Motores de innovación
Ninguna persona, empresa o Estado se esfuerza mucho por innovar cuando las cosas andan bien; para ello hacen falta las vicisitud. Como bien se ha señalado: "Nuestras leyes son la respuesta a la última crisis". Pero la verdadera innovación no es la jurídica, sino la personal, la empresarial y la estatal; y para que ello se dé, hace falta un buen acicate.
La difícil situación económica va cerrando puertas y ventanas, y entre las pocas opciones que nos va dejando para salir es tumbar paredes. Cuando una empresa ve que el mercado ya no le permite aumentar sus precios; que el gobierno va cerrando todas las puertas de evasión fiscal y aumentando los impuestos; que sus costos de insumos y demás se disparan, ¿qué hacer? ¡Innovar! En otras palabras, concebir mejores y más económicas formas de producir y negociar.
Pero los retos que ello presupone son formidables. Por un lado, vemos que nuestro personal se ha acostumbrado a cierta forma de trabajar y se resiste al cambio; lo cual, en muchas ocasiones, no deja otra alternativa que despedir a unos para contratar a otros, cosa que se hace costosa y difícil en un país con normas laborales inflexibles.
Muchas empresas hacen ingentes inversiones en equipos y programas de automatización para encontrar que su personal se resista a usar las nuevas herramientas. Como también es consabido que la automatización a menudo conlleva una reducción del personal; pues, al fin y al cabo, se trata de reducir costos y hacer más expedita, eficaz y económica la actividad. Y es que no queda otra alternativa frente a los obstáculos que presentan la crisis y los voraces apetitos fiscales; por un lado, y la feroz competencia por el otro.
También a menudo ocurre que nos decidimos por soluciones que no son de vanguardia y ello puede salir muy caro o reducir los beneficios de nuestros innovadores esfuerzos, lo cual, a su vez, puede producir desaliento. Sin embargo, en el mercado ya existen nuevos sistemas de próxima generación que empoderan a los ejecutivos sin alienar a sus colaboradores.
Tristemente, el proceso de innovación y modernización a que nos vemos abocados por los excesos de legislación restrictiva fiscal y otras formas de intervencionismo, sea laboral o de otra índole, va ampliando la brecha entre ese pueblo que sale de un sistema educativo oficial estafador, y aquellos ciudadanos y extranjeros más afortunados; ya sea que vienen de países con cultura empresarial o porque se han podido costear una educación privada de mejor calidad que la pública.
Pero lo más triste es que las soluciones están allí mismo, como golosinas que mira un niño pobre a través de un escaparate. Ya hemos dicho que los ricos pueden escoger su escuela; mientras que los pobres están obligados a someterse a la estafa oficial. Esto no tiene que ser así. Podemos adoptar un sistema de vales que les brinde el derechos constitucional de elegir. Como también podemos legislar a futuro y no de manera jurásica.