Merecida memoria
Con motivo del tan mencionado centenario, muchos que hemos vivido en él, nos vemos obligados a recordar, a retroceder el cassette mental y ver y oír qué quedó grabado y quiénes; porque de repente, personas que no lo han vivido tantos años, te cuentan realidades en las que fuiste testigo, y quizás actor secundario, como si no lo hubieras vivido o sufrido o gozado de sus consecuencias. Este es el centenario de todos los que por la gracia de Dios hemos llegado hasta este momento para recordarlo. Lo que sí queda claro es que con facilidad olvidamos a muchas personas que, panameños o extranjeros, contribuyeron con el famoso granito de arena a la construcción y desarrollo de la gente de este país. Esto sea que consideremos lo material, cultural, espiritual como es el caso que hoy me ocupa.
Quiero hacer memoria de un sacerdote jesuita salvadoreño octogenario,Víctor Manuel Ruano Marroquín. Hace algunos días fue sólo rumor, después confusión, unos que sí, otros que no, finalmente vino la confirmación oficial de que había muerto en San José, Costa Rica. ¿Quién se acuerda de él? En el clero, pocos, casi nadie; en la feligresía, un grupito de la Parroquia del Perpetuo Socorro de la Barriada del Ingenio que ha demostrado su agradecimiento recordándolo con un novenario de ecuaristías y su interés por saber más sobre sus últimos momentos, ya que mantenía correspondencia con algunos miembros de la parroquia. Estoy seguro que lo último e inimaginable que pensaría el difunto sacerdote es que sea mi persona la que escriba sobre él. Sirve para indicarnos la suerte que hemos de correr todos irremediablemente. El multifacético sacerdote que se le veía por todos lados colaborando, proyectando películas, difundiendo devociones, y sobre todo como miembro del Equipo Misionero que dirigía el Padre Enrique María Huelín, "desapareció de la mente".
Juntamente con el Padre Carlos Sosa Icaza constituían un "binomio apostólico" en esa época de principios de los "60 que, dadas las coyunturas de entonces, uno, por solicitud de Jerarquía, se internó por la comunidad de Panamá Viejo y Puente del Rey, terminando con el establecimiento del Templo de la Inmaculada Concepción; y el otro, se echó a las espaldas, por ser más joven, la incipiente comunidad de San Miguelito y la de la barriada Domingo Díaz, a intentar hacer algo. Yo, en la vida de tan activo religioso y sacerdote, distingo tres etapas a través de las cuales llegué a conocerlo: antes de Panamá, en Panamá y después de Panamá.
Supe de Ruano, desde tiempos inmemoriables que era un "santo" con minúscula. Penitente, austero y muy fervoroso. Era émulo de San Luis Gonzaga y de los Santos Jóvenes Jesuitas. Acababa de ingresar en junio del "41, al Noviciado de la Provincia de Venezuela, Villa Pignatelli, en los Chorros, Dos Caminos, Petare, Estado Miranda, procedente del Seminario Menor o Escuela Apostólica de Jinotepe, Carazo, Nicaragua, con quien compartió inquietudes vocacionales con Ernesto Cardenal Martínez, Alvaro Oyanguren Cardenal, Ignacio Soriano, Solón de Jesús Guerrero, Carlos Vidales, etc. Esos ecos de santidad y fervor los recibí cuando fui a Nicaragua en 1942.
Logré conocer al personaje en 1947, cuando estudiaba en el Colegio Máximo de Chapinero de Bogotá, donde era famoso por su apostolado de la Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, el "Munus Suavissimum" (El encargo delicado), repartiendo hojas sueltas, insistiendo en el Apostolado de la oración, escribiendo artículos en el Mensajero del Corazón de Jesús, difundiendo "Detentes" y traduciendo del inglés un libro sobre ejercicios físicos y ejercicios espirituales de San Ignacio. Luego, pasó a ejercitar la docencia y ayudar en el colegio del Externado de San José (el viejo) trabajando con la sección de los pequeños. Fue muy recordado y sus compañeros, en ocasión de una cirugía de la que fue objeto, en broma le apelaron "Don Rua". Fue ordenado sacerdote en julio de 1954, junto con los Padres Luis y Nacho Martínez Arnáiz en Oña, Burgos, España.
