Mensajero de la verdad y la esperanza
Por años la Iglesia cubana deseó la visita de Su Santidad Juan Pablo II, y no fue sino hasta aquel noviembre de 1996, que Fidel Castro, en el Vaticano, invitara a su Santidad a visitar Cuba.
Pienso que la fecha exacta del 21 al 25 de enero de 1998, debió ser una negociación entre la Iglesia y el Estado cubano. Pero lo relevante es en definitiva que ese era el momento de Dios para presentarse al pueblo cubano y al mundo entero, como lo demostraron las lecturas del III Domingo del Tiempo Ordinario, que tocaron ese domingo 25 de enero de 1998.
Del Profesta Nehemías, vemos como en la "plaza se proclama la Palabra de Dios en presencia de hombres, mujeres y niños y todo el pueblo estaba atento a las lecturas del libro de la Ley, respondiendo Amén".
Los invito a releer esas escrituras y nos daremos cuenta sin ningún esfuerzo que la Palabra de Dios es Vida, Verdad y siempre de Actualidad.
Igual pasa en la segunda lectura tomada de la Carta a los Corintios de San Pablo, en la cual nos enseña que la Iglesia de Cristo es una y El la cabeza, aunque se tengan otros miembros, así todos debemos ser uno en Cristo y solidarizarnos con la Iglesia de Cuba que tanto nos necesita.
Del Evangelio, qué más podemos esperar, "Hoy se cumple esa profecía".
Meditemos esas palabras y en nuestros corazones sentiremos la unidad de nuestra Iglesia y viviremos de Amor por Dios, con Dios y a Dios.
Aún me embriaga la emoción, la alegría y el dolor de mi experiencia vivida desde el sábado 24 de enero al lunes 26, en esa hermosa Isla de Cuba.
Emoción de ver un pueblo con hambre de Cristo, con hambre de Libertad y que a pesar de todo lo que han sufrido siguen siendo un pueblo alegre, amable y sincero y con gran respeto y amor a Dios, a quien casi no conocen.
Alegría de ver y sentir la esperanza de ese pueblo en sus hermanos en Cristo, que somos todos los bautizados y que tenemos la obligación de apoyarlos.
Dolor y vergüenza por el abandono en que les hemos tenido.
Juan Pablo II, Mensajero de la Verdad y la Esperanza, es sin lugar a dudas el pensamiento y sentimiento que quedó en todos los cubanos, aún en los que se dicen no creyentes.
Antes de partir de La Habana, el lunes 26 a las 9:30 a.m., un grupo de panameños tuvimos la bendición de participar en la Eucaristía de Acción de Gracias presidida por el Cardenal de Cuba, su Excelencia Jaime Ortega. Sus emotivas palabras y su rostro de felicidad por sentir la unidad; el apoyo y el compañerismo entre sus hermanos sacerdotes, obispos y cardenales, los llevaré siempre impresos en mi corazón.
"Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba".
Pienso que la fecha exacta del 21 al 25 de enero de 1998, debió ser una negociación entre la Iglesia y el Estado cubano. Pero lo relevante es en definitiva que ese era el momento de Dios para presentarse al pueblo cubano y al mundo entero, como lo demostraron las lecturas del III Domingo del Tiempo Ordinario, que tocaron ese domingo 25 de enero de 1998.
Del Profesta Nehemías, vemos como en la "plaza se proclama la Palabra de Dios en presencia de hombres, mujeres y niños y todo el pueblo estaba atento a las lecturas del libro de la Ley, respondiendo Amén".
Los invito a releer esas escrituras y nos daremos cuenta sin ningún esfuerzo que la Palabra de Dios es Vida, Verdad y siempre de Actualidad.
Igual pasa en la segunda lectura tomada de la Carta a los Corintios de San Pablo, en la cual nos enseña que la Iglesia de Cristo es una y El la cabeza, aunque se tengan otros miembros, así todos debemos ser uno en Cristo y solidarizarnos con la Iglesia de Cuba que tanto nos necesita.
Del Evangelio, qué más podemos esperar, "Hoy se cumple esa profecía".
Meditemos esas palabras y en nuestros corazones sentiremos la unidad de nuestra Iglesia y viviremos de Amor por Dios, con Dios y a Dios.
Aún me embriaga la emoción, la alegría y el dolor de mi experiencia vivida desde el sábado 24 de enero al lunes 26, en esa hermosa Isla de Cuba.
Emoción de ver un pueblo con hambre de Cristo, con hambre de Libertad y que a pesar de todo lo que han sufrido siguen siendo un pueblo alegre, amable y sincero y con gran respeto y amor a Dios, a quien casi no conocen.
Alegría de ver y sentir la esperanza de ese pueblo en sus hermanos en Cristo, que somos todos los bautizados y que tenemos la obligación de apoyarlos.
Dolor y vergüenza por el abandono en que les hemos tenido.
Juan Pablo II, Mensajero de la Verdad y la Esperanza, es sin lugar a dudas el pensamiento y sentimiento que quedó en todos los cubanos, aún en los que se dicen no creyentes.
Antes de partir de La Habana, el lunes 26 a las 9:30 a.m., un grupo de panameños tuvimos la bendición de participar en la Eucaristía de Acción de Gracias presidida por el Cardenal de Cuba, su Excelencia Jaime Ortega. Sus emotivas palabras y su rostro de felicidad por sentir la unidad; el apoyo y el compañerismo entre sus hermanos sacerdotes, obispos y cardenales, los llevaré siempre impresos en mi corazón.
"Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba".