Muerte de un historiador
Cercano a Tabidal, norte de Chiguirí, llegó al final del camino. Atrás quedaron Penonomé, la historia nacional y sus múltiples recuerdos. En la desolada montaña coclesana, a donde arribó completamente solo, sin ser reconocido, encontró al más tortuoso sendero que le quedaba por andar. El cansancio de una larga jornada desde hacía tantas décadas emprendida iba pronto y de repente, sin aviso a terminar.
Prefirió alejarse de la ciudad, vorágine de indolencia, tráfico y concreto. Los momentos postreros no se compartirían con aquella urbe comercial alegre, todavía confiada, en la que por años residió. Era su voluntad que la penumbra de altas torres desafiantes no cubrieran su espíritu abatido. Ninguna comparaba a las sombras de ese agreste paisaje, de esos árboles centenarios que por última vez contemplaba. En su tierra natal reposaría tranquilo, a menor distancia de su amado Zaratí y de la India Dormida.
Jorge Conte Porras, ejemplar académico, había dedicado gran parte de su vida al estudio histórico de la nacionalidad panameña. Su exhaustivo afán investigativo lo llevó a impulsar la fragmentada historiografía del Istmo, redescubriendo caminos y huellas de quienes a través de los siglos forjaron nuestra nacionalidad. Plasmó ese conocimiento en numerosos libros, artículos, comentarios, calendarios históricos y demás publicaciones que como patriota legó desde el principio a las actuales y futuras generaciones. Con sus enseñanzas y con sus libros realizó incontables visitas a propios y extraños, fomentando un mayor aprendizaje del pasado, prólogo de nuestro presente.
Pero las puertas de la deferencia no se abren fácilmente al conocimiento. Con suerte, tarde a quienes desinteresada y generosamente lo divulgan.
El peso de sus libros se convirtió en carga. El silencio de la comunidad lo ensordeció. Los reconocimientos públicos no eran para quienes, hora tras hora, invirtieron años entre documentos de archivos y bibliotecas. Quizá reflexionando sobre un trabajo apáticamente correspondido, partió sin el verdadero agradecimiento que de los panameños siempre mereció.
A tres semanas de esa partida, las tintas que narraron los méritos de su vida parecen secarse. Columnistas deplorando su pérdida tienen otros temas. No se publican más comunicados ni resoluciones. La biografía de Conte Porras va quedando impresa en periódicos que ahora son de ayer. El inexorable camino de nuestra historia continúa.
Nos queda su obra, sí, pero no por ello dejemos pasar el recuerdo del historiador. Valoremos el apreciable legado que nos deja, aprovechando cualquier oportunidad para estudiar sus trabajos y para decir en su memoria lo que en vida raramente.
(*) El autor es árbitro y arbitrador internacional
Prefirió alejarse de la ciudad, vorágine de indolencia, tráfico y concreto. Los momentos postreros no se compartirían con aquella urbe comercial alegre, todavía confiada, en la que por años residió. Era su voluntad que la penumbra de altas torres desafiantes no cubrieran su espíritu abatido. Ninguna comparaba a las sombras de ese agreste paisaje, de esos árboles centenarios que por última vez contemplaba. En su tierra natal reposaría tranquilo, a menor distancia de su amado Zaratí y de la India Dormida.
Jorge Conte Porras, ejemplar académico, había dedicado gran parte de su vida al estudio histórico de la nacionalidad panameña. Su exhaustivo afán investigativo lo llevó a impulsar la fragmentada historiografía del Istmo, redescubriendo caminos y huellas de quienes a través de los siglos forjaron nuestra nacionalidad. Plasmó ese conocimiento en numerosos libros, artículos, comentarios, calendarios históricos y demás publicaciones que como patriota legó desde el principio a las actuales y futuras generaciones. Con sus enseñanzas y con sus libros realizó incontables visitas a propios y extraños, fomentando un mayor aprendizaje del pasado, prólogo de nuestro presente.
Pero las puertas de la deferencia no se abren fácilmente al conocimiento. Con suerte, tarde a quienes desinteresada y generosamente lo divulgan.
El peso de sus libros se convirtió en carga. El silencio de la comunidad lo ensordeció. Los reconocimientos públicos no eran para quienes, hora tras hora, invirtieron años entre documentos de archivos y bibliotecas. Quizá reflexionando sobre un trabajo apáticamente correspondido, partió sin el verdadero agradecimiento que de los panameños siempre mereció.
A tres semanas de esa partida, las tintas que narraron los méritos de su vida parecen secarse. Columnistas deplorando su pérdida tienen otros temas. No se publican más comunicados ni resoluciones. La biografía de Conte Porras va quedando impresa en periódicos que ahora son de ayer. El inexorable camino de nuestra historia continúa.
Nos queda su obra, sí, pero no por ello dejemos pasar el recuerdo del historiador. Valoremos el apreciable legado que nos deja, aprovechando cualquier oportunidad para estudiar sus trabajos y para decir en su memoria lo que en vida raramente.
(*) El autor es árbitro y arbitrador internacional