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Mujeres en la Corte Penal Internacional


El 17 de julio de 1998, la comunidad internacional dio un histórico paso adelante en el esfuerzo de poner fin a la impunidad por los crímenes de guerra y de violencia sexual, con la aprobación por más de 120 países miembros de la ONU, del Estatuto de Roma, instrumento internacional a través del cual se logró el reconocimiento de formas de violencia contra las mujeres, como la violación, la esclavitud sexual; la prostitución y el embarazo forzados, como crímenes contra la humanidad.
Simultáneamente, este instrumento creó una Corte Penal Internacional que constituye un hito en el avance por la plena incorporación de la agenda de género en materia internacional. Siendo esta Corte la primera institución del siglo XXI a nivel internacional, la misma debía reflejar, en su composición, el hecho de que las mujeres representan más de la mitad de la población mundial, pero además, al ser una institución independiente, está llamada a enfrentar el gran desafío de iniciar un nuevo milenio, evitando caer en prácticas discriminatorias que impidan el acceso de las mujeres, en paridad con los hombres, a cargos de alto prestigio y decisión en las organizaciones internacionales, tal como lo dispone el artículo 8 de la Convención para la Eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer.
El Estatuto de Roma, al crear la Corte Penal Internacional, estableció en el artículo 8, ordinal a), numeral III, el mandato que en la conformación de dicha Corte se debe tener una representación equilibrada de magistrados hombres y mujeres; representación que debe entenderse como una preocupación general y permanente, y no como un criterio adicional o alternativo a la representación geográfica equitativa o a la representación de los principales sistemas jurídicos del mundo. Esto significa que las mujeres tienen que estar representadas en la Corte en paridad con los hombres y que no se trata de fijar cuotas, sino de aplicar el principio de representación equilibrada o paritaria, como dispone el Estatuto y así mismo, garantizar que los y las magistrados/as electos incorporen una perspectiva de género en sus decisiones, para asegurar que los casos de violencia sexual y de género, sean adecuadamente investigados y juzgados.
Así, pues, recientemente fueron elegidos/as los 18 miembros de la Corte Penal Internacional, cuya distribución fue de tres electos/as por los estados africanos, tres por los estado asiáticos, uno por los estados del Este Europeo, cuatro por los estados de América Latina y el Caribe; siete por Europa Occidental y otros estados. Diez fueron elegidos (as) por su competencia en derecho criminal y ocho en derecho internacional. Fueron elegidas siete mujeres y sus nombres, países y tiempos de mandato son: Maureen Harding Clark (Irlanda, 9 años), Fatoumata Dembele Diarra (Mali, 9 años), Elizabeth Odio Benito (Costa Rica, 9 años), Sylvia H. de Figueiredo Steiner (Brasil, 9 años), Akua Kuenyehia (Ghana, 3 años), Navanethem Pillay (África del Sur, 6 años), Anita Usacka (Latvia, 3 años).
No tenemos la menor duda que las siete mujeres electas magistradas de la Corte Penal Internacional, lo fueron no sólo por ser mujeres, sino por ser personas de alta consideración moral, imparcialidad e integridad, además de su reconocida competencia en derecho y procedimientos penales y en materias de derechos humanos y experiencia en funciones jurídicas profesionales. La elección de estas mujeres para tan alta magistratura debe ser un motivo de orgullo para todas las mujeres del mundo, porque constituye un importante hecho histórico y un gran avance hacia el logro de la equidad de género, porque con ello estamos rompiendo las barreras del techo de cristal.
Pero ciertamente, estas mujeres deben enfrentar el gran desafío que representa estar permanentemente bajo el tamiz de sus congéneres de todo el planeta, que esperan que ellas impongan un nuevo modelo de interpretar y de aplicar la justicia con un rostro femenino, basado en la perspectiva de género. Ellas tienen la oportunidad de demostrar como dice la escritora Judy Chicago, que "La aceptación de las mujeres como figuras de autoridad o como modelos de conducta es un paso importante en la educación femenina...Este proceso de identificación, respeto y, por tanto, consideración de sí mismas es el que promueve su desarrollo".
No es extraño, entonces, que el dilema que nos mantiene al borde del precipicio sea el mismo que comprendió Rosa Luxemburgo a principios de siglo cuando gritó: "¡Socialismo o barbarie!", igual al que, décadas antes, Domingo Faustino Sarmiento en Argentina intuyera al titular su obra: "Civilización o Barbarie". Tampoco es casualidad que una voz de la otra dimensión nos haya confirmado que el propósito estratégico de la administración Bush consiste en apoderarse del petróleo de Irak y del planeta restante para ulteriormente negárselo a la República Popular China, cuyo desarrollo vertiginoso la está convirtiendo en un espacio económico alternativo.
Esta actitud es perfectamente compatible con el principal objetivo declarado de Estados Unidos en Asia: impedir que surja en Oriente una superpotencia. Así, mientras EE.UU. lucra del mercado chino, también toma medidas para evitar el fortalecimiento militar de China. De allí la ocupación de Afganistán, el boicot de EE.UU. a la reunificación pacífica de las Coreas, el rearme de Japón, la militarización creciente de Taiwán, la ocupación militar de EE.UU. en ex repúblicas soviéticas cercanas a China y la agresión a Irak.
Además, durante las últimas décadas, en los institutos, colegios y academias de guerra de Estados Unidos, sus estrategas, soldados y oficiales, se ejercitan en sus "juegos de guerra", en sus simulacros, contra un potencial enemigo: China.
Sin embargo, el dilema de "El Ser o la Nada" que confronta EE.UU. no depende exclusivamente de un suicidio nuclear en torno al Celeste Imperio: tiene que ver con algo más inmediato como la destrucción de las Naciones Unidas, de las alianzas con la Unión Europea y la OTAN, el demoronamiento del orden geopolítico, la desestabilización e inseguridad del mundo, todo ello ocasionado por las urgencias estomacales de las petroleras de las que Bush, Cheney, Rumsfeld y Condoleeza son ejecutivos y generales. ¿Qué sobrevivirá de aquel EE.UU. que conocimos, después de Irak?
Los pueblos del mundo, y el de Estados Unidos en especial, tienen la responsabilidad de convertir a esta hiperpotencia en una verdadera civilización de paz y progreso humano y de evitar que la locura y la ceguera aposentadas en Washington borren las contribuciones que sus grandes mujeres y hombres, estadistas, pensadores y políticos, han hecho a la Humanidad. Son nuestros sinceros deseos, desde un oscuro rincón del planeta.
*El autor es presidente del Servicio Paz y Justicia en Panamá (Serpaj-Panamá) y fue Asesor de Política Exterior.
(julioyao@pa.inter.net)

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