Momentos estelares de la nación
Fui invitado por la sociedad “Volvamos a la decencia por Panamá” para hablar sobre nuestros grandes valores nacionales. De ese discurso extraigo los siguientes párrafos: Con frecuencia se suele confundir los términos país y nación; pero no son sinónimos. La nación es mucho más que el país. El país es territorio y habitantes; y la nación es eso y mucho más. No todos los países son naciones y hay naciones que han dejado de serlo. Vamos a decir que los países son naciones en los momentos estelares de su vida.
Hablar de un sincero nacionalismo, es lo mismo que hablar del patriotismo igualmente sincero. Esos sí son términos sinónimos. Yo he dicho en otras ocasiones, que no creo en el patriotismo que hace mucho ruido. En el fondo de ese nacionalismo bullanguero no hay más que demagogia. Y, como lo dijo Ortega y Gasset, la demagogia ha sido la estranguladora de civilizaciones. El gran ensayista español escribió: “Los demagogos han sido los grandes estranguladores de civilizaciones. La griega y la romana sucumbieron a manos de esta fauna repugnante que hacía exclamar a Macaulay: “En todos los siglos, los ejemplos más viles de la naturaleza humana se han encontrado entre los demagogos”.
Según el Diccionario de la Academia Española, el nacionalismo es la doctrina que exalta en todos los órdenes la personalidad nacional completa, o lo que reputan como tal los partidarios de ella. Otra acepción señala que es la aspiración o tendencia de un pueblo o raza a constituirse en estado autónomo...
Hay que hablar con cuidado del nacionalismo, porque hay fanáticos que trabajan estas ideologías para llevarlas a tremendos desafueros. No olvidemos el nacional socialismo, totalitario y racista fundado por Adolfo Hitler. La demagogia del dictador alemán, con sus extremos nacionalistas, llevó a la humanidad a una de sus más dolorosas hecatombes.
Pero me han invitado a hablar sobre los valores de la nacionalidad panameña. José Isaac Fábrega escribió en 1956 un ensayo titulado: ¿Es Panamá una nación? El brillante pensador panameño sostenía que para que nuestro país fuera una Nación, debía existir “un solo hombre panameño, sentado sobre unidad de geografía, con la unidad de espíritu...” Yo estuve de acuerdo con la visión general de Fábrega, pero observé que los países no adquirían su concepto de nación para siempre: el hecho de que un país sea nación en un momento dado, no garantiza que ésta sea una condición permanente, sino fluctuante, en su devenir histórico. Se dirá que hay países que siempre han sido y son naciones; puede ser, pero en cuanto al nuestro, no siempre lo ha sido.
No creo que durante la larga dictadura que agobió al pueblo panameño, aquí se viera triunfante un genuino estado nacional. Digan lo que quieran, pero ninguna dictadura, y menos con las características feroces que tuvo la nuestra, puede dar asiento a un sincero nacionalismo. Lo que nosotros tuvimos fue un nacionalismo bullanguero y jactancioso, en el cual no creímos nunca.
Y en cambio, sí creo que el pueblo panameño vivió momentos estelares de su nacionalidad, en enero de 1964, cuando se sintió vibrar, al unísono, el espíritu de los panameños por la tragedia que se escenificó cuando un grupo de jóvenes trató de que nuestra bandera flameara en la Zona del Canal. Ese fue el momento estelar de nuestra nacionalidad; como lo fue el gesto del presidente Chiari al romper relaciones con Estados Unidos, como protesta por los crímenes cometidos por ese país en el nuestro. Y también cuando el presidente Chiari -el mismo día que tomó posesión del poder- renunció a todos los sueldos que devengaría durante su administración. ¡Ahí sí hubo un nacionalismo sentido y sincero!
