Mucho después del 11 de Octubre
Para evitar la repetición de pasados errores y vicios, se requiere un conocimiento más objetivo y confiable de lo que realmente sucedió en las últimas etapas del siglo XX. La manipulación política de la historia reciente no ayuda a esclarecer las opciones del futuro. Superarla es una exigencia de la cultura política panameña, pues para encausar civilizadamente el siglo XXI hace falta comprender los acontecimientos que lo precedieron. Y uno de los fenómenos que demandan aclaración es el origen del torrijismo.
En la historia contemporánea, no pocas veces los cronistas reinterpretan los hechos según convenga a sus intereses políticos circunstanciales. Así, ya sea con ingenuidad o intencionadamente, algunos autores sitúan el inicio del torrijismo en el Golpe del 11 de octubre de 1968. Esto es doblemente falso: de una parte, porque el movimiento social que más tarde se proclamó torrijista es mucho más antiguo. De otra, porque el liderazgo personal y la orientación política de Omar Torrijos no cuajaron sino algunos años después de ese Golpe policial.
Parte de la confusión abanicada a este respecto proviene de ciertos apologistas del propio Torrijos y no sólo de sus adversarios de entonces y ahora. Hace años hubo una literatura pretendidamente "torrijista" según la cual el desastre político y la ingobernabilidad a los que se había llegado en 1968, y la inminencia de que el gobierno arnulfista traicionara a los mártires de 1964 firmando los Tratados Tres en Uno, habrían inducido a "un grupo de militares patriotas" a dar el Golpe para cambiar el rumbo del país y satisfacer las reivindicaciones sociales y patrióticas de las mayorías populares. Eso no era esclarecer la historia, sino acomodarla en favor de cierta interpretación política tendiente a legitimar determinadas situaciones.
Es verdad que desde antes de 1968 venía agravándose esa crisis sociopolítica, así como la violencia policial con la que la oligarquía remplazaba su incapacidad para gobernar. No obstante, el Golpe tuvo otras motivaciones: lo escenificó un grupo muy heterogéneo de oficiales, que actuó para evitar ser descabezados por un decreto presidencial que pretendía remplazarlos por unos testaferros, a despecho del escalafón institucional. Así, el nuevo régimen nació sin objetivos preestablecidos y la Junta de Gobierno fue integrada por conocidos representantes de la política oligárquica tradicional.
Para la mayoría de los dirigentes populares y estudiantiles que hacía años padecían persecuciones políticas, nada cambió. Los grupos más radicales, que de antemano venían organizando un levantamiento guerrillero, lo aceleraron, coincidiendo con algunos arnulfistas que se alzaron en armas aunque su líder dejó de respaldarlos. Así pues, de aquel 11 de octubre no surgió un gobierno popular ni liberador, sino que el país continuó padeciendo un régimen rabiblanco, represivo y entreguista, con el agravante de que su establecimiento rompió el formato constitucional. Esto sólo hizo más ostensible y rudo el mismo maridaje que tras bambalinas ya gobernaba desde la época de los generales Remón y Vallarino.
Esto agravó la crisis política preexistente. Enfrentada al compromiso de gobernar, en la cúpula militar surgieron proyectos contradictorios. Su decantación fue un proceso complejo que, en cierto modo, siempre quedó inconcluso. Entre quienes se propusieron aprovechar la coyuntura para modificar la situación del país, la disputa inicialmente se dirimió entre una opción autoritaria y represiva representada por el coronel Boris Martínez, y otra dialogante y concertadora personalizada por el coronel Omar Torrijos, más proclive a buscar interlocutores políticos y sociales con quienes concensuar soluciones. Otros oficiales carecían de cualquier proyecto y simplemente seguían las anteriores inercias de la institución.
Algunas contradicciones se resolvieron en febrero de 1969, al expulsarse a los coroneles Martínez y Boyd. Con todo, la prioridad policial y gubernamental aún era combatir la guerrilla y para eso la vieja Guardia Nacional sólo conocía los métodos que desde mucho antes le habían asignado. Seguía sin establecerse un nuevo rumbo y, en ese contexto, diversos mandos continuaban actuando conforme a sus propias concepciones. En diciembre de ese año, el fracaso de un golpe interno surtió efectos depuradores con la salida de los coroneles Silvera, Sanjur y Araúz. Luego de esto, la posición institucional de Omar Torrijos se consolidó y a lo largo del siguiente año su proyecto empezó a prevalecer.
