Mucho después del 11 de octubre
Para evitar la repetición de pasados errores y vicios, debe saberse qué fue lo que verdaderamente sucedió en nuestra historia contemporánea. Al efecto, ahora se requiere un conocimiento más objetivo y confiable de la realidad de los últimos decenios. Así lo exige la cultura política nacional. Hace falta comprender la secuencia de los acontecimientos que lo antecedieron y uno de los fenómenos que demandan aclaración es el origen del torrijismo, ya que a veces los cronistas reinterpretan los hechos según convenga a sus intereses políticos. Así, ya sea con ingenuidad o malicia, algunos autores sitúan el inicio del torrijismo en el golpe del 11 de octubre de 1968. Esto es doblemente falso: de una parte, porque el movimiento social que más tarde se proclamó torrijista es más antiguo. De otra, porque el liderazgo personal y la orientación política de Omar Torrijos no cuajaron, sino unos años después de ese golpe.
Parte de la confusión proviene de ciertos apologistas del propio Torrijos y no sólo de sus enemigos de entonces y ahora. Hace años hubo una literatura "torrijista", según la cual el desastre político y la ingobernabilidad a los que se había llegado en 1968 y la inminencia de que el gobierno arnulfista traicionara a los mártires del 64 firmando los Tratados Tres en Uno, indujeron a "un grupo de militares patriotas" a dar el golpe para cambiar el rumbo del país y satisfacer las reivindicaciones sociales y patrióticas de las mayorías populares. Es verdad que desde antes de 1968 venía agravándose esa crisis sociopolítica, así como la violencia policial con la que la oligarquía remplazaba su incapacidad para gobernar. No obstante, el golpe tuvo otras motivaciones: lo escenificó un grupo muy heterogéneo de oficiales, que actuó para no ser descabezados por un decreto presidencial que los pretendía remplazar por unos testaferros. Así, el nuevo gobierno nació sin objetivos preestablecidos y fue integrado por conocidos representantes de la política oligárquica.
Para la mayoría de los dirigentes populares y estudiantiles que hacía años enfrentaban persecuciones políticas, nada cambió. A su vez, los grupos más radicales, que de antemano venían organizando un levantamiento guerrillero, lo aceleraron, coincidiendo con algunos arnulfistas que estuvieron alzados, aunque su líder dejó de respaldarlos. Así pues, aquel 11 de octubre no surgió un gobierno popular ni liberador, sino que el país siguió padeciendo un régimen rabiblanco, represivo y entreguista, con el agravante de que se rompió su formato constitucional. Esto sólo se hizo más ostensible y rudo el mismo maridaje que tras bambalinas ya gobernaba desde la época de los generales Remón y Vallarino. Entre quienes se propusieron aprovechar la coyuntura para modificar la situación del país, la disputa inicialmente se dirimió entre una opción autoritaria y represiva representada por el coronel Boris Martínez, y otra dialogante y concertadora en la figura del coronel Omar Torrijos, más proclive a buscar interlocutores políticos y sociales con quienes acordar soluciones. Algunas contradicciones se resolvieron en febrero de 1969, al expulsarse a los coroneles Martínez y Boyd. Con todo, la prioridad aún era combatir la guerrilla y para eso la vieja Guardia Nacional sólo conocía los métodos que desde hacía mucho venía aplicando. Seguía sin establecerse un nuevo rumbo y en diciembre de ese año, el fracaso de un golpe interno surtió efectos depuradores con la salida de los coroneles Silvera, Sanjur y Araúz.
La capacidad de diálogo y concertación, el planteamiento de propósitos más claros en materia de satisfacción de reivindicaciones sociales y la fijación de objetivos patrióticos frente a la cuestión canalera, le dieron a Torrijos nuevos simpatizantes y colaboradores entre los líderes populares y la intelectualidad. Esto dio lugar a un fenómeno históricamente inusitado: la autoridad de Torrijos dentro de la Guardia se fortaleció gracias al amplio respaldo que él logró entre los sectores populares y la clase media. La adhesión de muchos de quienes antes eran perseguidos a solicitud de la oligarquía le permitió a Torrijos cambiar el papel social de esa institución, así como valerse de ella en la tarea de conquistar diversos objetivos populares, como el sistema de representación popular, una nueva legislación laboral, la expansión de la cobertura de asistencia social y, muy particularmente, los Tratados del Canal.
