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A mi "Villa Heroica"


Cuando los pueblos pretendan alcanzar una verdadera independencia e izar el pabellón sin manchas, los gritos de Ipiranga, de Dolores, de Yara y de mi villa heroica, la Heroica Villa de los Santos, serán las voces principales que darán fuerza espiritual a cualquiera de los movimientos que tengan la decisión inquebrantable de esos pueblos que han venido esperando pacientemente reconocimiento y justicia. En cuanto a los panameños se refiere, hablar del movimiento libertario de la Villa de Los Santos en el año de 1821 es hablar del movimiento histórico más limpio de nuestras independencias latinoamericanas de España. Y si somos hijos legítimos de nuestro hoy, no podemos desprendernos así por así del pasado nuestro porque es a través de éste, de sus sombras que hoy parecen muertas, como podremos ver ese futuro abstracto de justicia social sin cadenas ni hipotecas que el ser tanto anhela.
Guiados por el llanto del indio latinoamericano, por el lamento del campesino y por el dolor de las madres americanas, la Villa de Los Santos se convierte el 10 de noviembre de 1821 en la columna vertebral de nuestra historia patria. El movimiento santeño recogió la queja del mestizo, la mezcló con la del zambo, con la del mulato y la del criollo, para atizar el fuego que ablandó con su calor las cadenas que les oprimían. Y su fervor patrio fue tan grande que transmitió a los batallones libertarios de Las Tablas, Pocrí y Macaracas, Pesé, Las Minas, Parita, Ocú y Santiago, la suficiente fuerza moral y física para "romper el yugo" que les asfixiaba.
El Acta de Independencia de la Villa de Los Santos nos está hablando hoy nuevamente desde su pasado, a fin de que reflexionemos sobre lo acontecido y exaltemos el civismo de quienes cambiaron el curso de la historia a través de la gloriosa gesta. Esa gesta de independencia conllevaba un alto grado de civismo por parte de quienes supieron hablar por primera vez, alto y claro, sobre libertad en el Istmo panameño. Y si bien es cierto que el civismo nunca ha sido cosa de arranques, sino una actitud normal y continua de los hombres y mujeres en sociedad política, sólo cuando ésta es la postura natural de todos los ánimos ciudadanos es cuando no le falta el valor. Cuando los demás no son cívicos, el serlo pide heroísmo y es de allí donde nace el título de "Heroica" otorgado por el Libertador Simón Bolívar a nuestra Villa de Los Santos.
Hoy, una vez más, Panamá ha pasado de la danza festiva de los millones a la danza macabra de la miseria. Ambos estados contribuyen por igual a rebajar la estimación por la dignidad pública y personal. Y para el hombre que nada en la abundancia como para el que no tiene un pedazo de pan que llevarse a la boca, el dinero es el valor máximo, porque no hemos disfrutado nunca de un estado económico suficientemente prolongado de estabilidad, de seguridad, de sobria satisfacción, que nos permita vislumbrar un sonriente futuro. Quizás es por ello que hoy hablamos con tanta urgencia de trabajo y producción, que son los verdaderos mecanismos que nos garantizarán ese futuro risueño. Para la Heroica Villa de los Santos de 1821 como para la de hoy, el desarrollo de una paz duradera se fundamenta en el trabajo equitativo, con igualdad de responsabilidades, pero exigiendo también un justo equilibrio en la repartición de beneficios.
Ello es de suma importancia, porque cuando se nos niega ese derecho, cuando para realizar nuestro destino, para prosperar, aún para el simple hecho de vivir se nos pide que sometamos a otros determinada porción de nuestro tiempo y esfuerzo sin justa retribución, entonces nace la rebeldía. La rebeldía no nace porque sí. Ella surge cuando la imbecilidad rompe ese equilibrio o estorba un desarrollo armonioso y vivaz. La Heroica Villa de Los Santos de hoy se merece un mejor destino. A partir de 1821, las cabezas de los patriotas santeños se levantaron por encima de la maraña de aquellas teorías que más que ayudar a tranquilizar el cuerpo y desarrollar el espíritu, procuraban su subordinación incondicional, y si combatieron fue por los fueros de la conciencia ciudadana, la libertad, la razón que les asistió para el logro de una vida digna, el arte, los valores todos de un nacionalismo real y verdadero, y sobre todo, para que se entierren junto a la pobreza de las masas, quienes pretendan abrirle el camino al festín caníbal de los que ambicionan mando, riquezas y placeres sin trabajarlos y merecerlos.
No podemos dejar que las duras realidades del hoy pasen ante nuestros ojos sin que fijemos la mirada en aquel pasado docente y aprovechemos así las experiencias históricas que se han ido acumulando desde el año de 1821. La historia no puede ser jamás columna de humo dolosamente fabricada para ocultar la verdad de los hechos, ni tampoco el sisma profundo de la desunión y malquerencia que sólo llevan a provocar una verdadera crisis en la ilusión de los panameños.

101 años de Panamá América

 
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