Mis tres sueños
En el sínodo de Obispos Europeos del 7 de octubre, el Cardenal Carlo María Martini, Arzobispo de Milán tuvo una intervención que la llama "Mis tres sueños". Transcribo para beneficio de todos.
"He escuchado -dice Martini- con vivo interés todas las intervenciones hechas hasta aquí intentando entender de qué modo podrían responder a la pregunta ¿cómo Jesucristo vivo en su Iglesia es hoy fuente de esperanza para Europa?.
Pero antes de expresar mi propio parecer, quería evocar a una persona a la que muchos de nosotros recordamos como presente en este aula y a la que el Señor ha llamado junto a sí el pasado 7 de junio: se trata del Cardenal Basil Hume, arzobispo de Westminster.
Más de una intervención realizada por él en el Sínodo comenzó con las palabras I had a dream (He tenido un sueño).
También yo en estos días, escuchando las intervenciones he tenido un sueño, más aún varios sueños. Traigo a colación tres :
1. Sobre todo, el sueño de que, a través de una familiaridad cada vez más grande de los hombres y mujeres europeos con la Sagrada Escritura, leída y rezada en la soledad, en los grupos y en las comunidades, se reavive aquella experiencia del fuego en el corazón que tuvieron los dos discípulos en el camino de Emaús. Me remito para todo esto a lo que ya ha dicho Mons. Eger, obispo de Bozano Bressanoene. También por mi experiencia, la Biblia leída y rezada, en particular por los jóvenes, es el libro futuro del continente europeo.
2. En segundo lugar, el sueño de que la parroquia continúe actualizando, con su servicio profético, sacerdotal y diaconal, aquella presencia del Resucitado en nuestros territorios que los discípulos de Emaús pudieron experimentar en la fracción del pan. En este Sínodo ya se han manifestado diversas opiniones para evidenciar el papel de los movimientos eclesiales en orden a la vivificación espiritual de Europa. Pero es necesario que los miembros de los movimientos y de las nuevas comunidades se incardinen vitalmente en la comunión de la pastoral parroquial y diocesana, para poner a disposición de todos los dones particulares recibidos del Señor, y para someterlos al examen del entero pueblo de Dios. Hasta que esto no suceda, resulta perturbada la vida entera de la Iglesia, tanto la de las comunidades parroquiales como la de los mismos movimientos. Donde, por el contrario, se realiza una eficaz experiencia de comunión y corresponsabilidad, la Iglesia se ofrece a sí misma como signo de esperanza y propuesta alternativa creíble a la disgregación social y ética lamentada por tantos.
3. El tercer sueño es que el retorno festivo de los discípulos de Emaús a Jerusalén para encontrar a los apóstoles se convierta en estímulo para repetir de vez en cuando, en el curso del siglo que se abre, una experiencia de confrontación universal entre los obispos, que sirva para escoger alguno de los temas disciplinares y doctrinales que quizá han resultado poco evocados en estos días, pero que reaparecen periódicamente como puntos calientes en el camino de las iglesias europeas y no sólo europeas. Pienso, en general, en las profundizaciones y en los desarrollos de la eclesiología de la comunicación del Vaticano II. Pienso en la carencia, de algún modo ya dramática, de ministros ordenados y en la creciente dificultad para un obispo de proveer al cuidado de almas en su territorio con suficiente número de ministros del evangelio y de la eucaristía. Pienso en algunos temas referentes al papel de la mujer en la sociedad y en la iglesia, la participación de los seglares en algunas cuestiones, como la responsabilidad ministerial, la sexualidad, la disciplina del matrimonio, la praxis penitencial, las relaciones con las Iglesias hermanas de la ortodoxia, y más en general, la necesidad de reavivar la esperanza ecuménica, pienso en la relación entre democracia y valores, entre leyes civiles y leyes morales".
No pocos de estos temas ya emergieron en Sínodos precedentes, sea generales o especiales, y es importante encontrar lugares e instrumentos adecuados para su atento examen. Para esto no son ciertamente válidas, ni las investigaciones sociológicas ni las recogidas de firmas. Ni los grupos de presión. Y puede que ni tan siquiera un Sínodo pudiera ser suficiente. Algunos de estos puntos probablemente necesitan de un instrumento colegial más universal y autorizado, donde puedan ser afrontados con libertad, en el pleno ejercicio de la colegialidad episcopal, en la escucha del Espíritu y teniendo presente el bien común de la Iglesia y de la humanidad entera.(Continuará)
"He escuchado -dice Martini- con vivo interés todas las intervenciones hechas hasta aquí intentando entender de qué modo podrían responder a la pregunta ¿cómo Jesucristo vivo en su Iglesia es hoy fuente de esperanza para Europa?.
