Miseria moral del bipartidismo criollo
Una de las peores desnaturalizaciones en nuestras incipientes democracias formales ha sido la degeneración hacia un supuesto bipartidismo. Las élites políticas latinoamericanas han tratado de institucionalizar su versión criolla de una alternancia periódica en el reparto del Poder, entre dos partidos tradicionales grandes, con sus respectivas cohortes de rémoras minoritarias (partidos satélites).
Tratando de vendernos como hipotéticos "paradigmas" inevitables de la cultura política moderna en Occidente, nuestro bipartidismo busca su sustento en el tándem Republicano-Demócrata norteamericano y a las bipolaridades cíclicas europeas (Democracia Cristiana-Socialdemocracia). Es una interpretación oportunista más, de un fatalismo político y social fríamente calculado, muy a tono con estos tiempos de retroceso oscurantista. Pero como todo experimento forzado y traído de los pelos, nuestras versiones locales del bipartidismo han carecido del sustento ideológico, de la fuerza de las instituciones sociales y del basamento de una cultura política avanzada, respecto a los contextos foráneos en los cuales más o menos funciona.
En consecuencia, aquí el fenómeno ha degenerado en un simple acuerdo antidemocrático entre bandidos y poderosos, en una confabulación discreta entre los partidos grandes (supuestamente antagónicos), pero dirigidos por unos cuantos grupos de elite, con fuertes lazos históricos, familiares y, sobre todo, de negocios, entre sí. Una recreación, en versión libre, de lo que en tiempos de la Grecia clásica se conocía como la Timocracia, si no estoy equivocado. De más está decir que esta situación ha prohijado toda una secuela de manifestaciones de miseria política y social y que no está en su propia facultad el resolver las anomalías e inequidades que genera, de manera espontánea. Toda la bufonada politiquera criolla y los espectáculos bochornosos de realineamientos, y reacomodos, antes y después de la campaña presidencial y a lo largo de estos tres últimos años, son la mejor manifestación de que, al final, todos los comensales en la fiesta del bipartidismo comen juntos del mismo plato y comparten las mismas taras genéticas (falta de palabra, de honradez y de vergüenza).
Nuestro bipartidismo no es más que un mero bifrontismo (dos caras de la misma cosa), un ciclo regurgitante y cacofónico de sofismas e imposturas, que sirven de sustento al reparto de cuotas de poder (o lo que denominamos vernacularmente como "espacios políticos") entre las cúpulas politiqueras. Esa es su única función real y hasta allí llega su capacidad.
El politólogo español Josep Colomer ha advertido (El País, Madrid, 18/09/2002) sobre este fenómeno que: "... Las graves crisis políticas de Argentina, Colombia y Venezuela muestran la dificultad de que una democracia basada en sólo dos partidos se consolide a largo plazo. La dificultad se acentúa bajo un régimen de división de poderes en el que distintos partidos pueden ganar las elecciones separadas a la presidencia y al Congreso. Si los dos partidos se enfrentan, pueden bloquearse mutuamente y conseguir que nadie gobierne. Si cooperan, se convierten en cómplices de una colusión excluyente que genera movimientos de protesta desde afuera y contra el sistema...".
Las pruebas de que el bipartidismo representa un esquema espurio y en franca ruina y desprestigio, lo vemos en abundantes manifestaciones recientes. Las experiencias de lo que sucedió en Venezuela (candidatura de Hugo Chávez) o Perú (primero Fujimori y después el mismo Toledo) hace algunos años, así como los ejemplos recientes del impresionante ascenso del Partido Acción Ciudadana (PAC, un partido nuevo) en Costa Rica, del triunfo de la candidatura independiente de Álvaro Uribe (que rompió con su propio partido y ganó como opción disidente) en Colombia, el futuro triunfo de Lula en Brasil y los propios resultados de las elecciones ecuatorianas del pasado domingo, demuestran que el esquema del bipartidismo ha sido llevado a la bancarrota en la región.
222 Las pruebas de que el bipartidismo representa un esquema espurio y en franca ruina y desprestigio lo vemos en abundantes manifestaciones recientes...
El fenómeno del rompimiento social contra los acomodos bipartidistas no es uniforme y asume características muy distintas, en los distintos lugares en donde se presenta. Tomando como ejemplo los resultados de la última elección colombiana, el escritor Rubén Torrealba dice que: "...El que entre los... candidatos independientes (electos) haya tanta variedad de opciones, entre el oportunismo y la búsqueda de una opción de compromiso...indica simplemente que...(los electores) han buscado el camino de la ruptura con el bipartidismo, pero que en el camino hacia esa ruptura definitiva, aún queda por dilucidar quienes van hasta las ultimas consecuencias y quienes se quedan regateando por el camino..." Lo peligroso es que esta ruptura se puede dar en medio de situaciones que conduzcan a un caos o que empeoren el cuadro anárquico en sociedades ya de por sí demasiado agredidas y convulsas. Por eso, las opciones alternativas tienen que ser muy claras en la naturaleza y márgenes de su compromiso con el electorado descontento.