Arriba a Panamá con el Equipo Misionero en 1959 y fue asignado al Colegio Javier desde 1960, simultaneando clases con sus compromisos en San Miguelito y el Ingenio. Le acompañé en alguna de sus actividades, de las cuales doy testimonio. Fui testigo de la primera piedra de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y, asimismo, al estar ausente, por orden de Monseñor Marcos McGrath, que entonces era el Obispo Auxiliar de Monseñor Francisco Beckman, me tocó entregar al Equipo de los Padres Norteamericanos de la Arquidiócesis de Chicago, el cuidado pastoral de la incipiente comunidad religiosa de San Miguelito, en las manos del padre Leo Mahon. Luego, Ruano tomó las riendas de la obra de Fe y Alegría que acababa de dejar el P. Carlos Echavarri, y en su tiempo construyó la actual estructura en donde funciona la Escuela de Fe y Alegría, las oficinas y talleres. Hacia 1970 fue sustituido por Julián Lecuona y marchó a Centroamérica.
La última etapa de la vida de nuestro recordado, la desplegó en Costa Rica (CR). Su actividad apostólica la resume el cronista Nicolás Aguilar cuando lo califica "hombre extraordinario, abogaba por las vocaciones; pero especialmente por los jóvenes". Marín Rojas, su cercano colaborador con quien curiosamente, habló por teléfono antes de morir: "Yo estaba en San Carlos (CR) y me llamó para recordarme que éste era un día hermoso y especial (el 10 de agosto), el día del Señor. Estoy preparando el sermón dominical" relató. Tenía 49 años de vida sacerdotal. Dirigía un centro de oración Los Compañeros de Jesús, en Guadalupe (CR), donde difundía la Devoción del Divino Niño. En su autobiografía sobresalen estas frases de despedida: "Dejo a la ciencia todo mi cuerpo, para que aún después de muerto yo siga haciendo el bien con él. La muerte me ronda más de cerca: Gracias a Dios que le puedo cantar: "Acércate más y más, pero mucho más". Y así fue. Pese a todos los pesares, mucha gente consciente lo recuerda agradecida por sus desinteresados esfuerzos en este país.
(ariyan@sinfo.net)
Quiero hacer memoria de un sacerdote jesuita salvadoreño octogenario,Víctor Manuel Ruano Marroquín. Hace algunos días fue sólo rumor, después confusión, unos que sí, otros que no, finalmente vino la confirmación oficial de que había muerto en San José, Costa Rica. ¿Quién se acuerda de él? En el clero, pocos, casi nadie; en la feligresía, un grupito de la Parroquia del Perpetuo Socorro de la Barriada del Ingenio que ha demostrado su agradecimiento recordándolo con un novenario de ecuaristías y su interés por saber más sobre sus últimos momentos, ya que mantenía correspondencia con algunos miembros de la parroquia. Estoy seguro que lo último e inimaginable que pensaría el difunto sacerdote es que sea mi persona la que escriba sobre él. Sirve para indicarnos la suerte que hemos de correr todos irremediablemente. El multifacético sacerdote que se le veía por todos lados colaborando, proyectando películas, difundiendo devociones, y sobre todo como miembro del Equipo Misionero que dirigía el Padre Enrique María Huelín, "desapareció de la mente".
Juntamente con el Padre Carlos Sosa Icaza constituían un "binomio apostólico" en esa época de principios de los "60 que, dadas las coyunturas de entonces, uno, por solicitud de Jerarquía, se internó por la comunidad de Panamá Viejo y Puente del Rey, terminando con el establecimiento del Templo de la Inmaculada Concepción; y el otro, se echó a las espaldas, por ser más joven, la incipiente comunidad de San Miguelito y la de la barriada Domingo Díaz, a intentar hacer algo. Yo, en la vida de tan activo religioso y sacerdote, distingo tres etapas a través de las cuales llegué a conocerlo: antes de Panamá, en Panamá y después de Panamá.
