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Mireya: Vox Populi, Vox Dei


Nos habíamos prometido mantenernos absolutamente alejados de esta exhausta e insulsa refriega electoral, ausente de vigor y de elocuencia demosténica capaz de enardecer el gusto por el arte de la política; como, a todas luces, huera de auténticas y estructurales propuestas encaminadas a destejar cristiana y objetivamente el intrincado, injusto e inhumano entramado social panameño y donde el único real atractivo político es la presencia de la azuerense Mireya Elisa Moscoso Rodríguez. En realidad las ofertas de solución son como el vuelo precipitado de las aves que, deslizándose a ras del lago, apenas logran rozar su superficie. Siento que el afán proselitista se orienta, sin redaños ni entresijos, más a vencer que a convencer. Así con decisión guardada y ánimo dispuesto, el pueblo observa con marcada ironía cómo algunos aspirantes con estereotipados gestos melodramáticos preñados del más alambicado "vedetismo" de cinematógrafo barato, voz "bursátilmente" modulada, candorosas e inefables palabras, augustas y paradisíacas promesas y rostros contritos al borde de la más conmovedora y funeraria jeremiada, exageran, disminuyen y distorsionan verdades, actitudes y propósitos, cuando lo sencillo y normal resultaría parodiar al autor de "La letra escarlata", cuando después de espigar la conducta de uno de sus elaborados personajes termina recomendado:
"¡Sed verídicos! ¡Sed verídicos! Mostrad libremente al mundo, si bien no vuestros peores rasgos, por lo menos alguno por el cual se puedan inferir los peores".
Olvidan estos genios farsescos que todo brilla a la luz del día, que el linaje humano está precedido de una aura embrional mesiánicamente profética que pocas veces equivoca el norte; que el irreemplazable sentido común, despreciado por algunos sabihondos de cascarilla, es consubstancial a la naturaleza humana y que tan fácilmente yerra el docto como magistralmente acierta el iletrado. Entiéndase, el ojo, el oído y el olfato del hombre común, ordinario, anónimo, están divinamente santificados por la gracia del Hacedor, o ¿es que no lo revelan elocuentemente las bienaventuranzas evangélicas? El ser humano cree en la fuerza poderosa del bien y se regocija sin doblez, como el Hermano de Asís, en la simple y parvularia verdad; por ello, en el tiempo oportuno, sin aspavientos ni rugir de cañones, el pueblo retomará las sabias palabras que dirigiera el Caballero de la Triste Figura a su fiel y locuaz escudero: "Como te conozco, Sancho, no hago caso de lo que dices".
Sin ánimo ni argumento para criticar particularmente a nadie, refractario a encastillar pareceres ajenos y opuestos a pesquisar la reconditez de los propósitos extraños, confieso que no puedo consentir impertérrito, ni seguir irresponsablemente mudo, ante el mar de detritus y el aluvión de infundios con que se pretenden encenagar las normales y ciudadanas aspiraciones presidenciales de la azuerense Mireya Elisa Moscoso Martínez; sin embargo, limitado por la estrechez periodística, dejaremos de lado el prurito de ennegrecer y los dicterios de algunos, porque, evidentemente, proceden de almas reptas que, por incontrolable inclinación patológica, han erigido un apócrifo altar donde el reclinatorio de la calumnia solapada, los crepitantes cirios de la más abyecta medianía y el arrinconado coro de la más enfermiza envidia, delatan de manera aberrante el humor que los estigmatiza. ¡Dejemos a ese montón de polvo con sus insensateces y masoquistas dimes y diretes!
Por herencia familiar y formación académica, creemos en las excelencias y bondades de una adecuada y permanente educación, como regocijados admiramos la versatilidad pragmática de cientos de panameños que, sin el aroma salmantino ni las mercuriales lecciones de Chicago, han logrado a base de empirismo y sudor, ocupar un lugar digno en la sociedad nacional, contribuyendo al desarrollo del país y al perfeccionamiento de nuestra identidad nacional. Ahíto estamos de encerados universitarios que han resultado un verdadero fiasco social y laboral; ahora, nadie niega ni discute el valioso aporte del estamento profesional en la conducción del país, ni que existan oficios específicos que diestros humanos están llamados, casi exclusivamente a realizar, difícil resultará que un genio del cálculo infinitesimal ingrese al quirófano de un hospital y culmine exitosamente una cirugía mayor. Todo es perfectamente relativo; sometido a las circunstancias y veleidades homínidas, porque como puntualiza Unamuno:
"La superioridad o la inferioridad no son nunca, por otra parte, genérica o totales, sino específicas o parciales, sucede que el pueblo A es inferior al pueblo B en un respecto y lo es superior en otros".
Levantar en Panamá un monumento ciclópeo a la erudición a sabiendas de la patética realidad que nos desborda; de la pereza intelectual que nos singulariza y de la visión microscópica que preservan connotados profesionales de entorno próximo, no pasa de ser un gazapo, una camaleónica actitud "politiquera" al socaire de los vientos electores que alimentan enrevesadas intenciones. Aducir la propiedad de un grado universitario como condición sine qua non para apoltronarse en la áulica silla de "Las Garzas", no deja de ser una bien concebida aspiración, aunque una meteórica retrospectiva del pretérito reciente, para no enturbiar las aguas pasadas, pareciera invalidar la efectividad y legitimidad académica de muchos inquilinos del patio morisco; además, no olvidemos que a fin de cuentas, el cargo público es según quiere la mujer o el hombre que lo ejerce.
Ahora, en relación a uno de los temas más complejos y oscuros del manejo estatal, la enjaezada y aquilatada economía, también puede humanizarse, derramando los beneficios del modelo neoliberal, privatizador y globalizador, sobre el estropeado lomo de los más pobres y marginados: cristianizar sin parasitar la economía doméstica. Para enfrentar este reto nadie, absolutamente nadie, precisa de un pergamino de Harvard, sino de lo que le sobra a la azuerense Mireya Elisa Moscoso Rodríguez, decisión y voluntad; voluntad granítica, férrea, aguda y fundamentalmente cristiana. Sopesar las acciones gubernamentales precedentes; continuar y perfeccionar las positivas; rechazar analíticamente las negativas, proyectando nuevas y consensuadas propuestas nacionales; no obstante, lo más importante y necesario es inhumar sinceramente los rencores y rencillas incubadas en el pasado, execrar todo asomo de prepotencia y terquedad como fórmula de gobierno y, finalmente hacer acopio de los mejores talentos, sople el viento de levante o de poniente. Recordemos el Eclesiastés (1,9) "Nil novi sub sole" (nada nuevo bajo el sol); por ello, no importa el adelanto cibernético, el desarrollo tecnológico o la mundialización de la economía y de los capitales, el mantel de Venecia, el cristal de Bohemia o el vino de Borgoña, el humano seguirá intrínsecamente siendo el mismo vecino del edénico jardín; todo se reduce a simples y consuetudinarias cuestiones de convivencia societaria, el sentido común desnudo, elevado a la quintaescencia.
Por ello, les digo en sencillo y llano lenguaje azuerense que no tuve que realizar ningún esfuerzo algebraico, malabarismo metafísico ni análisis químico para tomar la decisión de apoyar a la azuerense Mireya Elisa Moscoso Rodríguez, si otros, por diferentes razones y reflexiones, optaron lo contrario, ese es su derecho. El simple, ordinario y montaraz sentido común interiorano, como el alba matutina, despejó el horizonte:
Mireya: Vox Populi, Vox Dei.

101 años de Panamá América

 
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