Pero antes de expresar mi propio parecer, quería evocar a una persona a la que muchos de nosotros recordamos como presente en este aula y a la que el Señor ha llamado junto a sí el pasado 7 de junio: se trata del Cardenal Basil Hume, arzobispo de Westminster.
Más de una intervención realizada por él en el Sínodo comenzó con las palabras I had a dream (He tenido un sueño).
También yo en estos días, escuchando las intervenciones he tenido un sueño, más aún varios sueños. Traigo a colación tres :
1. Sobre todo, el sueño de que, a través de una familiaridad cada vez más grande de los hombres y mujeres europeos con la Sagrada Escritura, leída y rezada en la soledad, en los grupos y en las comunidades, se reavive aquella experiencia del fuego en el corazón que tuvieron los dos discípulos en el camino de Emaús. Me remito para todo esto a lo que ya ha dicho Mons. Eger, obispo de Bozano Bressanoene. También por mi experiencia, la Biblia leída y rezada, en particular por los jóvenes, es el libro futuro del continente europeo.
2. En segundo lugar, el sueño de que la parroquia continúe actualizando, con su servicio profético, sacerdotal y diaconal, aquella presencia del Resucitado en nuestros territorios que los discípulos de Emaús pudieron experimentar en la fracción del pan. En este Sínodo ya se han manifestado diversas opiniones para evidenciar el papel de los movimientos eclesiales en orden a la vivificación espiritual de Europa. Pero es necesario que los miembros de los movimientos y de las nuevas comunidades se incardinen vitalmente en la comunión de la pastoral parroquial y diocesana, para poner a disposición de todos los dones particulares recibidos del Señor, y para someterlos al examen del entero pueblo de Dios. Hasta que esto no suceda, resulta perturbada la vida entera de la Iglesia, tanto la de las comunidades parroquiales como la de los mismos movimientos. Donde, por el contrario, se realiza una eficaz experiencia de comunión y corresponsabilidad, la Iglesia se ofrece a sí misma como signo de esperanza y propuesta alternativa creíble a la disgregación social y ética lamentada por tantos.
3. El tercer sueño es que el retorno festivo de los discípulos de Emaús a Jerusalén para encontrar a los apóstoles se convierta en estímulo para repetir de vez en cuando, en el curso del siglo que se abre, una experiencia de confrontación universal entre los obispos, que sirva para escoger alguno de los temas disciplinares y doctrinales que quizá han resultado poco evocados en estos días, pero que reaparecen periódicamente como puntos calientes en el camino de las iglesias europeas y no sólo europeas. Pienso, en general, en las profundizaciones y en los desarrollos de la eclesiología de la comunicación del Vaticano II. Pienso en la carencia, de algún modo ya dramática, de ministros ordenados y en la creciente dificultad para un obispo de proveer al cuidado de almas en su territorio con suficiente número de ministros del evangelio y de la eucaristía. Pienso en algunos temas referentes al papel de la mujer en la sociedad y en la iglesia, la participación de los seglares en algunas cuestiones, como la responsabilidad ministerial, la sexualidad, la disciplina del matrimonio, la praxis penitencial, las relaciones con las Iglesias hermanas de la ortodoxia, y más en general, la necesidad de reavivar la esperanza ecuménica, pienso en la relación entre democracia y valores, entre leyes civiles y leyes morales".
No pocos de estos temas ya emergieron en Sínodos precedentes, sea generales o especiales, y es importante encontrar lugares e instrumentos adecuados para su atento examen. Para esto no son ciertamente válidas, ni las investigaciones sociológicas ni las recogidas de firmas. Ni los grupos de presión. Y puede que ni tan siquiera un Sínodo pudiera ser suficiente. Algunos de estos puntos probablemente necesitan de un instrumento colegial más universal y autorizado, donde puedan ser afrontados con libertad, en el pleno ejercicio de la colegialidad episcopal, en la escucha del Espíritu y teniendo presente el bien común de la Iglesia y de la humanidad entera.(Continuará)