default

Mi visión del centenario


Más de la mitad del Centenario que celebramos, la viví, la compartí, la disfruté, la amé con el único ser que igualmente se entregó a mí, formando una familia de la que me siento orgullosa. Regreso al Colón de antes, con sus casitas de madera, balcones anchos, un edificio Wilcox, un Maison Blanche que se elevaban majestuosos. Callejones limpios, familias honorables, sin pandillas armadas, fue lo que convivimos.
Los clubes nocturnos se alineaban en la avenida Bolívar con entradas para familias, buena música y espectáculos de renombre. En aquellos años, jamás oí hablar de drogas; hoy, lastimosamente, las venden hasta en los colegios.
Un parque "Centenario", tal vez llamado así adelantándome al que celebramos actualmente, atravesaba 16 calles de la avenida Central. Muchas, pero muchas noches, Chito y yo nos sentábamos en sus bancas de cemento, compartiendo nuestro presente y proyectándonos hacia el futuro. Recorríamos varias cuadras sin temor de algún asalto. Una de esas noches, yo embarazada de mi primer bebé, Chito me susurró al oído un pensamiento de A. Dumas, hijo, "la cadena del matrimonio pesa tanto que se necesitan dos para llevarla, y hay veces tres".
Por televisión ví la celebración en Colón del Centenario, el cual me pareció de primera clase a pesar de las vicisitudes por la que esa provincia atraviesa. Se ha señalado que el 40% de los edificios en Colón está en ruinas. Se ha comentado con frecuencia la proliferación de las drogas, armas, robos en la Zona Libre de esa ciudad y últimamente la muerte de un deportista por la falta de una ambulancia. ¡Que cambio, Dios de todos! Todo eso hace llorar mi corazón, ni siquiera reconfortado por la majestuosidad del Centenario en la capital. Aquel desfile de preciosas polleras, la vigilia del 2 de noviembre, el repicar de campanas al unísono y miles de banderitas entrelazadas con el amor y el entusiasmo del pueblo marcaron con delirio dicha celebración en la ciudad capital. Mientras, sin embargo, su principal provincia se muere de hambre, de un agobiante desempleo y hasta de extrema pobreza. Mi Colón, aunque ríe y brinca, sangra por dentro y eso a mí me destroza el alma. ¡Hasta cuándo, Dios de todos!

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América