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¿Militarismo?


Claro que lo hay. Siempre lo habrá. Esas tendencias se encuentran enquistadas en el ser del hombre y es difícil domeñarlas. La pregunta correcta sería: ¿Hasta qué punto tenemos controladas en Panamá nuestras tendencias militaristas y autocráticas? O, ¿cuánto peligro tenemos de que vuelva a levantar el militarismo su horrible cabeza?
El militarismo es tan sólo un nombrecito para toda una constelación de realidades. Quiero distinguir entre el gusto por los arreos militares y las actitudes castrenses por un lado y, por el otro, el real peligro de una toma de poder por parte de las fuerzas públicas o el uso de ellas por el gobierno para perpetuarse en el poder.
La primera clase de militarismo está muy presente en nuestra Fuerza Pública. Lo vemos en los uniformes que usan, en sus ademanes, en la clase de entrenamiento que han recibido e imparten a los "reclutas" y en tantas otras maneras. Un ejemplo de esta clase de militarismo estéril, pueril y peligroso, lo vivió una pariente mía recientemente. Ella, una mujer muy guapa, hizo un giro a la izquierda en una luz verde donde no había opción de flecha. Repentinamente se encontró a una patrulla de linces, con sus cascos y visores oscuros, con sus armas automáticas y chalecos antibalas, gritándole algo a la ventana y gesticulando violentamente. Ella, totalmente atemorizada, se orilló y pregunto qué pasaba. Baste con decir que estaban utilizando la excusa que había hecho un giro indebido para acosarla de una manera ruda. La gravedad de este síntoma, demasiado frecuente, no se le escapará a nadie.
La segunda amenaza militarística es mucho más peligrosa y estamos expuestos a ella en un grado inaceptablemente alto. No se trata solamente de una Constitución estatista e intervensionista con resabios de nuestra dictadura reciente. Este es un tema que en su momento discutí, demasiado brevemente, con Don Ricardo Arias Calderón. Nuestras posiciones eran marcadamente divergentes. La suya creía en un control central y unificado de las fuerzas públicas y yo creo en la necesidad de dividirlas lo más posible y ponerlas bajo la autoridad de entidades diferentes. Creo que cada municipio debe tener su propia policía. Debería haber una policía investigativa nacional, muy distinta a la PTJ -la cual es, en gran medida, inoperante-, una policía de tránsito distinta a la de seguridad y vigilancia, una fuerza especializada en terrorismo y contrainsurgencia con características muy especiales. No debíamos tener un Servicio Aéreo Nacional -totalmente espurio- ni Servicio Marítimo Nacional. Estas serían funciones menores dentro de las otras instituciones.
Si no me equivoco, el Servicio Aéreo Nacional Tiene más de quinientas personas en su planilla, y ¿cuántas de sus costosas aeronaves están funcionando? ¿Una? ¿Dos? ¿A qué precio? Ya hemos visto, por medio de la prensa, graves indicios de corrupción allí. ¿Cómo no esperarlo? No hace mucho, uno de nuestros más altos funcionarios encargado de nuestra policía me dijo, cortantemente: "A mí qué me importa con las leyes".
Frente a la universal tendencia de las autoridades gubernamentales a la cleptomanía y al acaparamiento del poder, se han instituido constituciones que limiten y fraccionen el poder que el Estado pone en manos del Gobierno y lo contrarresten con asociaciones ciudadanas robustas, libres y conscientes de sus derechos. En Panamá estamos muy lejos de este estado de cosas. Nuestros partidos políticos de corte populista tienen un largo historial de anhelos militaristas y tendencias fascistas. No podemos dejar de estar vigilantes y necesitamos formar una conciencia clara de la clase de Constitución que debemos darnos cuando el momento madure para ello. Lamentablemente, hoy no hay tal conciencia. ibennett@cwpanama.net

101 años de Panamá América

 
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