Mes de julio y los hijos de Ignacio
Para los jesuitas de todo el mundo, como para los miembros de cualquier orden o congregación religiosa en la fecha de sus respectivos fundadores, el mes del Fundador es el mes en que conmemoramos las raíces e historia de la orden, los jesuitas el mes de julio celebramos a San Ignacio de Loyola. En otros tiempos con gran fanfarria; hoy con discreta modestia, según aquello de que no está la Magdalena para tafetanes.
Este año contamos con el hecho de la ordenación al presbiterado de dos jóvenes panameños que ya recibieron la orden del diaconado, Jaime Parra Sugaste, oriundo de la parroquia de Los Padres Vicentinos de Colón, muy cercano al profético Padre Alan McLellan c. m. Muy activo en distintas tareas en Honduras y El Salvador. El otro, Virgilio Abdiel Suira Sovenis de la altiva provincia (para algunos estado federal) de Chiriquí; pero radicado en el corregimiento de Pedregal de la capital, que salió de los grupos catequéticos de la Nueva Riviera. Su actividad hasta hace poco fue la Parroquia de San Bartolomé, Arcatao, Chalatenango, El Salvador.
Ayer, 19 de julio, recibieron el sacramento del Orden, como presbíteros, de manos de su Excelencia el Señor Arzobispo de la Arquidiócesis de Panamá, Monseñor José Dimas Cedeño Delgado, y fueron presentados por el Provincial de los Jesuitas en la Provincia Centroamericana, el Reverendo José Alberto “Chepe” Idiáquez Guevara y acompañados por el pequeño grupo de jesuitas que hoy trabajan en Panamá. Conjuntamente con estos dos candidatos al presbiterado serán ordenados en otras fechas Héctor Estrella, nicaragüense, en Managua, y el conocido Nachito. Wilhem Ignacio Lange Cruz, quien trabajara durante varios años en el Colegio Javier con gran aceptación de la juventud de su época, será ordenado en la ciudad de Guatemala en fecha posterior.
No es la primera vez que son ordenados al sacerdocio jóvenes panameños (colonenses, santeños, chiricanos, coclesanos) según el nuevo estilo, ya que en el pasado las ordenaciones eran en los teologados en donde se terminaban los estudios. De ahí que algunos fueron ordenados en Oña, Burgos, España; otros en Bogotá, Colombia y, además en St. Marys, Kansas, EE.UU.
Valga la pena recordar hoy a otros jesuitas panameños célebres, cada uno en su género: Nicanor Pastor Ramos Villalobos muy apreciado en distintos círculos y que falleció un 4 de abril de 1981 a la edad de 67 años, 51 de jesuita y 37 de sacerdocio, más bien joven y que indiscutiblemente vivió su sacerdocio con un desprendimiento y una entrega casi inimaginable entre nosotros. De raíces santaneras, ya que salió de la calle 14 oeste del barrio de Santa Ana, de las décadas del ‘20 y ‘30, del arrabal panameño y exalumno de la Escuela Manuel José Hurtado. De una humilde familia de trabajadores. Algunos no dejan de opinar que bien podría figurar entre la lista de varones venerables cuya vida tenían rasgos de verdadera santidad.
Y el otro, el Padre Carlos Alberto Sosa Icaza, fallecido a la edad de 72 años, 56 de religioso y 42 de sacerdote. Sus apellidos lo insertan en la historia panameña. Pariente de todo Panamá. Un personaje muy recordado por lo polifacético y pintoresco que ejerció la docencia en el incoado Colegio Javier y que luego desplegó su apostolado en las comunidades que se fueron creando en torno a Panamá Viejo y Puente del Rey, construyendo el templo de Nuestra Señora de la Asunción. El Padre Carlos murió en San José, Costa Rica, luego de haberse radicado en Las Lajas de la provincia de Chiriquí en donde estuvo muchos años atendiendo Remedios y San Félix, hasta que su salud se deterioró. Pertenece a una familia panameña digna de recordar en este centenario por la peculiaridad de tener tantos miembros consagrados a Dios, con su Hermano Hernando, de las Escuelas Cristianas de San Juan Bautista de la Salle, el Padre Guillermo Sosa, sacerdote secular, que fungió como párroco en San Francisco de la Caleta y en El Chorrillo, y sobre todo en los campos y comunidades de la parroquia San Juan Bautista de Penonomé, y la Hermana Betlehemita, Conchita. Es decir, un hecho inaudito e irrepetible en nuestra descristianizada Panamá.
