Mitch, luces y sombras
Ciudad de Guatemala/AIPE- Tan grande como es el espíritu humano, la fragilidad del hombre y sus obras se evidencia frente a los fenómenos de la naturaleza, quizás rivalizados solamente -qué paradoja- por la capacidad
destructiva del hombre mismo. El huracán Mitch puso de relieve, particularmente en Centroamérica, la fuerza incontenible de la naturaleza, dejando tras de sí miles de muertos y daños de magnitud extraordinaria. Las inundaciones, los aludes, los ríos desbordados, literalmente arrasaron con viviendas, puentes, edificios, plantaciones y demás.
Pero indiscutiblemente, frente a tamaño desastre y a cierta distancia de los acontecimientos, conviene reflexionar sobre algunos de los aspectos que se relacionan con esa negra pesadilla. Nadie podrá devolver a la vida a los que se fueron y, seguramente, muchas personas vieron esfumarse ante sus ojos lo que quizás sería el fruto de su esfuerzo de toda una vida. Tal vez no sería mucho en términos absolutos, porque los más pobres perdieron más.
Una de las luces que brilló tras la noche oscura de la tormenta fue la solidaridad humana, de miles de personas tanto en los países damnificados, como en otros vecinos y lejanos. Fue todo ello como una hermosa y dulce melodía que suavizó el dolor de muchas personas.
Otra de las luces que, específicamente en Guatemala, vale la pena resaltar -y todo ello sin pasar por alto lo que tantos padecieron- es que gracias a cierta transformación que varias actividades importantes experimentaron en el país a lo largo de más o menos unos 10 años, realmente la nación está en pie y la actividad económica y social siguió adelante. La red vial, por ejemplo, que sufrió daños importantes, tanto a lo largo de la cinta asfáltica como en lo que toca a los puentes y otras estructuras, fue restaurada y quedó plenamente funcional en cosa de 72 horas, en buena medida debido a que el Ministerio de Comunicaciones y Obras Públicas, contra viento y marea, tuvo el tino de contratar los servicios de construcción y mantenimiento de caminos con empresas privadas especializadas desde hace unos dos años y medio.
En materia de energía eléctrica, el mercado guatemalteco se desmonopolizó recientemente y, aunque la ley que rige el sistema es perfectible, el caso es que el fluido eléctrico se mantuvo en todo momento, debido en gran parte al funcionamiento de generadores privados. Una buena parte de la ayuda que se recibió en especie (medicinas, mantas, tiendas de campaña, alimentos, etc.) se transportó por la Fuerza Aérea, con el apoyo incluso de sus homólogas de otros países, de manera eficaz. Pero el complemento insustituible vino determinado por una amplia flotilla de aviación civil, que no existiría en el país si, como en otros países de la región, se hubiera penalizado su importación con aranceles prohibitivos. En materia de combustibles también se abrió el mercado a una libre comercialización y, aunque el régimen legal respectivo habrá de evolucionar todavía a mayores grados de simplicidad y apertura, el hecho es que la economía y todas las actividades que dependen de ésto, continuaron funcionando sin problemas, puesto que los diversos importadores y comercializadores tenían, en conjunto, algo así como veinticinco días de reservas, con la industria funcionando a toda su capacidad.
Todo lo anterior sería malentendido si se tomara como una actitud triunfalista, o incluso presuntuosa. Nada de eso. Muchas personas sufrieron lo inenarrable y otras dejaron tras de sí viudas e hijos huérfanos y todo eso, junto con las pérdidas materiales que fueron tan importantes, se lamenta profundamente y no puede menos que hacer brotar sentimientos de solidaridad y de compasión por los que más sufrieron. El matiz que aquí se intenta dar es otro: el acierto en cuanto al diseño de las instituciones económicas y jurídicas de un país puede significar la diferencia, también cuando se trata de Mitch o fenómenos parecidos.
destructiva del hombre mismo. El huracán Mitch puso de relieve, particularmente en Centroamérica, la fuerza incontenible de la naturaleza, dejando tras de sí miles de muertos y daños de magnitud extraordinaria. Las inundaciones, los aludes, los ríos desbordados, literalmente arrasaron con viviendas, puentes, edificios, plantaciones y demás.
Pero indiscutiblemente, frente a tamaño desastre y a cierta distancia de los acontecimientos, conviene reflexionar sobre algunos de los aspectos que se relacionan con esa negra pesadilla. Nadie podrá devolver a la vida a los que se fueron y, seguramente, muchas personas vieron esfumarse ante sus ojos lo que quizás sería el fruto de su esfuerzo de toda una vida. Tal vez no sería mucho en términos absolutos, porque los más pobres perdieron más.
Una de las luces que brilló tras la noche oscura de la tormenta fue la solidaridad humana, de miles de personas tanto en los países damnificados, como en otros vecinos y lejanos. Fue todo ello como una hermosa y dulce melodía que suavizó el dolor de muchas personas.
Otra de las luces que, específicamente en Guatemala, vale la pena resaltar -y todo ello sin pasar por alto lo que tantos padecieron- es que gracias a cierta transformación que varias actividades importantes experimentaron en el país a lo largo de más o menos unos 10 años, realmente la nación está en pie y la actividad económica y social siguió adelante. La red vial, por ejemplo, que sufrió daños importantes, tanto a lo largo de la cinta asfáltica como en lo que toca a los puentes y otras estructuras, fue restaurada y quedó plenamente funcional en cosa de 72 horas, en buena medida debido a que el Ministerio de Comunicaciones y Obras Públicas, contra viento y marea, tuvo el tino de contratar los servicios de construcción y mantenimiento de caminos con empresas privadas especializadas desde hace unos dos años y medio.
En materia de energía eléctrica, el mercado guatemalteco se desmonopolizó recientemente y, aunque la ley que rige el sistema es perfectible, el caso es que el fluido eléctrico se mantuvo en todo momento, debido en gran parte al funcionamiento de generadores privados. Una buena parte de la ayuda que se recibió en especie (medicinas, mantas, tiendas de campaña, alimentos, etc.) se transportó por la Fuerza Aérea, con el apoyo incluso de sus homólogas de otros países, de manera eficaz. Pero el complemento insustituible vino determinado por una amplia flotilla de aviación civil, que no existiría en el país si, como en otros países de la región, se hubiera penalizado su importación con aranceles prohibitivos. En materia de combustibles también se abrió el mercado a una libre comercialización y, aunque el régimen legal respectivo habrá de evolucionar todavía a mayores grados de simplicidad y apertura, el hecho es que la economía y todas las actividades que dependen de ésto, continuaron funcionando sin problemas, puesto que los diversos importadores y comercializadores tenían, en conjunto, algo así como veinticinco días de reservas, con la industria funcionando a toda su capacidad.
Todo lo anterior sería malentendido si se tomara como una actitud triunfalista, o incluso presuntuosa. Nada de eso. Muchas personas sufrieron lo inenarrable y otras dejaron tras de sí viudas e hijos huérfanos y todo eso, junto con las pérdidas materiales que fueron tan importantes, se lamenta profundamente y no puede menos que hacer brotar sentimientos de solidaridad y de compasión por los que más sufrieron. El matiz que aquí se intenta dar es otro: el acierto en cuanto al diseño de las instituciones económicas y jurídicas de un país puede significar la diferencia, también cuando se trata de Mitch o fenómenos parecidos.