Milagro en Atalaya
El milagro no fue tanto la paloma blanca captada por las cámaras de los colegas del Canal 13 que, saliendo como de la nada, se posó repentinamente durante algunos minutos, justo sobre las manos de la imagen del Cristo de Atalaya el pasado fin de semana, ante el asombro de los miles de devotos que presenciaron el hecho, para desaparecer volando en la misma forma misteriosa como llegó. En verdad, el milagro fue las varias decenas de miles de jovencitos de ambos sexos, de edades entre 12 y 18 años, que marcharon masivamente, muchos en parejas de novios, hermanos o lo que fuera, caminando largas distancias, para rendir tributo de fe ante la santa imagen.
Y decimos milagro, porque muchos suponíamos que, tras los intensos carnavales finalizados apenas cuatro días antes, los muchachos habrían perdido lo poco que les quedaba de creencia religiosa, de cualquier signo. Después de todo, es la generación del reggaeton, ese odioso y decadente prototipo de anti-música contemporáneo; es la generación del desenfreno, la del gozo sin límites, la del sexo fácil, y del "no me importa nada", ni Patria, ni familia, ni responsabilidades, ni estudio, ni trabajo, salvo el dinero rápido. Es la generación del Internet, la del "chateo" superficial, la del "i-pod" con un millón de canciones, en un diminuto aparato que se escucha con audífonos para no compartirlas con nadie y aislarse del mundo; la de las cirugías estéticas para aumentar senos y trasero al estilo de JLo, como regalo de quinceaños en vez de una fiesta en discoteca con mucho guaro; pero que poco o nada cultiva la cultura o el intelecto.
Con ese perfil, no era raro pensar que teníamos una juventud atea, por decir lo menos. En Europa y demás países desarrollados, las religiones ceden terreno ante el materialismo; y por doquier aparecen nuevos dioses y apóstoles en forma de ídolos de rock o del cine o del deporte. Las niñas lloran por multitudes ante cualquier cantante; y la recámara de cualquier muchacho de hoy está repleta de desnudos o artistas admirados; pero no por imagen religiosa alguna. No olvidemos tampoco que es la generación de las drogas enajenantes, que los está matando y destruyendo de a poco.
Pero tras ver lo acontecido el pasado sábado y domingo en Atalaya, tenemos que revisar conceptos y estereotipos. Quizás seamos nosotros los adultos los perdidos y los jóvenes estén encontrando el camino y respuestas, a su manera, aunque no nos guste. Si es así, estamos en presencia de otro milagro. Tengamos esperanza, no todo está perdido.
Y decimos milagro, porque muchos suponíamos que, tras los intensos carnavales finalizados apenas cuatro días antes, los muchachos habrían perdido lo poco que les quedaba de creencia religiosa, de cualquier signo. Después de todo, es la generación del reggaeton, ese odioso y decadente prototipo de anti-música contemporáneo; es la generación del desenfreno, la del gozo sin límites, la del sexo fácil, y del "no me importa nada", ni Patria, ni familia, ni responsabilidades, ni estudio, ni trabajo, salvo el dinero rápido. Es la generación del Internet, la del "chateo" superficial, la del "i-pod" con un millón de canciones, en un diminuto aparato que se escucha con audífonos para no compartirlas con nadie y aislarse del mundo; la de las cirugías estéticas para aumentar senos y trasero al estilo de JLo, como regalo de quinceaños en vez de una fiesta en discoteca con mucho guaro; pero que poco o nada cultiva la cultura o el intelecto.
Con ese perfil, no era raro pensar que teníamos una juventud atea, por decir lo menos. En Europa y demás países desarrollados, las religiones ceden terreno ante el materialismo; y por doquier aparecen nuevos dioses y apóstoles en forma de ídolos de rock o del cine o del deporte. Las niñas lloran por multitudes ante cualquier cantante; y la recámara de cualquier muchacho de hoy está repleta de desnudos o artistas admirados; pero no por imagen religiosa alguna. No olvidemos tampoco que es la generación de las drogas enajenantes, que los está matando y destruyendo de a poco.
Pero tras ver lo acontecido el pasado sábado y domingo en Atalaya, tenemos que revisar conceptos y estereotipos. Quizás seamos nosotros los adultos los perdidos y los jóvenes estén encontrando el camino y respuestas, a su manera, aunque no nos guste. Si es así, estamos en presencia de otro milagro. Tengamos esperanza, no todo está perdido.