Momentos luminosos
Son ráfagas de luz que sorprenden al alma y permiten ver la realidad de manera nueva. Son momentos cumbres que te trasladan a un reino de lucidez iluminada, donde todo se ve como cuando un relámpago cruza el cielo, descubriendo detalles con mucha claridad, volviendo después a ese claro oscuro que domina la vida ordinaria. El que para nosotros era un enemigo insoportable, que hacía revolvernos las entrañas de cólera e indignación, es visto por ese fogonazo luminoso como un pobre hombre que inspira compasión por sus traumas y como un ser frustrado al que no hay que poner atención a sus expresiones dañinas. Gracias a esas experiencias espirituales uno puede ver en los que hacen el mal, gente enferma, necesitada de Dios, y que desahogan de mala manera su corazón confundido y aturdido. Esto da pie para perdonar setenta veces siete y no cometer locuras de venganza que nos hunden ante Dios.
Son estos momentos, luces que vienen de lo alto y nos dan sabiduría para comprender que todo sufrimiento tiene sentido porque nos hace madurar y crecer. Así uno puede contemplar una larga enfermedad, o un descalabro económico o la muerte de un ser querido dentro del marco de un proceso de ascensión al reino de lo divino, donde las cruces son medios de perfección que nos identifican con Cristo crucificado. Gracias a esos momentos luminosos uno puede ver la muerte como un paso necesario para el encuentro definitivo con Dios y la felicidad infinita.
La iluminación o alcance más profundo de la conciencia de lo misterioso, nos hace ver que el alma y la vida interior existen y desde allí uno trasciende lo inmediato y tangible y ocupa un lugar en el mundo del espíritu, que de hecho es de dónde venimos y hacia dónde vamos. Sin saberlo, nos desenvolvemos en esa dimensión espiritual. En momentos especiales nos damos cuenta de que somos seres espirituales encarnados en una realidad y que detrás de este mundo de los fenómenos físicos, hay un mundo espiritual que es el que decide todo. Para poder llegar a tener esas experiencias conscientes, la oración profunda, la meditación, la lectura de la Palabra de Dios y la vivencia eucarística comunitaria son extremadamente importantes.
(Sigue el próximo sábado).