Mi agenda legislativa
La Asamblea Legislativa viene peleándose, desde hace bastante tiempo, el último lugar de la estimación ciudadana. Son varios los factores que han dado lugar a esa nada honrosa distinción.
Sin embargo, el Organo Legislativo debiera ser el primero en importancia, dada su constitución, más representativa que la de los otros órganos del Estado y porque de él emanan las leyes que regulan, no sólo el funcionamiento de la administración pública sino a toda la nación.
Creo que la pobre imagen de nuestra Asamblea Legislativa obedece a varias razones, entre las que destacaré las siguientes:
Primera: La percepción ciudadana, justificada por cierto, de que el Organo Legislativo ha renunciado a su independencia, para convertirse en un apéndice del Ejecutivo.
Desde luego, la mayor responsabilidad en ese sentido le cabe a la bancada gobiernista mayoritaria, que en su afán de complacer al Ejecutivo se ha convertido en una aplanadora sumisa, pero no hay que olvidar que una muy buena parte de responsabilidad también la tienen los legisladores de la oposición, quienes en demasiadas ocasiones y frente a votaciones importantes han brillado por su ausencia, dejándole el campo libre a la mayoría gobiernista.
Segunda: La práctica de una conducta orientada al localismo que desconoce la función esencial del Organo Legislativo de representar a la nación y de legislar para la república. Esa mentalidad de representación "circuital" ha rebajado la imagen de los legisladores. Muchos de ellos han antepuesto a su principal responsabilidad, que es la de legislar, la preocupación por las famosas partidas circuitales, convirtiéndose en una versión aumentada del Representante de Corregimiento y, lo que es peor, disputándole sus competencias.
Tercera: La pobre calidad del debate parlamentario. En verdad hay muy poco debate y cuando éste se produce su nivel, en algunos momentos, raya en lo patético.
Y si a esto se suma la malhadada práctica de convertir en rutina la concesión de facultades extraordinarias al Organo Ejecutivo, para que sea éste el que legisle, en ocasiones hasta cuando la Asamblea está en sesiones, es muy justificada la percepción ciudadana de que hay mucha vagancia y bastante irresponsabilidad en el Organo Legislativo.
Para corregir los aspectos mencionados, propongo:
Primero: Que los nuevos miembros de la Asamblea, espero ser uno de ellos, asuman el compromiso claro de ser independientes y poner por encima de los intereses sectarios el interés nacional. El deber principal de los legisladores es legislar, ante todo y sobre todo, pensando en el país.
Segundo: Que los nuevos legisladores renuncien al enfoque localista. Y para comenzar debe cambiarse la concepción de las famosas partidas circuitales, que han terminado por ser casi que un patrimonio de libre disposición de los legisladores.
No comparto ese criterio. Pienso que no deben existir asignaciones individualizadas, sino que los dineros del Presupuesto deben adjudicarse con criterios más amplios. Los legisladores no deben ser agencias de ejecución de obras.
Tercero: Que se acabe con la malsana práctica de las facultades extraordinarias. Estas están establecidas en la Constitución Nacional y, por tanto, mientras no se reforme la Carta Magna existe la posibilidad de que se concedan. Pero la Asamblea puede abstenerse de conceder facultades extraordinarias o sólo hacerlo en circunstancias verdaderamente excepcionales, en forma reglamentada y precisa y para que sean ejercidas sólo durante los recesos del Organo Legislativo.
Además, la Asamblea debe cumplir con su obligación constitucional de legislar, sin excepción alguna, sobre las materias objeto de los decretos - leyes en el periodo de sesiones inmediatamente siguiente.
Mi agenda legislativa no se agota en estos aspectos. He comenzado por ellos, a manera de introducción; en próximos artículos y en mis programas radiales abordaré otros y comentaré algunas propuestas de leyes específicas.
Sin embargo, el Organo Legislativo debiera ser el primero en importancia, dada su constitución, más representativa que la de los otros órganos del Estado y porque de él emanan las leyes que regulan, no sólo el funcionamiento de la administración pública sino a toda la nación.
Creo que la pobre imagen de nuestra Asamblea Legislativa obedece a varias razones, entre las que destacaré las siguientes:
Primera: La percepción ciudadana, justificada por cierto, de que el Organo Legislativo ha renunciado a su independencia, para convertirse en un apéndice del Ejecutivo.
Desde luego, la mayor responsabilidad en ese sentido le cabe a la bancada gobiernista mayoritaria, que en su afán de complacer al Ejecutivo se ha convertido en una aplanadora sumisa, pero no hay que olvidar que una muy buena parte de responsabilidad también la tienen los legisladores de la oposición, quienes en demasiadas ocasiones y frente a votaciones importantes han brillado por su ausencia, dejándole el campo libre a la mayoría gobiernista.
Segunda: La práctica de una conducta orientada al localismo que desconoce la función esencial del Organo Legislativo de representar a la nación y de legislar para la república. Esa mentalidad de representación "circuital" ha rebajado la imagen de los legisladores. Muchos de ellos han antepuesto a su principal responsabilidad, que es la de legislar, la preocupación por las famosas partidas circuitales, convirtiéndose en una versión aumentada del Representante de Corregimiento y, lo que es peor, disputándole sus competencias.
Tercera: La pobre calidad del debate parlamentario. En verdad hay muy poco debate y cuando éste se produce su nivel, en algunos momentos, raya en lo patético.
Y si a esto se suma la malhadada práctica de convertir en rutina la concesión de facultades extraordinarias al Organo Ejecutivo, para que sea éste el que legisle, en ocasiones hasta cuando la Asamblea está en sesiones, es muy justificada la percepción ciudadana de que hay mucha vagancia y bastante irresponsabilidad en el Organo Legislativo.
Para corregir los aspectos mencionados, propongo:
Primero: Que los nuevos miembros de la Asamblea, espero ser uno de ellos, asuman el compromiso claro de ser independientes y poner por encima de los intereses sectarios el interés nacional. El deber principal de los legisladores es legislar, ante todo y sobre todo, pensando en el país.
Segundo: Que los nuevos legisladores renuncien al enfoque localista. Y para comenzar debe cambiarse la concepción de las famosas partidas circuitales, que han terminado por ser casi que un patrimonio de libre disposición de los legisladores.
No comparto ese criterio. Pienso que no deben existir asignaciones individualizadas, sino que los dineros del Presupuesto deben adjudicarse con criterios más amplios. Los legisladores no deben ser agencias de ejecución de obras.
Tercero: Que se acabe con la malsana práctica de las facultades extraordinarias. Estas están establecidas en la Constitución Nacional y, por tanto, mientras no se reforme la Carta Magna existe la posibilidad de que se concedan. Pero la Asamblea puede abstenerse de conceder facultades extraordinarias o sólo hacerlo en circunstancias verdaderamente excepcionales, en forma reglamentada y precisa y para que sean ejercidas sólo durante los recesos del Organo Legislativo.
Además, la Asamblea debe cumplir con su obligación constitucional de legislar, sin excepción alguna, sobre las materias objeto de los decretos - leyes en el periodo de sesiones inmediatamente siguiente.
Mi agenda legislativa no se agota en estos aspectos. He comenzado por ellos, a manera de introducción; en próximos artículos y en mis programas radiales abordaré otros y comentaré algunas propuestas de leyes específicas.