Aquí en Panamá, todas las encuestas serias (y no las prefabricadas, ordenadas "a la carta" por los partidos de gobierno y de oposición) señalan que el elector panameño está bastante harto de la alternancia de las mismas castas caciquistas y de los mismos tartufos. Estamos, consciente o intuitivamente, hastiados de estos políticos que se han arropado en la obsecuencia al dinero y que han medrado y malvivido de la política, explotando la corta memoria de un electorado descuidado. Esto, para bien o para mal, está cambiando. El caudal de votos del Papá Egoró en el 94 y de Acción Opositora en el "99 han indicado esta clara tendencia, que posiblemente alcanzará su clímax en las elecciones de 2003.
Por eso, la responsabilidad actual de Alberto Vallarino ante el electorado panameño es doblemente seria. Por un lado, la viabilidad de su candidatura y de sus opciones de triunfo vienen cada vez más condicionadas a una opción rupturista frente al bipartidismo. Aún cuando se siga vacilando en torno a este aspecto, muchos creemos que el mejor favor que le puede hacer el oficialismo a Alberto Vallarino es obligarlo a correr como independiente.
Por otro lado, esta situación (el posible triunfo de una candidatura alternativa) encarna una responsabilidad muy importante, en el sentido de que forzará a estructurar una propuesta de campaña (y de Gobierno) que esté a la altura de las expectativas de un enorme electorado que se define cada vez más como independiente y que no quiere ver ni aceptará más de lo mismo (intereses, compromisos, apellidos, contubernios, consulados, corruptelas, políticas retrógradas, demagogia, etc.). La realidad de nuestros problemas no admite más dilaciones. Ni este pueblo y país pueden soportar más defraudaciones materiales o morales.
Tal como manifestó el Sr. Juan B. Gómez en días pasados y en este mismo diario: "...El pueblo panameño quiere en el poder a una figura nueva, que no sea gobiernista ni perredista. Y ese líder indiscutible es Alberto Vallarino, quien se ha convertido en la primera fuerza política del país...". Muchos (cada vez más) pensamos que tiene la razón y estamos a la espera, expectantes. Alberto Vallarino tiene la palabra.
(luis.wong@eudoramail.com)
Tratando de vendernos como hipotéticos "paradigmas" inevitables de la cultura política moderna en Occidente, nuestro bipartidismo busca su sustento en el tándem Republicano-Demócrata norteamericano y a las bipolaridades cíclicas europeas (Democracia Cristiana-Socialdemocracia). Es una interpretación oportunista más, de un fatalismo político y social fríamente calculado, muy a tono con estos tiempos de retroceso oscurantista. Pero como todo experimento forzado y traído de los pelos, nuestras versiones locales del bipartidismo han carecido del sustento ideológico, de la fuerza de las instituciones sociales y del basamento de una cultura política avanzada, respecto a los contextos foráneos en los cuales más o menos funciona.
En consecuencia, aquí el fenómeno ha degenerado en un simple acuerdo antidemocrático entre bandidos y poderosos, en una confabulación discreta entre los partidos grandes (supuestamente antagónicos), pero dirigidos por unos cuantos grupos de elite, con fuertes lazos históricos, familiares y, sobre todo, de negocios, entre sí. Una recreación, en versión libre, de lo que en tiempos de la Grecia clásica se conocía como la Timocracia, si no estoy equivocado. De más está decir que esta situación ha prohijado toda una secuela de manifestaciones de miseria política y social y que no está en su propia facultad el resolver las anomalías e inequidades que genera, de manera espontánea. Toda la bufonada politiquera criolla y los espectáculos bochornosos de realineamientos, y reacomodos, antes y después de la campaña presidencial y a lo largo de estos tres últimos años, son la mejor manifestación de que, al final, todos los comensales en la fiesta del bipartidismo comen juntos del mismo plato y comparten las mismas taras genéticas (falta de palabra, de honradez y de vergüenza).
Nuestro bipartidismo no es más que un mero bifrontismo (dos caras de la misma cosa), un ciclo regurgitante y cacofónico de sofismas e imposturas, que sirven de sustento al reparto de cuotas de poder (o lo que denominamos vernacularmente como "espacios políticos") entre las cúpulas politiqueras. Esa es su única función real y hasta allí llega su capacidad.