Por ende, no fue aquel 11 de octubre, sino ya en 1972 cuando tuvo inicios el conjunto de transformaciones estructurales que se conoció como el proceso revolucionario, y lo que luego fue el torrijismo.
Parte de la confusión proviene de ciertos apologistas del propio Torrijos y no sólo de sus enemigos de entonces y ahora. Hace años hubo una literatura "torrijista", según la cual el desastre político y la ingobernabilidad a los que se había llegado en 1968 y la inminencia de que el gobierno arnulfista traicionara a los mártires del 64 firmando los Tratados Tres en Uno, indujeron a "un grupo de militares patriotas" a dar el golpe para cambiar el rumbo del país y satisfacer las reivindicaciones sociales y patrióticas de las mayorías populares. Es verdad que desde antes de 1968 venía agravándose esa crisis sociopolítica, así como la violencia policial con la que la oligarquía remplazaba su incapacidad para gobernar. No obstante, el golpe tuvo otras motivaciones: lo escenificó un grupo muy heterogéneo de oficiales, que actuó para no ser descabezados por un decreto presidencial que los pretendía remplazar por unos testaferros. Así, el nuevo gobierno nació sin objetivos preestablecidos y fue integrado por conocidos representantes de la política oligárquica.
Para la mayoría de los dirigentes populares y estudiantiles que hacía años enfrentaban persecuciones políticas, nada cambió. A su vez, los grupos más radicales, que de antemano venían organizando un levantamiento guerrillero, lo aceleraron, coincidiendo con algunos arnulfistas que estuvieron alzados, aunque su líder dejó de respaldarlos. Así pues, aquel 11 de octubre no surgió un gobierno popular ni liberador, sino que el país siguió padeciendo un régimen rabiblanco, represivo y entreguista, con el agravante de que se rompió su formato constitucional. Esto sólo se hizo más ostensible y rudo el mismo maridaje que tras bambalinas ya gobernaba desde la época de los generales Remón y Vallarino. Entre quienes se propusieron aprovechar la coyuntura para modificar la situación del país, la disputa inicialmente se dirimió entre una opción autoritaria y represiva representada por el coronel Boris Martínez, y otra dialogante y concertadora en la figura del coronel Omar Torrijos, más proclive a buscar interlocutores políticos y sociales con quienes acordar soluciones. Algunas contradicciones se resolvieron en febrero de 1969, al expulsarse a los coroneles Martínez y Boyd. Con todo, la prioridad aún era combatir la guerrilla y para eso la vieja Guardia Nacional sólo conocía los métodos que desde hacía mucho venía aplicando. Seguía sin establecerse un nuevo rumbo y en diciembre de ese año, el fracaso de un golpe interno surtió efectos depuradores con la salida de los coroneles Silvera, Sanjur y Araúz.
La capacidad de diálogo y concertación, el planteamiento de propósitos más claros en materia de satisfacción de reivindicaciones sociales y la fijación de objetivos patrióticos frente a la cuestión canalera, le dieron a Torrijos nuevos simpatizantes y colaboradores entre los líderes populares y la intelectualidad. Esto dio lugar a un fenómeno históricamente inusitado: la autoridad de Torrijos dentro de la Guardia se fortaleció gracias al amplio respaldo que él logró entre los sectores populares y la clase media. La adhesión de muchos de quienes antes eran perseguidos a solicitud de la oligarquía le permitió a Torrijos cambiar el papel social de esa institución, así como valerse de ella en la tarea de conquistar diversos objetivos populares, como el sistema de representación popular, una nueva legislación laboral, la expansión de la cobertura de asistencia social y, muy particularmente, los Tratados del Canal.
Por ende, no fue aquel 11 de octubre, sino ya en 1972 cuando tuvo inicios el conjunto de transformaciones estructurales que se conoció como el proceso revolucionario, y lo que luego fue el torrijismo.