La comunidad de los Jesuitas no es algo nuevo en Panamá, pues desde 1568 pasaron los primeros jesuitas por Panamá, y según los estudios concienzudos llevados a cabo en nuestros días por el Reverendo Padre Jesús Sariego ha descubierto para la obra que está preparando, que los hijos de Ignacio ejercieron, antes de la expulsión por la Pragmática Sanción (1769) un apostolado intenso y extenso culminando con la participación en la docencia de la Universidad de San Javier.
Entre los jesuitas famosos de esos tiempos, sobresalieron varios panameños, Fernando de Ribera (venerable Hermano Hernando de la Cruz) pintor al que se atribuyen cuadros famosos que se encuentran en la Iglesia de la Compañía en Quito, considerado como un varón santo; el Padre Agustín Hurtado que murió mártir en el Río Marañón, y el Padre Esteban Ferriol por su denodada labor con los indígenas. Escribió diccionarios. Y el Padre Pedro Ignacio Cáceres, teólogo y predicador que trabajó en las misiones del Amazonas, en el Chocó colombiano, en el Río Marañón durante 20 años. Y el Padre Pedro Troyano que fue Procurador de las misiones de los jesuitas en el Amazonas hasta la expulsión.
Si de 1568 al 1769, en 189 años hubo 36 panameños jesuitas y perseveraron 25, en el 2003 a partir de Monseñor Junguito, en 103 años, somos 15. En este mes de julio, fecha del Santo Fundador, San Ignacio de Loyola que coincide con el final del curso de Europa, ocurren las ordenaciones al sacerdocio, son fechas de mucha esperanza y de optimismo; ya que aunque los tiempos no son tan florecientes como los de antes, en medio de todo se siente la gracia y el coraje de los que la aceptaron y quieren seguir llevando el estandarte de Cristo, Rey temporal y eternal siempre adelante.
Este año contamos con el hecho de la ordenación al presbiterado de dos jóvenes panameños que ya recibieron la orden del diaconado, Jaime Parra Sugaste, oriundo de la parroquia de Los Padres Vicentinos de Colón, muy cercano al profético Padre Alan McLellan c. m. Muy activo en distintas tareas en Honduras y El Salvador. El otro, Virgilio Abdiel Suira Sovenis de la altiva provincia (para algunos estado federal) de Chiriquí; pero radicado en el corregimiento de Pedregal de la capital, que salió de los grupos catequéticos de la Nueva Riviera. Su actividad hasta hace poco fue la Parroquia de San Bartolomé, Arcatao, Chalatenango, El Salvador.
Ayer, 19 de julio, recibieron el sacramento del Orden, como presbíteros, de manos de su Excelencia el Señor Arzobispo de la Arquidiócesis de Panamá, Monseñor José Dimas Cedeño Delgado, y fueron presentados por el Provincial de los Jesuitas en la Provincia Centroamericana, el Reverendo José Alberto “Chepe” Idiáquez Guevara y acompañados por el pequeño grupo de jesuitas que hoy trabajan en Panamá. Conjuntamente con estos dos candidatos al presbiterado serán ordenados en otras fechas Héctor Estrella, nicaragüense, en Managua, y el conocido Nachito. Wilhem Ignacio Lange Cruz, quien trabajara durante varios años en el Colegio Javier con gran aceptación de la juventud de su época, será ordenado en la ciudad de Guatemala en fecha posterior.
No es la primera vez que son ordenados al sacerdocio jóvenes panameños (colonenses, santeños, chiricanos, coclesanos) según el nuevo estilo, ya que en el pasado las ordenaciones eran en los teologados en donde se terminaban los estudios. De ahí que algunos fueron ordenados en Oña, Burgos, España; otros en Bogotá, Colombia y, además en St. Marys, Kansas, EE.UU.
