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Mi primo Rafael


La noticia de su muerte súbita e inesperada me tomó por sorpresa y me dejó anonadado, porque en ningún momento sospeché siquiera de su inminente partida hacia lo ignoto, dado que nada en su semblante o aspecto físico presagiaba tan doloroso desenlace.
Hacía apenas unas semanas habíamos regresado juntos de La Concepción hasta la capital, luego de asistir al sepelio de una tía, cuyo trayecto en su automóvil aprovechamos para recordar los tiempos de nuestra niñez, que compartimos en esa población chiricana, así como los de nuestra adolescencia cuando formamos parte al mismo tiempo del alumnado del Instituto Nacional durante varios años, siendo ésta la última oportunidad que tuvimos de revivir estas experiencias, para ambos inolvidables. He tenido entonces que dejar pasar el tiempo para, repuesto en parte de la infausta noticia, poder hilvanar estas breves líneas como un homenaje personal a su memoria.
Rafa, como lo conocíamos en la familia, así como sus amigos más íntimos, fue como un hermano para mí, ya que siempre nos tratamos como tales. Su recia personalidad, ajena a dobleces y mezquindades, hizo de él una persona querida y estimada por todos aquellos que tuvieron la oportunidad de tratarlo de cerca. En el ejercicio de su profesión de abogado litigante supo sortear, con marcado éxito, los obstáculos que se le presentaron hacia el logro de su superación personal. Su indeclinable honestidad sumada a su vasta experiencia, lo llevaron a ocupar la posición cimera de Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, en la que su imparcialidad a toda prueba sentó cátedra con sus salvamentos de voto, cuando su conciencia no le permitía sumarse a la mayoría del pleno.
Si hubiera que distinguir a un compatriota como ejemplo del calificativo de incorruptible ese debería ser mi primo Rafael, opinión con la cual estarían de acuerdo la mayoría de los que lo trataron en vida como colegas, clientes o simples ciudadanos.
Su desaparición física constituye una irreparable pérdida para nuestro país, habida cuenta que la misma disminuye el ya reducido número de panameños que, sin estridencias, pero con un verdadero sentido de Patria, trabajan como él lo hizo con el único objetivo en mente de producir los cambios necesarios en el conglomerado social, en defensa de sus miembros más débiles e indefensos. Y es que fue, a todas luces, un comprometido luchador por la reivindicación de la clase trabajadora, a la que apoyó incondicionalmente, aún a expensas de su sacrificio personal.
Estoy seguro que su muerte ha sido igualmente lamentada por sus adversarios ideológicos, porque supo en todo momento luchar y defender con hidalguía sus principios e ideas socialistas, pero con el debido respeto al contendor de turno.
En el período que le tocó vivir, en el cual no pocos corruptos aparentan poseer las virtudes de Catón, Rafael A. González sí puede, con justificada razón, ser catalogado como ejemplo de ellas para las futuras generaciones. Son hombres como mi primo Rafael los que merecen que el Estado preserve su memoria, y les haga justicia a sus relevantes actuaciones públicas.
Estoy seguro que si existe, como lo creo en mi condición de cristiano, un lugar después de la muerte física al que van a parar las almas nobles y buenas, en él se encontrará Rafael A. González gozando de la bondad divina, y desde el más allá velando por la suerte futura de su querido Panamá.
Su recuerdo se mantendrá incólume a través del tiempo entre los que han hecho del amor a la Patria, a la verdad, a la justicia y a la equidad un altar permanente.

101 años de Panamá América

 
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