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¡Mensajes a mis compatriotas!


¡Compatriotas!, vivimos en pleno siglo XXI. Al finalizar el siglo pasado, hemos visto desaparecer las distancias y achicarse el globo terráqueo. Pocos minutos, escasas horas separan unas de otras a las capitales del Viejo y Nuevo Mundo gracias a los aviones, que han superado la velocidad del sonido y saltan con botas de siete leguas de ciudad a ciudad, de país a país y de continente a continente; a los ferrocarriles, que desarrollan un promedio de 140 kilómetros por hora; a las excelentes carreteras y autopistas que atraviesan y a los modernos automóviles que se deslizan raudos sobre ellas; a la radio, la telefonía, la televisión, el faxcímil, el internet, etc., que llevan las palabras, las noticias y las imágenes a los puntos más extremos con la instantaneidad de la luz; a la prensa, que nunca ha sido tan poderosa en sus medios técnicos y financieros ni ha tirado mayor número de ejemplares; a la actividad editorial, que imprime y traduce libros a un ritmo siempre creciente. Y no olvidemos el cinematógrafo, con el que también se viaja y es otro de los grandes elementos modernos de comunicación.
Asistimos ya hoy al despertar de la conciencia nacional, desde que el sentido de lo autóctono nutre nuestras aspiraciones y ordena nuestros actos. Voces proféticas caldean la atmósfera que nos rodea. Voces que no son ya los gritos en el desierto de la desordenada prédica doctrinaria, sino que más bien, las órdenes de mando que disponen la línea de combate de una perfecta y disciplinada acción conjunta de nuestras fuerzas vitales, las auténticas, las que no dependen del artificio de las leyes ni quieren someterse a los halagos del favoritismo oficial instituido en privilegio. Fuerzas inmanentes y consustanciales que responden a las naturales funciones orgánicas de nuestro temperamento de pueblo aún joven, sano y animoso.
La naturaleza que fue pródiga al derramar sus dones en toda la extensión del territorio patrio, necesita y requiere el apoyo de la labor humana como complemento indispensable y es, en esta tarea fructífera, donde los panameños y panameñas van a demostrar sus energías, sus afanes, su amor al suelo y la magnitud de sus propósitos patrióticos, desdoblando la riqueza, aprovechando los elementos naturales; es decir, trabajando con tesón y defendiendo sus derechos, para hacer de esta tierra y de sus dones el hogar de la felicidad. Ni la política, en su sentido de partido, ni las ideologías, en su sentido de dogma; ni mucho menos los sentimientos y conveniencias privadas como expresión de los egoísmos individuales o de grupos, deben privar sobre lo que en la presente oportunidad, más que de ninguna otra, ha de entenderse por interés público. Se ha de hablar, discutir y proponer con la mente y el corazón fijos, en primer término, en el bien de la República, en el supremo interés de la patria, en la felicidad de la nación panameña.
El problema que mayor preocupación causa a la población panameña es el desempleo creciente (hasta hoy aproximadamente de un 20%). Así lo concibe y entiende tanto gobernadores como gobernados. No obstante, los primeros parecen carecer de sensibilidad humana y de suficiente capacidad de iniciativa gubernamental para generar empleos y procurar felicidad a la población necesitada. Desconocen o no les interesa ni les importa la sabia sentencia que dice, la holganza es fábrica de los malos pensamientos y de muchas claudicaciones morales. El trabajo, en cambio, aleja el tedio, el vicio y la miseria.
Otro mensaje más: Quien se incorpora a una fuerza política debe hacerlo por convicción y en defensa de altos ideales de bien público y de grandeza nacional. Y quien se convierte en depositario del liderazgo político, debe obrar con honestidad mental, con firme conducta cívica y con insospechado desinterés, para que no caigamos en la condenación que suscribiera La Bruyere al afirmar que "el espíritu del partido hace que los hombres más grandes se rebajen hasta la pequeñez del pueblo". Solidifiquemos el imperio de la justicia para sentirnos más seguros de nuestras vidas y más enamorados de la existencia. Exigimos moralidad en todos sus actos a nuestros jueces y magistrados, porque un tribunal sin solvencia moral, sin rigidez y sin conciencia funcional en un estigma para la vida republicana y un signo de decadencia en el proceso de civilización. Presidenta Moscoso: ¡Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!
Me temo que la justificada lucha contra el terrorismo, sobre todo a partir de los terribles atentados de septiembre de 2001, ha traído una erosión de ciertos derechos fundamentales y si esta tendencia continúa, reforzada además por el combate contra el narcotráfico y la imperiosa necesidad de controlar la corrupción, ciertos derechos como el debido proceso y el derecho a la intimidad requerirán de una fuerte defensa por la justicia contencioso-administrativa para que exista proporcionalidad y equilibrio entre las acciones de la Administración y la lucha contra esos tres males de nuestra época.
El riesgo: el desarrollo de una democracia exclusivamente electoral con gobernantes elegidos, pero sin controles judiciales de su actuación y sin Estado de derecho. El país ha avanzado mucho en el desarrollo de una democracia, como forma de Estado en la que los gobernantes son escogidos por los ciudadanos en elecciones libres y abiertas. Un país es democrático, decía Karl Popper, si mediante elecciones se puede cambiar el gobierno sin derramamiento de sangre.
En los últimos 20 años, señaló The Economist el 26 de junio, la proporción de la población mundial que vive bajo gobiernos democráticos ha aumentado de un tercio hasta la mitad en la actualidad. Hay progreso en este terreno. El riesgo es que se desarrollen democracias simplemente electorales y que en algunos países la democracia degenere hacia una forma "anti-liberal" o plebiscitaria, que realmente yo designaría como una democracia, en el sentido anotado, pero sin Estado de derecho. Esa forma de democracia consistiría esencialmente, dice Luigi Ferrajoli, en la omnipotencia de la mayoría, seguida de una serie de corolarios: la descalificación de las reglas y de los límites al poder Ejecutivo expresado por la mayoría y, por lo tanto, de la división de poderes y de las funciones de control y garantía de la magistratura y del parlamento; la idea de que el consenso mayoritario legitima todo abuso y el rechazo de los frenos y contrapesos.
La democracia requiere ha dicho Fareed Zakaria de una previa "libertad constitucional" que entraña la protección de los derechos individuales, sobre todo de los de expresión, propiedad y religión a través de un sistema jurídico que no esté sujeto a la manipulación política del gobierno. Para ello se requieren jueces independientes e instituciones y grupos privados independientes del gobierno. La justicia contencioso-administrativa adquiere así una importancia crucial en el futuro de nuestro Estado de derecho. Ojalá sepamos preservarla con la independencia que el país reclama.

101 años de Panamá América

 
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