México, los frutos del libre comercio
Una manera de ver si los tratados de libre comercio son buenos o no es cómo les ha ido a quienes los tienen. Chile, sabemos, atribuye su condición de mejor país de Latinoamérica -que no perfecto- a que abrió su mercado. Primero lo hizo unilateralmente, en forma casi brutal, durante los tiempos de Pinochet, para controlar la inflación y obligar a sus productores a ser más eficientes o a perecer, al tiempo que implantó una revolución en su educación, cuya meta fue igualar la calidad de la enseñanza pública a la privada. Después, en democracia, siguió el proceso de apertura a través de tratados de libre comercio. Acaba de cerrar otro con China, lo cual le abre un mercado de 1,300 millones de almas. Sus agricultores y mineros están saltando en un solo pie. China puede absorber toda la producción de Chile, sin sentirlo siquiera.
México es otro caso. Su presidente, Vicente Fox, acaba de proclamar que su país se ha convertido en la séptima economía mundial, lo cual atribuye a los acuerdos de libre comercio que harán que alcance para fin de año compras y ventas por $400 mil millones, mientras que sus reservas en monedas duras ascenderán a $65 mil millones, a la par de la deuda externa.
En parecidos términos habló hace unos meses en Atlapa el presidente de Chile, Ricardo Lagos, al atribuir al libre comercio y a la exportación, los enormes avances de su país. "En verdad, el primer producto de exportación de Chile fueron sus escritores y poetas", al tiempo que aludía al triunfo de los deportistas panameños en el mercado extranjero. En cierto sentido, es la misma historia del reciente milagro de Irlanda, un país que como el nuestro tiene 3 millones de habitantes, amantes del buen comer y beber, trabajando al mínimo, viviendo con el mar pero sin vocación marítima, con mercado cerrado, sin industrias; que de repente da un salto hacia la apertura y está volando gracias a sus bajos impuestos y su economía de servicios. Panamá tiene, como la Irlanda de hoy, un bastión en su economía de servicios, aunque el actual Gobierno esté haciendo de todo para destruirla.
Una economía cerrada, sobre todo cuando es pequeña, como la nuestra, no invita a la inversión extranjera, ni es estímulo para el crecimiento y la creación de más riqueza, prosperidad y empleos. Los países pequeños no debiéramos descansar hasta hacer del mundo nuestro mercado.
México es otro caso. Su presidente, Vicente Fox, acaba de proclamar que su país se ha convertido en la séptima economía mundial, lo cual atribuye a los acuerdos de libre comercio que harán que alcance para fin de año compras y ventas por $400 mil millones, mientras que sus reservas en monedas duras ascenderán a $65 mil millones, a la par de la deuda externa.
En parecidos términos habló hace unos meses en Atlapa el presidente de Chile, Ricardo Lagos, al atribuir al libre comercio y a la exportación, los enormes avances de su país. "En verdad, el primer producto de exportación de Chile fueron sus escritores y poetas", al tiempo que aludía al triunfo de los deportistas panameños en el mercado extranjero. En cierto sentido, es la misma historia del reciente milagro de Irlanda, un país que como el nuestro tiene 3 millones de habitantes, amantes del buen comer y beber, trabajando al mínimo, viviendo con el mar pero sin vocación marítima, con mercado cerrado, sin industrias; que de repente da un salto hacia la apertura y está volando gracias a sus bajos impuestos y su economía de servicios. Panamá tiene, como la Irlanda de hoy, un bastión en su economía de servicios, aunque el actual Gobierno esté haciendo de todo para destruirla.
Una economía cerrada, sobre todo cuando es pequeña, como la nuestra, no invita a la inversión extranjera, ni es estímulo para el crecimiento y la creación de más riqueza, prosperidad y empleos. Los países pequeños no debiéramos descansar hasta hacer del mundo nuestro mercado.