La capacidad de diálogo y concertación con distintos sectores civiles, el planteamiento de propósitos más claros en materia de satisfacción de reivindicaciones sociales y la fijación de objetivos patrióticos frente a la cuestión canalera, le aportaron a Torrijos nuevos simpatizantes y colaboradores entre los líderes populares y los profesional de clase media. Entrado 1971, en el seno de la institución armada aún había contradicciones conceptuales, pero Torrijos ganaba liderazgo en diversos conglomerados civiles. Al cabo, la guerrilla quedó políticamente superada cuando los grupos sociales que ella había soñado redimir optaron por acuerpar ese liderazgo. Esto dio lugar a un fenómeno históricamente inusitado: la autoridad de Torrijos dentro de la Guardia se fortaleció gracias al amplio respaldo que él logró entre los sectores populares y la clase media. Fortaleció su autoridad ante los cuarteles por el amplio apoyo civil que él concitó. La adhesión de muchos de quienes antes eran perseguidos en beneficio de la oligarquía le permitió a Torrijos cambiar el papel social de esa institución, así como valerse de ella en la tarea de impulsar diversos objetivos populares, como el sistema de representación popular, una nueva legislación laboral, la expansión de la cobertura de asistencia social y, muy especialmente, los Tratados del Canal.
Por ende, no fue aquel 11 de octubre, sino después, ya en 1972, cuando tomó cuerpo el conjunto de transformaciones estructurales que luego se conoció como el proceso revolucionario, y que dio lugar al torrijismo. Dos hechos de nuevo tipo marcaron el momento: que muchos de quienes antes eran perseguidos pasaron a ocupar responsabilidades de gobierno, y el establecimiento de un sistema parlamentario de orientación popular, constituido por los representantes de corregimiento.
La constitución de un partido político representativo del torrijismo fue un acontecimiento muy posterior, de finales de esa década. Pero lo más relevante es que ese partido, el PRD, no resultó del Golpe escenificado en el "68, sino once años más tarde cuando, firmados los Tratados del Canal, Torrijos inició el proyecto de replegar a los militares a los cuarteles, sacándolos del quehacer político. En el contexto de un esfuerzo orientado a restablecer el régimen democrático sin recaer en la desprestigiada situación anterior al "68, el partido nació con la tarea de preservar y continuar por medios civiles las notables conquistas sociales alcanzadas en la década del "70. Esa fue la génesis de su nombre: la de consolidar las reformas revolucionarias por medios democráticos
No siendo hijo del Golpe sino del repliegue, resulta históricamente desacertado y moralmente injusto reducir al PRD a "brazo político" del régimen de aquella época, en vez de reconocerlo como uno de los instrumentos que Torrijos concibió para democratizar el escenario político. Sin embargo, la prematura muerte del General le permitió a sus sucesores militares desacatar ese proyecto, aferrarse al protagonismo político y engendrar aventuras para las cuales ellos no estaban calificados. Eso frustró dicho intento democratizador, distorsionó el papel del partido y facilitó que, a la postre, muchas de aquellas conquistas se fueron al traste. Aún así, en los siguientes lustros el PRD supo recuperar el perfil democrático y modernizador propio de su proyecto original y de sus actuales proyecciones.
En la historia contemporánea, no pocas veces los cronistas reinterpretan los hechos según convenga a sus intereses políticos circunstanciales. Así, ya sea con ingenuidad o intencionadamente, algunos autores sitúan el inicio del torrijismo en el Golpe del 11 de octubre de 1968. Esto es doblemente falso: de una parte, porque el movimiento social que más tarde se proclamó torrijista es mucho más antiguo. De otra, porque el liderazgo personal y la orientación política de Omar Torrijos no cuajaron sino algunos años después de ese Golpe policial.
Parte de la confusión abanicada a este respecto proviene de ciertos apologistas del propio Torrijos y no sólo de sus adversarios de entonces y ahora. Hace años hubo una literatura pretendidamente "torrijista" según la cual el desastre político y la ingobernabilidad a los que se había llegado en 1968, y la inminencia de que el gobierno arnulfista traicionara a los mártires de 1964 firmando los Tratados Tres en Uno, habrían inducido a "un grupo de militares patriotas" a dar el Golpe para cambiar el rumbo del país y satisfacer las reivindicaciones sociales y patrióticas de las mayorías populares. Eso no era esclarecer la historia, sino acomodarla en favor de cierta interpretación política tendiente a legitimar determinadas situaciones.
Es verdad que desde antes de 1968 venía agravándose esa crisis sociopolítica, así como la violencia policial con la que la oligarquía remplazaba su incapacidad para gobernar. No obstante, el Golpe tuvo otras motivaciones: lo escenificó un grupo muy heterogéneo de oficiales, que actuó para evitar ser descabezados por un decreto presidencial que pretendía remplazarlos por unos testaferros, a despecho del escalafón institucional. Así, el nuevo régimen nació sin objetivos preestablecidos y la Junta de Gobierno fue integrada por conocidos representantes de la política oligárquica tradicional.
Para la mayoría de los dirigentes populares y estudiantiles que hacía años padecían persecuciones políticas, nada cambió. Los grupos más radicales, que de antemano venían organizando un levantamiento guerrillero, lo aceleraron, coincidiendo con algunos arnulfistas que se alzaron en armas aunque su líder dejó de respaldarlos. Así pues, de aquel 11 de octubre no surgió un gobierno popular ni liberador, sino que el país continuó padeciendo un régimen rabiblanco, represivo y entreguista, con el agravante de que su establecimiento rompió el formato constitucional. Esto sólo hizo más ostensible y rudo el mismo maridaje que tras bambalinas ya gobernaba desde la época de los generales Remón y Vallarino.
