron hacer algo al respecto. Así por ejemplo, la Dirección de Bienestar Social, desplegó hace unos diez años un ejército de trabajadores sociales que despejaron las calles de niños mendigos explotados por adultos.
Se adoptó entonces un efectivo sistema de ayuda económica a las familias involucradas, la cual servía de capital semilla mínimo para operar pequeñas fondas y modelos de autogestión individual. La condición era que los niños asistieran regularmente a la escuela y salieran así de las calles.
En época de verano, los niños eran inscritos en programas vacacionales en el interior, donde disfrutaban de un ambiente más sano. El Hogar de Niños de Penonomé fue testigo de ese programa que tan buenos frutos dio en su oportunidad.
Del mismo modo, Mayín Correa instituyó un comedor municipal y, con anterioridad, Osvaldo Velásquez procuró controlar la mendicidad y venta callejera con camisetas y carnets. Pero la marea de nuevos ingresos a la actividad terminó por ahogarlos. Muchos dijeron que ganaban más como mendigos que en trabajos normales.
Hoy las autoridades se han rendido. Cada semáforo es un mosaico de vendedores, pedigüeños y farsantes disfrazados de viejos, cojos y mudos.
Ciertamente, son secuela del desempleo y la pobreza; pero no en un cien por ciento. De cualquier modo el problema debe ser enfrentado sistemáticamente, con la misma energía que se combate el desempleo y otros males sociales crónicos.
Antes de esa década, no existía mendicidad callejera abierta o disfrazada de vendedores compulsivos de pastillas y estampitas. Fueron los cubanos los que trajeron la práctica de vender plátanos en los semáforos y limpiar parabrisas.
Cuando a mediados de la década Estados Unidos cerró la llave y nos apretó un par de tuercas, los cubanos se marcharon y nos quedaron los vendedores criollos, más insistentes y menos amables. Los semáforos fueron testigos mudos del diario forcejeo entre automovilistas y mendigos.
En muchas otras ciudades de Latinoamérica, el fenómeno se repitió y aún existe. Pero mal de otros es consuelo de tontos, y hay también naciones, -la mayoría-, en que no hay en las calles ni mendigos, ni vendedores, ni pedidores de colectas.
De cualquier modo, se proyecta una imagen pésima a propios y extraños, a más de que se presta para amparar delincuentes que se entremezclan para cometer fechorías.
Empero hay que reconocer que algunos alcaldes y autoridades procuraron hacer algo al respecto. Así por ejemplo, la Dirección de Bienestar Social, desplegó hace unos diez años un ejército de trabajadores sociales que despejaron las calles de niños mendigos explotados por adultos.
Se adoptó entonces un efectivo sistema de ayuda económica a las familias involucradas, la cual servía de capital semilla mínimo para operar pequeñas fondas y modelos de autogestión individual. La condición era que los niños asistieran regularmente a la escuela y salieran así de las calles.
En época de verano, los niños eran inscritos en programas vacacionales en el interior, donde disfrutaban de un ambiente más sano. El Hogar de Niños de Penonomé fue testigo de ese programa que tan buenos frutos dio en su oportunidad.
Del mismo modo, Mayín Correa instituyó un comedor municipal y, con anterioridad, Osvaldo Velásquez procuró controlar la mendicidad y venta callejera con camisetas y carnets. Pero la marea de nuevos ingresos a la actividad terminó por ahogarlos. Muchos dijeron que ganaban más como mendigos que en trabajos normales.
Hoy las autoridades se han rendido. Cada semáforo es un mosaico de vendedores, pedigüeños y farsantes disfrazados de viejos, cojos y mudos.
Ciertamente, son secuela del desempleo y la pobreza; pero no en un cien por ciento. De cualquier modo el problema debe ser enfrentado sistemáticamente, con la misma energía que se combate el desempleo y otros males sociales crónicos.