Cuando yo hablo de la nación panameña veo al presidente Harmodio Arias llegar a la Casa Blanca a hablar con el presidente Roosevelt sobre los motivos más altos de nuestra dignidad nacional. “Entró en mi despacho -escribió Roosevelt- un hombre de aspecto insignificante, pequeño y delgaducho. Pero, conforme iba expresando sus puntos de vista, apoyados en razones inobjetables, ese hombrecito se iba creciendo ante mí hasta convertirse en un gigante. Nunca olvidaré al presidente Harmodio Arias de Panamá”.
Cuando yo hablo de Panamá como nación, recuerdo lo que escribió Gil Blas Tejeira, que ocurrió en un congreso de la lengua española en México. Decía el gran periodista, que cuando el doctor Ricardo J. Alfaro entró en la sala del congreso, todos los asistentes se pusieron de pie. ¡Qué orgullo sintió él de ser panameño al ver el respeto con que saludaron a nuestro compatriota!
Yo pensé en un sincero nacionalismo cuando me enteré de que en el extranjero un grupo de compatriotas se reunía con el propósito de regresar a Panamá, a fundar un periódico que lucharía contra la dictadura y por la libertad. Yo imaginaba a Roberto Eisennman, a Guillermo Sánchez Borbón, a Winston Robles, a Chinchorro Carles, a Billy Ford, a Miguel Antonio Bernal, y a muchos otros panameños soñando desde el destierro con una patria grande.
Yo vi un honrado nacionalismo en el gesto de Aristides Romero, quien al ser nombrado Ministro de Obras Públicas, envió a todas sus empresas la orden de que, mientras él fuera ministro, en ninguna de ellas se debían hacer negocios con el Estado.
También sentí una gran manifestación nacionalista, al ver que una ola de panameños iba creciendo en las protestas contra la dictadura de Noriega.
Había una causa noble que unió a los panameños: acabar de una vez por todas con esa siniestra y criminal manera de gobernar. Y cuando vimos a Endara y a Ford, ensangrentados por la canalla arrastradora de Noriega, los vimos convertidos en un gran símbolo de nuestro nacionalismo.
Y aunque parezca una frivolidad de nuestra parte, creemos que cuando el boxeador “Mano de Piedra” Durán peleaba, dentro o fuera del país, nuestra conciencia nacional se unificaba ante la enorme expectación del evento. Mano de Piedra fue, pues, en un tiempo dado, un símbolo del más sincero y ardiente nacionalismo.
Quiero que quede bien claro en quiénes pienso cuando hablo de nuestros valores nacionales. Cuando yo hablo de los grandes nacionalistas panameños, hablo de Justo Arosemena, Belisario Porras, Ricardo J. Alfaro, Harmodio Arias, José Isaac Fábrega, Octavio Méndez Pereira, Eusebio A. Morales, Narciso Garay, Juan Demóstenes Arosemena, Guillermo Andreve; hablo, señores, de los próceres que nos dieron la independencia; hablo de los grandes patriotas de nuestro país.
Y quiero también dejar bien claro, que no considero ni nacionalistas ni patriotas a quienes en el poder conculcaron todas las libertades, clausuraron todos los periódicos de oposición, liquidaron los partidos políticos, y asesinaron, secuestraron, persiguieron y desterraron a los otros panameños.
Para los que utilizaron el poder para enriquecerse personalmente, para la estafa y el bolsillismo, para toda clase de maquinaciones fraudulentas, para esos debemos tener sólo un ¡Nunca más!
El nacionalismo panameño ha tenido, pues, momentos de gran esplendor, pero también dolorosos y oscuros eclipses...¿Es Panamá una nación? - preguntaba José Isaac Fábrega-; y digamos con él, que nuestro país será una nación cuando el alma nacional se eleve sin pequeñeces en una alta misión patriótica. Cuando sea el panameño un solo hombre “sentado sobre unidad de geografía, con la unidad de su espíritu”.
“Y entonces -enfatizaba Fábrega- a la pregunta ¿Panamá es una nación! podremos contestar concienzudamente, con júbilo y con orgullo: “Panamá era en su elemento humano una nación de retazos, o una nación parcial y trunca. Panamá ahora es la nación: porque es la nación completa”.