Esto agravó la crisis política preexistente. Enfrentada al compromiso de gobernar, en la cúpula militar surgieron proyectos contradictorios. Su decantación fue un proceso complejo que, en cierto modo, siempre quedó inconcluso. Entre quienes se propusieron aprovechar la coyuntura para modificar la situación del país, la disputa inicialmente se dirimió entre una opción autoritaria y represiva representada por el coronel Boris Martínez, y otra dialogante y concertadora personalizada por el coronel Omar Torrijos, más proclive a buscar interlocutores políticos y sociales con quienes concensuar soluciones. Otros oficiales carecían de cualquier proyecto y simplemente seguían las anteriores inercias de la institución.
Algunas contradicciones se resolvieron en febrero de 1969, al expulsarse a los coroneles Martínez y Boyd. Con todo, la prioridad policial y gubernamental aún era combatir la guerrilla y para eso la vieja Guardia Nacional sólo conocía los métodos que desde mucho antes le habían asignado. Seguía sin establecerse un nuevo rumbo y, en ese contexto, diversos mandos continuaban actuando conforme a sus propias concepciones. En diciembre de ese año, el fracaso de un golpe interno surtió efectos depuradores con la salida de los coroneles Silvera, Sanjur y Araúz. Luego de esto, la posición institucional de Omar Torrijos se consolidó y a lo largo del siguiente año su proyecto empezó a prevalecer.
La capacidad de diálogo y concertación con distintos sectores civiles, el planteamiento de propósitos más claros en materia de satisfacción de reivindicaciones sociales y la fijación de objetivos patrióticos frente a la cuestión canalera, le aportaron a Torrijos nuevos simpatizantes y colaboradores entre los líderes populares y los profesional de clase media. Entrado 1971, en el seno de la institución armada aún había contradicciones conceptuales, pero Torrijos ganaba liderazgo en diversos conglomerados civiles. Al cabo, la guerrilla quedó políticamente superada cuando los grupos sociales que ella había soñado redimir optaron por acuerpar ese liderazgo. Esto dio lugar a un fenómeno históricamente inusitado: la autoridad de Torrijos dentro de la Guardia se fortaleció gracias al amplio respaldo que él logró entre los sectores populares y la clase media. Fortaleció su autoridad ante los cuarteles por el amplio apoyo civil que él concitó. La adhesión de muchos de quienes antes eran perseguidos en beneficio de la oligarquía le permitió a Torrijos cambiar el papel social de esa institución, así como valerse de ella en la tarea de impulsar diversos objetivos populares, como el sistema de representación popular, una nueva legislación laboral, la expansión de la cobertura de asistencia social y, muy especialmente, los Tratados del Canal.
Por ende, no fue aquel 11 de octubre, sino después, ya en 1972, cuando tomó cuerpo el conjunto de transformaciones estructurales que luego se conoció como el proceso revolucionario, y que dio lugar al torrijismo. Dos hechos de nuevo tipo marcaron el momento: que muchos de quienes antes eran perseguidos pasaron a ocupar responsabilidades de gobierno, y el establecimiento de un sistema parlamentario de orientación popular, constituido por los representantes de corregimiento.
La constitución de un partido político representativo del torrijismo fue un acontecimiento muy posterior, de finales de esa década. Pero lo más relevante es que ese partido, el PRD, no resultó del Golpe escenificado en el "68, sino once años más tarde cuando, firmados los Tratados del Canal, Torrijos inició el proyecto de replegar a los militares a los cuarteles, sacándolos del quehacer político. En el contexto de un esfuerzo orientado a restablecer el régimen democrático sin recaer en la desprestigiada situación anterior al "68, el partido nació con la tarea de preservar y continuar por medios civiles las notables conquistas sociales alcanzadas en la década del "70. Esa fue la génesis de su nombre: la de consolidar las reformas revolucionarias por medios democráticos
No siendo hijo del Golpe sino del repliegue, resulta históricamente desacertado y moralmente injusto reducir al PRD a "brazo político" del régimen de aquella época, en vez de reconocerlo como uno de los instrumentos que Torrijos concibió para democratizar el escenario político. Sin embargo, la prematura muerte del General le permitió a sus sucesores militares desacatar ese proyecto, aferrarse al protagonismo político y engendrar aventuras para las cuales ellos no estaban calificados. Eso frustró dicho intento democratizador, distorsionó el papel del partido y facilitó que, a la postre, muchas de aquellas conquistas se fueron al traste. Aún así, en los siguientes lustros el PRD supo recuperar el perfil democrático y modernizador propio de su proyecto original y de sus actuales proyecciones.