Valga la pena recordar hoy a otros jesuitas panameños célebres, cada uno en su género: Nicanor Pastor Ramos Villalobos muy apreciado en distintos círculos y que falleció un 4 de abril de 1981 a la edad de 67 años, 51 de jesuita y 37 de sacerdocio, más bien joven y que indiscutiblemente vivió su sacerdocio con un desprendimiento y una entrega casi inimaginable entre nosotros. De raíces santaneras, ya que salió de la calle 14 oeste del barrio de Santa Ana, de las décadas del ‘20 y ‘30, del arrabal panameño y exalumno de la Escuela Manuel José Hurtado. De una humilde familia de trabajadores. Algunos no dejan de opinar que bien podría figurar entre la lista de varones venerables cuya vida tenían rasgos de verdadera santidad.
Y el otro, el Padre Carlos Alberto Sosa Icaza, fallecido a la edad de 72 años, 56 de religioso y 42 de sacerdote. Sus apellidos lo insertan en la historia panameña. Pariente de todo Panamá. Un personaje muy recordado por lo polifacético y pintoresco que ejerció la docencia en el incoado Colegio Javier y que luego desplegó su apostolado en las comunidades que se fueron creando en torno a Panamá Viejo y Puente del Rey, construyendo el templo de Nuestra Señora de la Asunción. El Padre Carlos murió en San José, Costa Rica, luego de haberse radicado en Las Lajas de la provincia de Chiriquí en donde estuvo muchos años atendiendo Remedios y San Félix, hasta que su salud se deterioró. Pertenece a una familia panameña digna de recordar en este centenario por la peculiaridad de tener tantos miembros consagrados a Dios, con su Hermano Hernando, de las Escuelas Cristianas de San Juan Bautista de la Salle, el Padre Guillermo Sosa, sacerdote secular, que fungió como párroco en San Francisco de la Caleta y en El Chorrillo, y sobre todo en los campos y comunidades de la parroquia San Juan Bautista de Penonomé, y la Hermana Betlehemita, Conchita. Es decir, un hecho inaudito e irrepetible en nuestra descristianizada Panamá.
La comunidad de los Jesuitas no es algo nuevo en Panamá, pues desde 1568 pasaron los primeros jesuitas por Panamá, y según los estudios concienzudos llevados a cabo en nuestros días por el Reverendo Padre Jesús Sariego ha descubierto para la obra que está preparando, que los hijos de Ignacio ejercieron, antes de la expulsión por la Pragmática Sanción (1769) un apostolado intenso y extenso culminando con la participación en la docencia de la Universidad de San Javier.
Entre los jesuitas famosos de esos tiempos, sobresalieron varios panameños, Fernando de Ribera (venerable Hermano Hernando de la Cruz) pintor al que se atribuyen cuadros famosos que se encuentran en la Iglesia de la Compañía en Quito, considerado como un varón santo; el Padre Agustín Hurtado que murió mártir en el Río Marañón, y el Padre Esteban Ferriol por su denodada labor con los indígenas. Escribió diccionarios. Y el Padre Pedro Ignacio Cáceres, teólogo y predicador que trabajó en las misiones del Amazonas, en el Chocó colombiano, en el Río Marañón durante 20 años. Y el Padre Pedro Troyano que fue Procurador de las misiones de los jesuitas en el Amazonas hasta la expulsión.
Si de 1568 al 1769, en 189 años hubo 36 panameños jesuitas y perseveraron 25, en el 2003 a partir de Monseñor Junguito, en 103 años, somos 15. En este mes de julio, fecha del Santo Fundador, San Ignacio de Loyola que coincide con el final del curso de Europa, ocurren las ordenaciones al sacerdocio, son fechas de mucha esperanza y de optimismo; ya que aunque los tiempos no son tan florecientes como los de antes, en medio de todo se siente la gracia y el coraje de los que la aceptaron y quieren seguir llevando el estandarte de Cristo, Rey temporal y eternal siempre adelante.