A juicio mío, Panamá ha sido y no ha sido una nación en muchos episodios de su historia. Pero que en lo más hondo y sincero de nuestros pensamientos y acciones, queremos que sea siempre una Nación.
Hablar de un sincero nacionalismo, es lo mismo que hablar del patriotismo igualmente sincero. Esos sí son términos sinónimos. Yo he dicho en otras ocasiones, que no creo en el patriotismo que hace mucho ruido. En el fondo de ese nacionalismo bullanguero no hay más que demagogia. Y, como lo dijo Ortega y Gasset, la demagogia ha sido la estranguladora de civilizaciones. El gran ensayista español escribió: “Los demagogos han sido los grandes estranguladores de civilizaciones. La griega y la romana sucumbieron a manos de esta fauna repugnante que hacía exclamar a Macaulay: “En todos los siglos, los ejemplos más viles de la naturaleza humana se han encontrado entre los demagogos”.
Según el Diccionario de la Academia Española, el nacionalismo es la doctrina que exalta en todos los órdenes la personalidad nacional completa, o lo que reputan como tal los partidarios de ella. Otra acepción señala que es la aspiración o tendencia de un pueblo o raza a constituirse en estado autónomo...
Hay que hablar con cuidado del nacionalismo, porque hay fanáticos que trabajan estas ideologías para llevarlas a tremendos desafueros. No olvidemos el nacional socialismo, totalitario y racista fundado por Adolfo Hitler. La demagogia del dictador alemán, con sus extremos nacionalistas, llevó a la humanidad a una de sus más dolorosas hecatombes.
Pero me han invitado a hablar sobre los valores de la nacionalidad panameña. José Isaac Fábrega escribió en 1956 un ensayo titulado: ¿Es Panamá una nación? El brillante pensador panameño sostenía que para que nuestro país fuera una Nación, debía existir “un solo hombre panameño, sentado sobre unidad de geografía, con la unidad de espíritu...” Yo estuve de acuerdo con la visión general de Fábrega, pero observé que los países no adquirían su concepto de nación para siempre: el hecho de que un país sea nación en un momento dado, no garantiza que ésta sea una condición permanente, sino fluctuante, en su devenir histórico. Se dirá que hay países que siempre han sido y son naciones; puede ser, pero en cuanto al nuestro, no siempre lo ha sido.
No creo que durante la larga dictadura que agobió al pueblo panameño, aquí se viera triunfante un genuino estado nacional. Digan lo que quieran, pero ninguna dictadura, y menos con las características feroces que tuvo la nuestra, puede dar asiento a un sincero nacionalismo. Lo que nosotros tuvimos fue un nacionalismo bullanguero y jactancioso, en el cual no creímos nunca.
Y en cambio, sí creo que el pueblo panameño vivió momentos estelares de su nacionalidad, en enero de 1964, cuando se sintió vibrar, al unísono, el espíritu de los panameños por la tragedia que se escenificó cuando un grupo de jóvenes trató de que nuestra bandera flameara en la Zona del Canal. Ese fue el momento estelar de nuestra nacionalidad; como lo fue el gesto del presidente Chiari al romper relaciones con Estados Unidos, como protesta por los crímenes cometidos por ese país en el nuestro. Y también cuando el presidente Chiari -el mismo día que tomó posesión del poder- renunció a todos los sueldos que devengaría durante su administración. ¡Ahí sí hubo un nacionalismo sentido y sincero!
Cuando yo hablo de la nación panameña veo al presidente Harmodio Arias llegar a la Casa Blanca a hablar con el presidente Roosevelt sobre los motivos más altos de nuestra dignidad nacional. “Entró en mi despacho -escribió Roosevelt- un hombre de aspecto insignificante, pequeño y delgaducho. Pero, conforme iba expresando sus puntos de vista, apoyados en razones inobjetables, ese hombrecito se iba creciendo ante mí hasta convertirse en un gigante. Nunca olvidaré al presidente Harmodio Arias de Panamá”.