El politólogo español Josep Colomer ha advertido (El País, Madrid, 18/09/2002) sobre este fenómeno que: "... Las graves crisis políticas de Argentina, Colombia y Venezuela muestran la dificultad de que una democracia basada en sólo dos partidos se consolide a largo plazo. La dificultad se acentúa bajo un régimen de división de poderes en el que distintos partidos pueden ganar las elecciones separadas a la presidencia y al Congreso. Si los dos partidos se enfrentan, pueden bloquearse mutuamente y conseguir que nadie gobierne. Si cooperan, se convierten en cómplices de una colusión excluyente que genera movimientos de protesta desde afuera y contra el sistema...".
Las pruebas de que el bipartidismo representa un esquema espurio y en franca ruina y desprestigio, lo vemos en abundantes manifestaciones recientes. Las experiencias de lo que sucedió en Venezuela (candidatura de Hugo Chávez) o Perú (primero Fujimori y después el mismo Toledo) hace algunos años, así como los ejemplos recientes del impresionante ascenso del Partido Acción Ciudadana (PAC, un partido nuevo) en Costa Rica, del triunfo de la candidatura independiente de Álvaro Uribe (que rompió con su propio partido y ganó como opción disidente) en Colombia, el futuro triunfo de Lula en Brasil y los propios resultados de las elecciones ecuatorianas del pasado domingo, demuestran que el esquema del bipartidismo ha sido llevado a la bancarrota en la región.
222 Las pruebas de que el bipartidismo representa un esquema espurio y en franca ruina y desprestigio lo vemos en abundantes manifestaciones recientes...
El fenómeno del rompimiento social contra los acomodos bipartidistas no es uniforme y asume características muy distintas, en los distintos lugares en donde se presenta. Tomando como ejemplo los resultados de la última elección colombiana, el escritor Rubén Torrealba dice que: "...El que entre los... candidatos independientes (electos) haya tanta variedad de opciones, entre el oportunismo y la búsqueda de una opción de compromiso...indica simplemente que...(los electores) han buscado el camino de la ruptura con el bipartidismo, pero que en el camino hacia esa ruptura definitiva, aún queda por dilucidar quienes van hasta las ultimas consecuencias y quienes se quedan regateando por el camino..." Lo peligroso es que esta ruptura se puede dar en medio de situaciones que conduzcan a un caos o que empeoren el cuadro anárquico en sociedades ya de por sí demasiado agredidas y convulsas. Por eso, las opciones alternativas tienen que ser muy claras en la naturaleza y márgenes de su compromiso con el electorado descontento.
Aquí en Panamá, todas las encuestas serias (y no las prefabricadas, ordenadas "a la carta" por los partidos de gobierno y de oposición) señalan que el elector panameño está bastante harto de la alternancia de las mismas castas caciquistas y de los mismos tartufos. Estamos, consciente o intuitivamente, hastiados de estos políticos que se han arropado en la obsecuencia al dinero y que han medrado y malvivido de la política, explotando la corta memoria de un electorado descuidado. Esto, para bien o para mal, está cambiando. El caudal de votos del Papá Egoró en el 94 y de Acción Opositora en el "99 han indicado esta clara tendencia, que posiblemente alcanzará su clímax en las elecciones de 2003.
Por eso, la responsabilidad actual de Alberto Vallarino ante el electorado panameño es doblemente seria. Por un lado, la viabilidad de su candidatura y de sus opciones de triunfo vienen cada vez más condicionadas a una opción rupturista frente al bipartidismo. Aún cuando se siga vacilando en torno a este aspecto, muchos creemos que el mejor favor que le puede hacer el oficialismo a Alberto Vallarino es obligarlo a correr como independiente.
Por otro lado, esta situación (el posible triunfo de una candidatura alternativa) encarna una responsabilidad muy importante, en el sentido de que forzará a estructurar una propuesta de campaña (y de Gobierno) que esté a la altura de las expectativas de un enorme electorado que se define cada vez más como independiente y que no quiere ver ni aceptará más de lo mismo (intereses, compromisos, apellidos, contubernios, consulados, corruptelas, políticas retrógradas, demagogia, etc.). La realidad de nuestros problemas no admite más dilaciones. Ni este pueblo y país pueden soportar más defraudaciones materiales o morales.
Tal como manifestó el Sr. Juan B. Gómez en días pasados y en este mismo diario: "...El pueblo panameño quiere en el poder a una figura nueva, que no sea gobiernista ni perredista. Y ese líder indiscutible es Alberto Vallarino, quien se ha convertido en la primera fuerza política del país...". Muchos (cada vez más) pensamos que tiene la razón y estamos a la espera, expectantes. Alberto Vallarino tiene la palabra.
(luis.wong@eudoramail.com)