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Modernizar también la salud


Nunca me he arrepentido de haber sido médico, a pesar de que es una profesión con un trabajo forzado, difícil y demasiada responsabilidad. Así mismo es bonito y trae una serie de satisfacciones que recompensan las trasnochadas y horas de trabajo arduo. A pesar de haberme retirado de mi profesión hace muchos años, todavía encuentro personas que me dicen que fueron mis pacientes, que los operé, que les atendí sus hijos. Realmente me alegra mucho, aunque no los recuerde a lo largo de los años, pero aún viven y en esto tomé participación. Tal vez por esto, por haber trabajado casi 40 años con pacientes de toda clase, siento dolor cuando me entero los trabajos que pasan los pobres o más necesitados.
Tanto en Salud Pública como en el Seguro Social (ya que pareciera que estos pacientes son gratis por la forma en que son atendidos), la gente humilde que allí concurre sufre desprecios y hasta vejaciones porque reclaman su derecho adquirido de ser atendidos como Dios manda. Algunos se sublevan y responden, pero la mayoría calla y soporta estoicamente estas situaciones. Por otro lado, pareciera que de nada sirven las protestas porque no se arregla nada ni se modernizan los programas de atención, de proveer medicamentos, citas a tiempo, exámenes especializados. Si una persona necesita una radiografía y le dan el cupo para dentro de tres meses, ¿qué puede suceder en ese lapso de tiempo? Y si el caso es serio, ¿cuánto tiempo se pierde que lleva a la muerte del paciente? Si tomamos en cuenta que la salud es lo más preciado que tiene el ser humano, no debemos exponer a esos pacientes que, si buscan atención en esos centros hospitalarios es porque no pueden pagar la privada, a tanta desatención.
Comenzamos con las secretarias, que son el primer encuentro; la mayoría son malcriadas y no tienen noción de dar un trato humano a esos pacientes. No hacen un favor, aunque vean que la persona lo necesita. Luego viene la atención de algunos médicos que de esto ya hablé en otra columna. Vienen los exámenes y las medicinas que no hay casi nunca. De necesitar una cirugía, más vale que vayan sentándose a esperar el cupo.
Quisiera que las autoridades salieran un poco más de sus oficinas y observaran lo que sucede allá abajo; allá donde sufre la gente que necesita atención médica. La medicina humanística se está perdiendo. Pero, cuando se nombra personas que no conocen cómo debe manejarse ese terreno, sólo solucionan las finanzas. Si nombran médicos, sólo ven la parte de atención de salud y saben poco de finanzas. Por esto siempre he propugnado por dividir la dirección de las entidades de salud y darle a cada uno lo que le toca, así como lo que le corresponde.
Sugeriría que le dieran más importancia a la organización administrativa, a buscar un sistema moderno para otorgar cupos, para compras, para licitaciones; que aumenten los presupuestos del sector salud al igual que el de educación. Que se sopese bien las personas que se nombran en los cargos; que se exija una formación administrativa en salud; que los administradores de hospitales sean verdaderamente esto; que le enseñen relaciones humanas a los que deben tratar con público, que se le dé autonomía a las instituciones y se terminen los nombramientos políticos para ayudar amistades y copartidarios. Exigir concurso para los altos puestos y también para los medianos importantes con relación con pacientes.
Las instituciones de salud no deben politizarse; deben apartarse del manejo del resto del gobierno. En salud es imprescindible acabar la burocracia que permite, por poner un caso, se demoren compras de medicinas hasta seis meses y, cuando es indispensable la compra de un equipo urgente, se eliminen los 17 pasos para una licitación. Sugiero que las personas que estén al frente, no sólo el principal sino todos, sean serios, responsables, de confianza para realizar el trabajo.
Sólo así sacaremos a las instituciones de salud de donde están y lograremos dar mejor atención a los pobres y necesitados.
¡Pobres pobres! Hacen malabarismos para respirar menos, porque el costo de la vida sube. Perdieron lo único que era gratis, pues el que no-paga no-respira, así como el que no trabaja no come. Se hinchan las mansiones como globos aerostáticos y en cambio, desfallecen las casuchas desinfladas.
Federico despierta de la pesadilla con una sensación de ahogo. Casi no puede respirar. Se levanta y se quita la camiseta mojada de sudor. Todo está en silencio en la habitación.
Va al baño y se asea. Se viste y busca algo para desayunar en la cocina. Continúa la sensación de ahogo. Enciende el abanico eléctrico en el nivel más fuerte. Escucha a lo lejos los vendedores callejeros, cuyas voces suenan como el cruzar de espadas: ¡Bollos! ¡Sandías! ¡Pescao! ¡Melones! ¡Prensa! ¡Se afilan cuchillos! ¡Aire, aire barato!
Un jadeo caliente en la cara lo despierta. Es su perro que lo olfatea. Se pellizca los brazos para estar seguro que es de verdad. Se asoma al portal y acaricia al can. Una cometa coloreada cabecea en el azul del cielo.
(raulleisr@hotmail.com)

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