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"Mi cirujano de guerra"


Me refiero al doctor Joaquín Vallarino M., uno de los últimos "señores" que me han inspirado y conducido en la vida con su ejemplo moral, profesional y cívico. Pareciera que ya se están acabando los hombres de la talla humana y espiritual del admirable Dr. Vallarino, a quien comparo y elevo al nivel radiante de mi inolvidable pariente, el Dr. Gustavo Méndez Pereira.
Fue, precisamente, el Dr. Méndez Pereira con su regalo de un valioso libro titulado "Cirugía de Guerra", motivado por mi inclinación que él juzgaba como auténtica vocación hacia la medicina; quien llamara mi atención hacia su colega, el Dr. Vallarino. Para mí, la palabra del querido Dr. Méndez era muy autorizada y su concepto del Dr. Vallarino siempre fue elevado. Desde esa vez, comencé a cotejar y a calibrar a los médicos: tenían que ser como el tío Gustavo, sino lo eran no debían ser, a mi parecer, buenos médicos. Cuando comparé al Dr. Vallarino con mi pariente, me congratulé de haber encontrado a un émulo suyo... y me sentí feliz de que aún hubiese humanistas de oro puro.
Como el Dr. Méndez, el Dr. Vallarino afirmaba que "no hay enfermedades, lo que hay son enfermos". Por eso, como su colega, el Dr. Vallarino sabía auscultar a su paciente. En su libro titulado "Semiología o el Arte de la Auscultación", el Dr. Méndez pudo haber mencionado al Dr. Vallarino como un vivo ejemplo del médico practicante de la semiótica. Con sus 54 años de ejercer la medicina, el Dr. Vallarino sólo tenía que mirar a su paciente y con únicamente unas preguntas y el tanteo auscultativo, podía detectar los signos de las enfermedades... ¡fueren éstas de la índole que fueran!.
Pude constatar la calidad profesional, cívica y moral de "Mi cirujano de guerra", mediante dos experiencias contundentes: La primera, con un sinnúmero de sus pacientes y la segunda, conmigo mismo cuando tuve la fortuna de ser su paciente, también. Y digo "fortuna" porque fue un privilegio estar frente al formidable galeno en la práctica de su vocación que tanto mérito y prestigio le ganó en su fecunda vida útil.
Me había infectado el dedo pulgar de la mano izquierda. Se había hinchado y comenzaba a recoger pus. En casa, mi familia y mis sobrinos jóvenes, me señalaron enseguida que debía ir a ver al Dr. Vallarino. No me dijeron que debía ir a ver a un especialista o que fuera a un hospital: me indicaron decididamente que fuera a ver al Dr.Vallarino, porque ellos habían sufrido infecciones semejantes y el confiable Dr. Vallarino los había curado rápidamente. Uno de ellos me llevó y no me sorprendió que el consultorio estuviese lleno y que no había que hacer cita porque el doctor nos atendía a medida que íbamos llegando. Había personas que de todas las edades. Muchos niños y bebés, hombres y mujeres de mayor edad y adolescentes, jóvenes y hasta mujeres encintas. Me recibió, miró el dedo y sin pestañear, tomó un bisturí y con impresionante pulso casi firme, me hizo tres cortes, drenó el dedo, me puso un par de inyecciones y me pidió que volviera. Cuando lo hice, pareció no estar conforme con el progreso de la cura y me ordenó un cultivo en un laboratorio para conocer el germen que infectaba. De ahí en adelante, sólo fue cuestión de tiempo. Durante esos días de seguimiento de la cura, estrechamos más la confianza y admiración que me inspiraba y... volví en una circunstancia distinta, a recobrar la fe en los hombres y mujeres porque... la estaba perdiendo. Cuando vi cómo me curaba y con la seguridad y autoridad con lo que lo hacía, no pude contener decirle con profundo respeto y sincera alegría: "Usted puede ser un milagroso cirujano de guerra, porque ha sido el primero en dejarme imaginar cómo la harían esos heroicos colegas suyos en mitad del fragor de las batallas".
Mi dedo ha sanado y no tenía que haberme quedado una pequeña y casi inadvertida cicatriz para que ya no olvide a mi querido cirujano de guerra y conserve en mi recuerdo su plácido y jovial rostro honesto y hombre de bien, y consciente de su deber y amor al prójimo. Si no, que lo digan los miles de pacientes que se beneficiaron con sus conocimientos y experiencias. Que lo digan los que sufrieron infecciones y alergias, gripes y catarros, molestias en los ojos y en las coyunturas, dolores de todo tipo y hasta depresiones anímicas. Era el médico para todo y para todos. El amigo que con sólo verlo ya nos sentíamos mejor y no nos importaba si nos volvía a doler algo si con eso regresábamos para verlo y estrecharle la mano. Esto se lo confesaba a su hijo, Ramón Vallarino, mi amigo; a su fiel secretaria por más de 35 años, Rita Chepote y a todos con los que tuviera oportunidad de comentar al Dr. Joaquín Vallarino, porque su sobresaliente personalidad nos motivaba a hablar de él y de sus curaciones.
Ahora, el Dr. Vallarino no está más, pero nos ha legado, como mi irremplazable Gustavo Méndez Pereira, el retrato cabal de cómo deben ser los médicos, para que cuando tengamos necesidad de acudir a uno de ellos, podamos saber si son auténticos discípulos de Hipócrates cuando los miremos a los ojos y trasluzca en ellos la generosa sabiduría espontánea del inolvidable Dr. Joaquín Vallarino M.

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