A mi amigo César Pereira Burgos
LE DEDICO MI columna al amigo ido, al consejero oportuno, al intelectual forjado y profundo, al conversador incansable, al gran gozador de la vida y viajero del mundo, al pionero de la abogacía panameña en Europa; en fin, al amigo César, quien me distinguió con su amistad sincera y desinteresada por más de veinte años, los cuales, si les sumamos la intensidad de los mismos y los motivos que la fueron consolidando, no puedo menos que coincidir con José Ingenieros, cuando dijo que "en los caracteres leales la amistad dura tanto como los méritos que la inspiran".
Lo conocí cuando luchábamos contra la dictadura militar. El con más años que yo en el frente de lucha, como muchos otros con quienes he compartido trincheras. Su renombre como abogado y romanista era, por supuesto, objeto de referencias obligadas. Por circunstancias propias de la época, lo comencé a tratar casi en paralelo con Joaquín Fernando Franco y Julio Harris. Curiosamente hoy, idos los tres, los ubico en grados de amistades distintas, aunque en extremo especial y en paralelo. A Joaquín, el amigo personal y cercano, mentor de muchas cosas, estratega y visionario hasta el final; a Julio, el consejero personal y político, siempre con una palabra de recomendación para mi andar político, en el que me acompañó incondicionalmente; pero César, sinceramente lo digo y lo sabía, a pesar de compartir todas las otras características de esa trilogía liberal, la proximidad y el cariño que le dispensa uno al padre, fue una característica especial. Fue el último de los tres en irse, eso también contribuyó. Eran, junto a Arnulfo Escalona Ríos, ¡cuatro mosqueteros del carajo!
Me tocó ser su jefe en la Cancillería y su colega en el Gabinete. Esos miércoles de gabinete, sobretodo cuando el almuerzo era sopa de pata, y traía su picante de la finca, eran memorables, así como las tertulias varias y muy mojadas con buen vino en el Balear o en su casa, en Panamá o en Ocú, al compás de sonoras óperas, de sentidos boleros al piano o de tambores ocueños. Tuve la inigualable oportunidad de viajar con él, siendo a mi juicio uno de los mejores compañeros de viaje que recuerdo. Imperturbable. Nos tocó viajar a Africa en 1991 a la primera Reunión de Cancilleres de los No Alineados luego del fin de la guerra fría. Armar mi discurso ese día invocando la transformación del movimiento fue toda una osadía. Convencerlo del propósito, otra. Siempre recordamos ese viaje, cruzamos el Sahara tres veces en menos de 24 horas, encontramos a un gran pianista que tomaba anís del mono. Todas las noches por 10 días nos juntábamos con él a tomar Bailys -nosotros- y a escuchar buen jazz; nada con hielo era permitido para evitar una fiebre amarilla o malaria; comimos barracuda entomatada por primera vez y un frío Tío Pepe en casa del Embajador Español en Ghana, de apellido Alonso, el cual significó, por unos instantes, el acariciar el primer mundo desde el Golfo de Guinea, saboreando un sabroso mero que le volaban de Marruecos cada 15 días.
Otra vez, en Grecia, luego de la elección de la OEA en Washington. Entramos a una taberna en medio de una boda, griega por supuesto. No nos habíamos sentado y la novia ajena caía en mis brazos, producto de un tropezón en medio del sirtaki. Lo escribió una vez en uno de sus largos y profundos artículos de periódico dedicado, no se por qué, a la fiesta taurina, en tiempos de intentos de reelección. Además, buen caballista, tanto, que me regaló un caballo que casi me mata, pero orgulloso hasta el final de sus paso finos.
Hombre de izquierda democrática, que conoció Europa, como su casa, luego de vivirla por más de 40 años, convencido de su verdad e implacable e irreverente en la defensa de sus principios y consideraciones. Su designación en la Corte lo aplacó de la política, pero la comentaba y vivía a distancia en su mesa del Balear junto a Chivo Ortiz, los de la mesa del jueves y los hermanos del Loop que a menudo compartimos con él vino, trago, piano y remembranzas, cada quien desde su palco. Estoy seguro que la mesa de los jueves y la nuestra de los viernes, le designaremos una silla permanente a su memoria, antes de que el amigo Catalán y casi su hijo, termine de vender la casa, donde ciertamente, hemos vivido mucho.
Su salida de la Corte fue una burla al sistema, como tantas otras perpetradas por la patria nueva. La peleó con la Constitución en la mano, en un país en donde poco valor se le da a esas cosas. En confianza me comentó pormenores, desafortunados todos, viniendo de quien venían. De allí en adelante, inició a mi juicio su tránsito hacia el final. Lamenté no saber de su enfermedad repentina. El mail de Miguel Antonio lo leí hoy cuando ya era historia. Pero es mejor así. El recuerdo y los buenos tiempos, jamás la última impresión.
Quedan sus obras, sus anécdotas, sus libros, sus fallos y salvamentos. Estaba por terminar una obra sobre la vida de Belisario Porras que espero la haya concluido porque la sentía cada vez que la mencionaba. En fin, el buen sabor que deja quien profesa con el ejemplo la amplitud de la vida sencilla, pero bien vivida, al margen por completo de los aduladores de ocasión.
Me convenzo, una vez más, que hay que vivir la vida todos los días. Los planes, para los que queremos y nos siguen como descendencia. Creo, como Aristóteles que "sin amigos nadie escogería vivir, aunque tuviese todos los bienes restantes"; lo creo así, hoy y siempre, con el gran significado que esta última palabra tiene para mi vida. Fue un privilegio ser tu amigo.
En Japón no se observan desperdicios en las calles porque sus ciudadanos siguen un estricto control de los desechos.
