Mentiras, malditas mentiras y estadísticas
Un refrán atribuído a Mark Twain dice que en el mundo hay tres clases de engaños: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas ("There are three types of lies: lies, damn lies, and statistics"). El léxico empleado en el discurso descriptivo de nuestra realidad, viene condicionado por esquemas mentales, valores e intereses muy diferentes.
Una manera de ver las cosas (supuestamente optimista y entusiasta, pero en el fondo conciente de su carencia de verdad y de sustancia) es la que sostienen estas personas que nos gobiernan y los grupos de poder a quienes benefician (un nefasto consorcio de burócratas y jueces corrompidos, malos empresarios e inversores extranjeros tramposos, políticos profesionales parásitos, etc). Nos marean con cifras y estadísticas boyantes. Para ellos, estas cifras representan un país con más inversión, más ganancias, más negocios y negociados, más atracción de capitales, etc, o sea, el summum de la satisfacción para el político demagogo y arrogante clásico, adicto al dinero y al poder.
La otra manera de leer este contexto es la de la gran mayoría de los ciudadanos en total frustración, presos de la impotencia y cada vez más al borde de la rabia violenta. Cada vez más mordidos, perjudicados y ofendidos por lo que vemos como cínicas manipulaciones de numeritos engañosos o sea, como un vil cuento. Porque por más que se quiera tapar el sol con mentiras, campañas mediáticas y con estadísticas, Panamá es un país fracturado, en donde el crimen y la droga se han tomado las calles, en donde los políticos amasan vulgarmente enormes fortunas malhabidas, en donde la canasta básica va por la estratosfera y el salario real se encoge como la piel de zapa, en donde el grado de malestar social y de deterioro material y moral para muchos segmentos de la población es cada vez más innegable, evidente e insoportable.
Somos un país pequeño con una enorme agenda de promesas incumplidas sobre aspectos cada vez más urgentes, tales como detener la sangría del erario público; sanear de verdad nuestra economía; superar la miseria, el desempleo y el subempleo sin demagogia paternalista y con trabajos estables, decentes y bien remunerados; corregir enormes deficiencias y llegar a mejores niveles de salud y de educación para los pobres y la clase media; acabar con la corrupción; contar con un sistema de transporte público seguro y eficiente; y un larguísimo etcétera.
La resaca de esta borrachera, llena de narcóticos mediáticos, de edificios altos, de estadísticas exultantes, de hiperendeudamiento y de muchísimos negocios extraños (y sobre todo, comisiones, por encima y por debajo de la mesa) será muy dura. No sé si deberemos llamarla efecto "chirrisco" (ya que en México se le llamó efecto "tequila") o cómo ponerle un cartelito a lo que, como seguramente, aterrizará estrepitosamente por estos lares, como un furioso porrazo sobre nuestras vidas.
Lo que sí es cierto es que hasta el elástico más dúctil tiene un límite de estiramiento y después de eso, revienta. Y ya estamos llegando a ese punto.