Cuando yo hablo de Panamá como nación, recuerdo lo que escribió Gil Blas Tejeira, que ocurrió en un congreso de la lengua española en México. Decía el gran periodista, que cuando el doctor Ricardo J. Alfaro entró en la sala del congreso, todos los asistentes se pusieron de pie. ¡Qué orgullo sintió él de ser panameño al ver el respeto con que saludaron a nuestro compatriota!
Yo pensé en un sincero nacionalismo cuando me enteré de que en el extranjero un grupo de compatriotas se reunía con el propósito de regresar a Panamá, a fundar un periódico que lucharía contra la dictadura y por la libertad. Yo imaginaba a Roberto Eisennman, a Guillermo Sánchez Borbón, a Winston Robles, a Chinchorro Carles, a Billy Ford, a Miguel Antonio Bernal, y a muchos otros panameños soñando desde el destierro con una patria grande.
Yo vi un honrado nacionalismo en el gesto de Aristides Romero, quien al ser nombrado Ministro de Obras Públicas, envió a todas sus empresas la orden de que, mientras él fuera ministro, en ninguna de ellas se debían hacer negocios con el Estado.
También sentí una gran manifestación nacionalista, al ver que una ola de panameños iba creciendo en las protestas contra la dictadura de Noriega.
Había una causa noble que unió a los panameños: acabar de una vez por todas con esa siniestra y criminal manera de gobernar. Y cuando vimos a Endara y a Ford, ensangrentados por la canalla arrastradora de Noriega, los vimos convertidos en un gran símbolo de nuestro nacionalismo.
Y aunque parezca una frivolidad de nuestra parte, creemos que cuando el boxeador “Mano de Piedra” Durán peleaba, dentro o fuera del país, nuestra conciencia nacional se unificaba ante la enorme expectación del evento. Mano de Piedra fue, pues, en un tiempo dado, un símbolo del más sincero y ardiente nacionalismo.
Quiero que quede bien claro en quiénes pienso cuando hablo de nuestros valores nacionales. Cuando yo hablo de los grandes nacionalistas panameños, hablo de Justo Arosemena, Belisario Porras, Ricardo J. Alfaro, Harmodio Arias, José Isaac Fábrega, Octavio Méndez Pereira, Eusebio A. Morales, Narciso Garay, Juan Demóstenes Arosemena, Guillermo Andreve; hablo, señores, de los próceres que nos dieron la independencia; hablo de los grandes patriotas de nuestro país.
Y quiero también dejar bien claro, que no considero ni nacionalistas ni patriotas a quienes en el poder conculcaron todas las libertades, clausuraron todos los periódicos de oposición, liquidaron los partidos políticos, y asesinaron, secuestraron, persiguieron y desterraron a los otros panameños.
Para los que utilizaron el poder para enriquecerse personalmente, para la estafa y el bolsillismo, para toda clase de maquinaciones fraudulentas, para esos debemos tener sólo un ¡Nunca más!
El nacionalismo panameño ha tenido, pues, momentos de gran esplendor, pero también dolorosos y oscuros eclipses...¿Es Panamá una nación? - preguntaba José Isaac Fábrega-; y digamos con él, que nuestro país será una nación cuando el alma nacional se eleve sin pequeñeces en una alta misión patriótica. Cuando sea el panameño un solo hombre “sentado sobre unidad de geografía, con la unidad de su espíritu”.
“Y entonces -enfatizaba Fábrega- a la pregunta ¿Panamá es una nación! podremos contestar concienzudamente, con júbilo y con orgullo: “Panamá era en su elemento humano una nación de retazos, o una nación parcial y trunca. Panamá ahora es la nación: porque es la nación completa”.
A juicio mío, Panamá ha sido y no ha sido una nación en muchos episodios de su historia. Pero que en lo más hondo y sincero de nuestros pensamientos y acciones, queremos que sea siempre una Nación.