Supe de Ruano, desde tiempos inmemoriables que era un "santo" con minúscula. Penitente, austero y muy fervoroso. Era émulo de San Luis Gonzaga y de los Santos Jóvenes Jesuitas. Acababa de ingresar en junio del "41, al Noviciado de la Provincia de Venezuela, Villa Pignatelli, en los Chorros, Dos Caminos, Petare, Estado Miranda, procedente del Seminario Menor o Escuela Apostólica de Jinotepe, Carazo, Nicaragua, con quien compartió inquietudes vocacionales con Ernesto Cardenal Martínez, Alvaro Oyanguren Cardenal, Ignacio Soriano, Solón de Jesús Guerrero, Carlos Vidales, etc. Esos ecos de santidad y fervor los recibí cuando fui a Nicaragua en 1942.
Logré conocer al personaje en 1947, cuando estudiaba en el Colegio Máximo de Chapinero de Bogotá, donde era famoso por su apostolado de la Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, el "Munus Suavissimum" (El encargo delicado), repartiendo hojas sueltas, insistiendo en el Apostolado de la oración, escribiendo artículos en el Mensajero del Corazón de Jesús, difundiendo "Detentes" y traduciendo del inglés un libro sobre ejercicios físicos y ejercicios espirituales de San Ignacio. Luego, pasó a ejercitar la docencia y ayudar en el colegio del Externado de San José (el viejo) trabajando con la sección de los pequeños. Fue muy recordado y sus compañeros, en ocasión de una cirugía de la que fue objeto, en broma le apelaron "Don Rua". Fue ordenado sacerdote en julio de 1954, junto con los Padres Luis y Nacho Martínez Arnáiz en Oña, Burgos, España.
Arriba a Panamá con el Equipo Misionero en 1959 y fue asignado al Colegio Javier desde 1960, simultaneando clases con sus compromisos en San Miguelito y el Ingenio. Le acompañé en alguna de sus actividades, de las cuales doy testimonio. Fui testigo de la primera piedra de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y, asimismo, al estar ausente, por orden de Monseñor Marcos McGrath, que entonces era el Obispo Auxiliar de Monseñor Francisco Beckman, me tocó entregar al Equipo de los Padres Norteamericanos de la Arquidiócesis de Chicago, el cuidado pastoral de la incipiente comunidad religiosa de San Miguelito, en las manos del padre Leo Mahon. Luego, Ruano tomó las riendas de la obra de Fe y Alegría que acababa de dejar el P. Carlos Echavarri, y en su tiempo construyó la actual estructura en donde funciona la Escuela de Fe y Alegría, las oficinas y talleres. Hacia 1970 fue sustituido por Julián Lecuona y marchó a Centroamérica.
La última etapa de la vida de nuestro recordado, la desplegó en Costa Rica (CR). Su actividad apostólica la resume el cronista Nicolás Aguilar cuando lo califica "hombre extraordinario, abogaba por las vocaciones; pero especialmente por los jóvenes". Marín Rojas, su cercano colaborador con quien curiosamente, habló por teléfono antes de morir: "Yo estaba en San Carlos (CR) y me llamó para recordarme que éste era un día hermoso y especial (el 10 de agosto), el día del Señor. Estoy preparando el sermón dominical" relató. Tenía 49 años de vida sacerdotal. Dirigía un centro de oración Los Compañeros de Jesús, en Guadalupe (CR), donde difundía la Devoción del Divino Niño. En su autobiografía sobresalen estas frases de despedida: "Dejo a la ciencia todo mi cuerpo, para que aún después de muerto yo siga haciendo el bien con él. La muerte me ronda más de cerca: Gracias a Dios que le puedo cantar: "Acércate más y más, pero mucho más". Y así fue. Pese a todos los pesares, mucha gente consciente lo recuerda agradecida por sus desinteresados esfuerzos en este país.
(ariyan@sinfo.net)