Mientras, algunos especialistas y autoridades coinciden en que nuestro país todavía no se ha tomado conciencia por lo que muchas personas continúan depositando basura en los ríos, quebras y playas.
Lo conocí cuando luchábamos contra la dictadura militar. El con más años que yo en el frente de lucha, como muchos otros con quienes he compartido trincheras. Su renombre como abogado y romanista era, por supuesto, objeto de referencias obligadas. Por circunstancias propias de la época, lo comencé a tratar casi en paralelo con Joaquín Fernando Franco y Julio Harris. Curiosamente hoy, idos los tres, los ubico en grados de amistades distintas, aunque en extremo especial y en paralelo. A Joaquín, el amigo personal y cercano, mentor de muchas cosas, estratega y visionario hasta el final; a Julio, el consejero personal y político, siempre con una palabra de recomendación para mi andar político, en el que me acompañó incondicionalmente; pero César, sinceramente lo digo y lo sabía, a pesar de compartir todas las otras características de esa trilogía liberal, la proximidad y el cariño que le dispensa uno al padre, fue una característica especial. Fue el último de los tres en irse, eso también contribuyó. Eran, junto a Arnulfo Escalona Ríos, ¡cuatro mosqueteros del carajo!
Me tocó ser su jefe en la Cancillería y su colega en el Gabinete. Esos miércoles de gabinete, sobretodo cuando el almuerzo era sopa de pata, y traía su picante de la finca, eran memorables, así como las tertulias varias y muy mojadas con buen vino en el Balear o en su casa, en Panamá o en Ocú, al compás de sonoras óperas, de sentidos boleros al piano o de tambores ocueños. Tuve la inigualable oportunidad de viajar con él, siendo a mi juicio uno de los mejores compañeros de viaje que recuerdo. Imperturbable. Nos tocó viajar a Africa en 1991 a la primera Reunión de Cancilleres de los No Alineados luego del fin de la guerra fría. Armar mi discurso ese día invocando la transformación del movimiento fue toda una osadía. Convencerlo del propósito, otra. Siempre recordamos ese viaje, cruzamos el Sahara tres veces en menos de 24 horas, encontramos a un gran pianista que tomaba anís del mono. Todas las noches por 10 días nos juntábamos con él a tomar Bailys -nosotros- y a escuchar buen jazz; nada con hielo era permitido para evitar una fiebre amarilla o malaria; comimos barracuda entomatada por primera vez y un frío Tío Pepe en casa del Embajador Español en Ghana, de apellido Alonso, el cual significó, por unos instantes, el acariciar el primer mundo desde el Golfo de Guinea, saboreando un sabroso mero que le volaban de Marruecos cada 15 días.
Otra vez, en Grecia, luego de la elección de la OEA en Washington. Entramos a una taberna en medio de una boda, griega por supuesto. No nos habíamos sentado y la novia ajena caía en mis brazos, producto de un tropezón en medio del sirtaki. Lo escribió una vez en uno de sus largos y profundos artículos de periódico dedicado, no se por qué, a la fiesta taurina, en tiempos de intentos de reelección. Además, buen caballista, tanto, que me regaló un caballo que casi me mata, pero orgulloso hasta el final de sus paso finos.
Hombre de izquierda democrática, que conoció Europa, como su casa, luego de vivirla por más de 40 años, convencido de su verdad e implacable e irreverente en la defensa de sus principios y consideraciones. Su designación en la Corte lo aplacó de la política, pero la comentaba y vivía a distancia en su mesa del Balear junto a Chivo Ortiz, los de la mesa del jueves y los hermanos del Loop que a menudo compartimos con él vino, trago, piano y remembranzas, cada quien desde su palco. Estoy seguro que la mesa de los jueves y la nuestra de los viernes, le designaremos una silla permanente a su memoria, antes de que el amigo Catalán y casi su hijo, termine de vender la casa, donde ciertamente, hemos vivido mucho.
Su salida de la Corte fue una burla al sistema, como tantas otras perpetradas por la patria nueva. La peleó con la Constitución en la mano, en un país en donde poco valor se le da a esas cosas. En confianza me comentó pormenores, desafortunados todos, viniendo de quien venían. De allí en adelante, inició a mi juicio su tránsito hacia el final. Lamenté no saber de su enfermedad repentina. El mail de Miguel Antonio lo leí hoy cuando ya era historia. Pero es mejor así. El recuerdo y los buenos tiempos, jamás la última impresión.
Quedan sus obras, sus anécdotas, sus libros, sus fallos y salvamentos. Estaba por terminar una obra sobre la vida de Belisario Porras que espero la haya concluido porque la sentía cada vez que la mencionaba. En fin, el buen sabor que deja quien profesa con el ejemplo la amplitud de la vida sencilla, pero bien vivida, al margen por completo de los aduladores de ocasión.
Me convenzo, una vez más, que hay que vivir la vida todos los días. Los planes, para los que queremos y nos siguen como descendencia. Creo, como Aristóteles que "sin amigos nadie escogería vivir, aunque tuviese todos los bienes restantes"; lo creo así, hoy y siempre, con el gran significado que esta última palabra tiene para mi vida. Fue un privilegio ser tu amigo.
En Japón no se observan desperdicios en las calles porque sus ciudadanos siguen un estricto control de los desechos.
Mientras, algunos especialistas y autoridades coinciden en que nuestro país todavía no se ha tomado conciencia por lo que muchas personas continúan depositando basura en los ríos, quebras y playas.
En lo que corresponde al área revertida, los trabajos se realizan con la ACP, que está desarrollando una colectora desde Paraíso hasta Amador.
El primer proyecto que se realiza con el financiamiento del BID suma B/.50 millones.
Se ha advertido que cuando cambie el sistema de alcantarillado, los panameños tendrán que asumir parte del costo.