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Movimiento social y protesta social


Hemos repetido hasta el cansancio, que los niveles crecientes de efervescencia social son la consecuencia directa de una política económica neoliberal, empobrecedora de las grandes mayorías nacionales. Es que el capitalismo salvaje tardío, apuntalado por la guerra de los Estados Unidos contra el mundo, avanza sin contemplaciones derrumbando naciones y destruyendo pueblos. Estamos, sin duda, frente a la peor dictadura del gran capital financiero, especulativo e improductivo, que domina los mercados y hasta el pensamiento social.
No cabe, por ahora, hacer un juicio crítico sobre el neoliberalismo como ideología dominante. Ya habrá tiempo para enjuiciarlo en su relación con la democracia. Lo que nos interesa, ahora, es advertir sus efectos sobre el movimiento social y sobre la protesta social.
Los efectos del neoliberalismo (forma ideológica predominante) sobre el pensamiento social parecen evidentes: los economistas ahora sólo son financieros, los sociólogos se han convertido en simple leedores de encuestas y los políticos se han degradado a meros politiqueros. Ello es producto de que en la cultura moderna se ha desterrado el gran pensamiento, el gran relato, la búsqueda de las explicaciones racionales; en fin, al culto a la llamada posmodernidad. Si ello ocurre en los intelectuales, ¿por qué no puede ocurrir en la cabeza de la dirigencia obrera? Por supuesto que en el movimiento obrero pesan tradiciones negativas de mucho peso y en el movimiento popular panameño, en su conjunto, pesan con más fuerza y determinación.
La historia de los últimos 30 años demuestra que la dirigencia popular panameña no ha avanzado ni un centímetro en la comprensión aún de su propia sociedad, ni qué decir de la historia de otros lados.
Es cierto que el movimiento social panameño no tiene la consistencia del brasileño (los sin tierra) o del argentino (movimiento de los piqueteros) o del boliviano (campesinos cocaleros) o, finalmente, del ecuatoriano (movimiento indígena). Pero es significativo dentro de la desarticulada sociedad nacional. Sólo que su dirigencia se ha constituido en una lápida sobre el movimiento social, que únicamente parece impulsarse de manera esporádica y por su propia determinación coyuntural. A su vez, esa dirigencia no siempre representa los intereses generales del movimiento social y sí los de sus propias sectas. A la falta de cultura política y a la ideologización de sus acciones se le debe sumar su carácter trepador, a cualquier costo.
El movimiento social le ha servido a la dirigencia para escalar puestos en el Estado, para domesticar al propio movimiento en diálogos improductivos o en negociaciones a trastienda. Es obvio que los que negocian se creen parte del Estado y no del movimiento, y en realidad lo son.
Finalmente la izquierda panameña, atosigada de un marxismo manual, ha entregado la lucha por las libertades democráticas a la burguesía.
Han pasado 30 años y esa eterna dirigencia popular, vitalicia al parecer, no ha aprendido nada de nada. Tendrá que ser otra dirigencia, al parecer.

101 años de Panamá América

 
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