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Mis caprichos


Capricho. Así llamaría a muchas de las peticiones que le hice a mi padre cuando era sólo una adolescente.
"Viejo", "Ñoto", "Apito", "Titín", eran algunos de los nombres con los que lo llamaba cuando se me antojaba algo, solicitudes que muchos pensarían eran fuera de lo común. No se equivoquen, él no era un hombre fácil de envolver, dirigía un periódico y sabía todos los golpes bajos que podían cometerle ante el menor descuido, pero yo tenía la facultad de meterme por el ojo de la aguja de sus sentimientos más débiles.
Eran los años de la crisis y "mi novio" era Helmer Figueroa, conocido en el mundo de la farándula como Chayanne. Soñaba con ir a su concierto, ya que era la primera vez que venía a nuestro país con sus músicos y bailarines. Un mes y medio antes inicié la campaña. Afiches, cantar las baladas del boricua y lanzar indirectas sobre la gala, eran parte de la estrategia. Papá se comprometió a comprarme el boleto, pero embrollado en el trabajo se le olvidó. Para mí esta noticia era una fatalidad. Me comentó que Chayanne iba para el canal de televisión donde él para ese entonces laboraba, pero no fue. Imagínense mi congoja, pero "Super Toño" no se rindió, y ese domingo recorrió todos los puntos de venta, hasta que consiguió una entrada en el hotel que promocionaba el evento.
Para mí fue uno de los momentos más memorables de esa época. Fue una hazaña única, principalmente porque se anunció a través de la TV que los boletos para el concierto se habían agotado.
Con los años llegaron otras inquietudes. Las preguntas: ¿Quién soy? y ¿Quién quiero ser? se clavaron en mi mente. Me decidí por el periodismo al igual que él, en una mezcla de admiración e idealismo, ya que sabía de antemano que con esta carrera nadie serio ha hecho fortuna.
En esos primeros años universitarios y con una desarrollada pasión por el folclor, se me ocurrió otra idea "genial": quería ir en una carreta en el Festival de la Mejorana, que se realiza en Guararé. Otra vez papá me complació, habló con Doris de Saavedra, presidenta en aquellos años del Festival y como por arte de magia estaba yo en ese transporte halado por bueyes, en el que me sentía más feliz que la propia Cenicienta cuando la trasladaban cuatro corceles hacia al palacio del príncipe azul.
A mi lado y a pie: Mi padre, mi madre, mi hermana Mily y un séquito de niños a los que ella les enseñaba bailes regionales de Azuero.
Ya para ese entonces los estragos de la diabetes y el estrés comenzaron a mermar su cuerpo, y por más que le dijimos que me viera pasar en uno de los portales o en la tarima de espectáculos no quiso, prefirió que el lodo rojizo de la tierra santeña se le mezclara con sus pies, a pesar de los cuidados que debía tener.
Hubo un último deseo con el que me complació. Después de pasar una crisis que lo mantuvo hospitalizado, ya en la casa le pedí que se pusiera la camisa que le regalé para el Día del Padre para que fuera a la diálisis y, como siempre, me consintió. Ese día se mantuvo callado y para darle ánimos, mi hermano y mi mamá lo rellenaron de besos. Esa fue la última vez que lo vi con vida, porque al mediodía me llamaron por teléfono al trabajo para avisarme que acababa de morir. Ese día comprendí lo que es el dolor de una partida.
Aunque ya no está terrenalmente conmigo, estoy segura de algo. Con el mismo espíritu persuasivo con el que me consiguió tantas cosas inverosímiles, sé que le pide al Dios Todopoderoso que le de permiso para que yo lo vea a través de mis sueños y me susurra la canción de amor que me hizo cuando nací que dice: "un coro de ruiseñores le dio a ella la bienvenida y sonaron los tambores por mi reina consentida".
Este especialista recomendó que antes de comprar un vehículo usado, la persona debe verificar su apariencia externa, que viene siendo la carta de presentación del automóvil, porque así se puede percibir el uso y cuidado que se le daba antes de ponerlo a la venta.
Luego debe observar el kilometraje marcado en el tablero. Uno se puede dar cuenta de cuántos años tiene el carro dependiendo del kilometraje, teniendo presente que en un año un auto promedio puede recorrer 50 mil kilómetros o menos.
Adicional a eso, es importante echarle un vistazo a la máquina, para detectar si está botando aceite, las mangueras, el radiador, los polos de la batería. "Todo lo que se vea en mal estado es motivo de duda", expresó Molinar.
Se consultó a la Alcaldía de Panamá y al Ministerio de Comercio e Industrias sobre los requisitos para montar un negocio de autos usados, sin embargo, ambas entidades aseguraron que no tienen nada que ver con el tema.

101 años de Panamá América

 
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