default

Monumento a los desaparecidos


En el centro de la Plaza de Tlatelolco, parte de la Plaza de las Tres Culturas, en México D.F., se erige un imponente macizo de mármol negro que tiene grabado los nombres de veintenas de las víctimas de la masacre del mismo nombre que tuvo lugar en 1968, cuando el presidente Gustavo Díaz Ordaz envió al ejército para reprimir una concentración de estudiantes que protestaba pacíficamente contra la sempiterna dictadura del partido y la injusticia social endémica de su país.
Era la víspera de las Olimpíadas y la agitación estudiantil hacía temer al gobierno que el espectáculo tan laboriosamente preparado, se estropeara, si por efecto de contagio, se extendieran las protestas, aprovechando la presencia de miles de visitantes y periodistas extranjeros de todo el mundo. La orden por tanto fue terminante, acabar de raíz y de un solo tajo las protestas, a como diera lugar.
Lo ocurrido después fue de una crueldad inusitada. Enterado desde días antes de la manifestación, que había sido intensamente promovida por los jóvenes organizadores, el ejército hizo emplazar desde muy temprano, a tiradores expertos en las azoteas y ventanales de los edificios que rodeaban la plaza. Un poco más distantes, a algunas cuadras, se ocultaron decenas de tanques y vehículos blindados, y se destacaron varios batallones de infantería completamente armados.
Pacientemente aguardaron que la plaza estuviera colmada por varios miles de estudiantes, obreros y ciudadanos, que concurrieron al lugar a últimas horas de la tarde.
En eso, rechinó la metralla, cuyo lúgubre tabletear se mezcló con los gritos de la multitud. Las armas no pararon hasta que nadie quedara en pie. Los heridos yacían o se arrastraban tras pilas de muertos. Luego vinieron los blindados y tras de ellos la infantería, que completaron el trabajo de rematar a los testigos. Más tarde llegaron los camiones, que cargaron con los muertos. Y por último los carros de basura y los bomberos, que se ocuparon de lavar las calles repletas de restos humanos y sangre. Las olimpíadas fueron un éxito. Fue el mismo año del golpe de Torrijos, Noriega y sus esbirros. En toda América Latina ocurrió igual, mas no en México, que no lo requería porque ya tenía su dictadura añeja, de partido, que serviría de modelo a imitar.
En Panamá tuvimos también centenares de muertos y desaparecidos, muchos anónimos, que se opusieron al régimen militar. El hallazgo de los supuestos restos del padre Gallego y de otros en los terrenos de un antiguo cuartel, ilustra la naturaleza criminal de la tiranía, no importa la identidad de las víctimas, llámense Fistonich, Giroldi, Bethancourt, Wald, Spadafora, Miró, Britton, Mendizábal, Sardiña, Allen, Osorio, Moreno y otros. Son tantos y tan sublime su sacrificio, que no merecen morir de nuevo con nuestro olvido, no importa indultos, amnesias legislativas, ni reconciliaciones.
"Prohibido Olvidar", debe ser el encabezado del monumento, también en negro como en Tlatelolco, que sugerimos para honrar a nuestros centenares de caídos, como postrer homenaje a su memoria, a los inmolados arma en mano resistiendo a la dictadura, con igual honor que quienes murieron ofreciendo resistencia cívica y a quienes perecieron tras un golpe desde adentro del régimen. Honraremos también a los miles de lesionados y a tantos otros que se dieron por restaurar la democracia. La Patria tiene con ellos una deuda de sangre imperecedera. ¡ Manos a la obra, levantémoslo ya!


101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América