Mi voto por los niños de la calle
Cada vez que salimos a la calle, al pasar por las esquinas, semáforos y paradas de autobuses, vemos muchos niños que piden plata, venden cosas, limpian los parabrisas y ofrecen productos para obtener unas monedas. Algunas personas generosas contribuyen con algo para ayudarlos; otras, la mayoría, se niegan, porque dicen que no van a fomentar el vicio, que los padres los mandan para quitarles luego la plata, que no quieren ir a la escuela, que es el gobierno quien debe ayudarlos, pero la pregunta es, si no los ayudamos y tampoco hacemos nada, entonces ¿cómo se va a terminar el problema, por arte de magia? No ayudamos a los adultos, porque pensamos que deberían estar trabajando. No ayudamos a los chiquitos, porque sería fomentarles la vagancia y ser cómplices de sus padres. No ayudamos a los viejos, porque van a gastarse todo el dinero emborrachándose. No ayudamos a los jóvenes, porque tememos que nos asalten...y claro, entre todo esto, la única solución que encontramos es seguir de largo y mirarlos de reojo con cara de culpabilidad. Es cierto que el Estado debería ocuparse de buscar las soluciones, pero ya que no lo hace, bien podríamos salir al paso dando una mano a quienes sí están trabajando activamente. Esto no significa que nos vamos a convertir en misioneras o misioneros de la orden de la Madre Teresa, pero tampoco tenemos que viajar hasta Calcuta para encontrar una fórmula de ayuda.
En el país hay varios comedores que necesitan ayuda, grupos organizados como El Ejército de Salvación, Casa Esperanza, Nutre Hogar; sólo se necesita voluntad, dar un poquito de lo que se pueda. Si no tiene tiempo ni dinero, cuando haga sus compras en el supermercado, compre unas latas de leche de más, cuando compre billetes de lotería, aparte un dólar para donar, ¿es mucho esfuerzo? Si no sabe cómo entregar las donaciones, busque el directorio y localice los números de esos sitios, ellos con mucho gusto recogerán su aporte. Dar y recibir, debería ser ley de la vida. Que los que más tienen compartan con los menos favorecidos y que los adultos se preocupen por los niños, que son el futuro de la nación. En vez de pedir sanciones y cárceles, pidamos comida. En vez de penas máximas, máximas escuelas y en vez de jueces y abogados que creen que con aquellas medidas van a salvar al país, pidamos maestros, médicos y enfermeras dispuestos y dispuestas a brindar conocimientos, cultura, buenas costumbres, oficios honrados, control de enfermedades y un poco de alegría a esos niños que más que delincuentes son víctimas de la sociedad, del Estado y de todos. Si el Estado no da la cara, no demos la espalda.
222 ...la solución al problema de la violencia debe ser integral. Cuando digo integral deseo expresar que no se limita a imponer mayores sanciones al menor que delinque.
Contamos con una deficiente educación pública, con altos grados de desnutrición infantil, con grandes masas de desempleados, con inmensos déficit de viviendas populares y aún no sabemos las razones de la violencia. Ciegos. Ciegos y, además, ilusos. Por más que sancionemos, por más que rehabilitemos, si volvemos a insertarlos en esta sociedad, vuelven a delinquir. Si esta es la génesis del problema, si la desesperanza es el origen de la cultura de violencia, ¿qué estamos haciendo para solucionarlo?.
Sin embargo, no creo en la tesis de que la sociedad es enteramente culpable de que delinquen los menores. Si así fuera, esas mismas razones servirían para achacarle la culpa a la sociedad de todos los problemas que tenemos y, por cierto, nadie fuera responsable de sus actos y menos de sus crímenes. No es así. Existen factores endógenos que de una u otra manera condicionan conductas violentas o delictivas.
Los factores endógenos, cuyo estudio es de suprema importancia, hacen que no podamos aspirar a suprimir la violencia de nuestra sociedad. Esos factores íntimos, por así llamarlos, que condicionan la violencia y el crimen no los podemos cambiar. Los otros, los que mencioné arriba, que tienen que ver con las condiciones socioeconómicas, sí podemos (y debemos) cambiarlos para bien de todos. Por este camino podemos reducir al mínimo realistas donde participen todos los que tienen poder y voluntad para cambiar.
Me preocupa que se esté invirtiendo tiempo y dinero en la discusión a medias de un tema harto complejo como éste. El aumento de la pena en seco, es decir, sin tomar en cuenta los otros que he apuntado, no resuelve absolutamente nada.
En el país hay varios comedores que necesitan ayuda, grupos organizados como El Ejército de Salvación, Casa Esperanza, Nutre Hogar; sólo se necesita voluntad, dar un poquito de lo que se pueda. Si no tiene tiempo ni dinero, cuando haga sus compras en el supermercado, compre unas latas de leche de más, cuando compre billetes de lotería, aparte un dólar para donar, ¿es mucho esfuerzo? Si no sabe cómo entregar las donaciones, busque el directorio y localice los números de esos sitios, ellos con mucho gusto recogerán su aporte. Dar y recibir, debería ser ley de la vida. Que los que más tienen compartan con los menos favorecidos y que los adultos se preocupen por los niños, que son el futuro de la nación. En vez de pedir sanciones y cárceles, pidamos comida. En vez de penas máximas, máximas escuelas y en vez de jueces y abogados que creen que con aquellas medidas van a salvar al país, pidamos maestros, médicos y enfermeras dispuestos y dispuestas a brindar conocimientos, cultura, buenas costumbres, oficios honrados, control de enfermedades y un poco de alegría a esos niños que más que delincuentes son víctimas de la sociedad, del Estado y de todos. Si el Estado no da la cara, no demos la espalda.
222 ...la solución al problema de la violencia debe ser integral. Cuando digo integral deseo expresar que no se limita a imponer mayores sanciones al menor que delinque.
Contamos con una deficiente educación pública, con altos grados de desnutrición infantil, con grandes masas de desempleados, con inmensos déficit de viviendas populares y aún no sabemos las razones de la violencia. Ciegos. Ciegos y, además, ilusos. Por más que sancionemos, por más que rehabilitemos, si volvemos a insertarlos en esta sociedad, vuelven a delinquir. Si esta es la génesis del problema, si la desesperanza es el origen de la cultura de violencia, ¿qué estamos haciendo para solucionarlo?.
Sin embargo, no creo en la tesis de que la sociedad es enteramente culpable de que delinquen los menores. Si así fuera, esas mismas razones servirían para achacarle la culpa a la sociedad de todos los problemas que tenemos y, por cierto, nadie fuera responsable de sus actos y menos de sus crímenes. No es así. Existen factores endógenos que de una u otra manera condicionan conductas violentas o delictivas.
Los factores endógenos, cuyo estudio es de suprema importancia, hacen que no podamos aspirar a suprimir la violencia de nuestra sociedad. Esos factores íntimos, por así llamarlos, que condicionan la violencia y el crimen no los podemos cambiar. Los otros, los que mencioné arriba, que tienen que ver con las condiciones socioeconómicas, sí podemos (y debemos) cambiarlos para bien de todos. Por este camino podemos reducir al mínimo realistas donde participen todos los que tienen poder y voluntad para cambiar.
Me preocupa que se esté invirtiendo tiempo y dinero en la discusión a medias de un tema harto complejo como éste. El aumento de la pena en seco, es decir, sin tomar en cuenta los otros que he apuntado, no resuelve absolutamente nada.