Mutualismo
He escrito sobre lo que he denominado grandes retos de la educación y me he referido a la integración del conocimiento y el retorno a las humanidades. Para finalizar con el tema, deseo hablar sobre mutualismo; es decir, nuestro compromiso con los demás. Más que nunca antes, estamos en la necesidad de recuperar un sentido de integridad de la vida humana y comprender la condición humana. Cada ser humano necesita contacto personal directo con grandes historias y facciones de la raza humana, un encuentro con la historia para poder empezar a conocerse a sí mismo y para sentir las potencialidades que existen a nuestro alcance y al alcance de otros seres humanos.
Debemos destapar las riquezas del espíritu y conocer acerca de las distorsiones de las cuales es capaz el ser humano. Debemos conocer de grandes liberaciones que podemos alcanzar y qué es lo que es pertenecer a la categoría de ser humano, qué es posible, qué puede ser. Esto lo conocemos a través de las vidas y acciones de individuos que nos hablan por medio del arte, a través de las páginas literarias e historia, anales de ciencia, a través de experiencias vividas con aventuras del espíritu y de inquietudes acerca del individuo como un ser humano y su viaje a través de esta vida y de su lugar en el Universo. Junto a la fragmentación del conocimiento y la pérdida de un sentido de totalidad, debemos enfrentar otro reto mayor, el cual fue elocuentemente articulado por Richard Warch, Presidente de Lawrence University en un libro que leí hace un tiempo. De acuerdo con él, existe una tendencia en nuestro sistema educativo de tratar los asuntos de juicio, gusto y valor, como irrelevantes o secundarios. Como resultado, tenemos una situación en la cual el juicio cede el paso a la opinión, el gusto a la preferencia y el valor al sentimiento.
Ya sea que confrontemos difíciles escogencias éticas en política pública, o en temas de identidad personal, como psicología, o preguntas acerca de la belleza como arte o literatura, o problemas de consecuencias ambientales y las ciencias, tenemos que estar dispuestos aceptar que nos presenten preguntas sobre valores en la arena de discusión o debate. El argumento moral de un poema, las implicaciones sociales de un sistema político, las consecuencias éticas de una técnica científica, y el significado humano de nuestras responsabilidades, deberían tener un lugar en el aula de clases. Negarle ese lugar, es renunciar a cualquier reclamo o intento de entrelazar pensamiento y acción; conocer y hacer.
No podemos privatizar la moralidad o relegarla a la esfera de los llamados "estilos de vida". La tensión entre la moralidad y la política es real, y debemos enfrentarla. No podemos retroceder, en los grandes temas de la sociedad de nuestro tiempo al "mundo pigmeo de devoción privada". No podemos ser aislacionistas social, política y moralmente. Tampoco podemos reducirnos dentro de atomizadas unidades sociobiólogas social- darwinísticas.
La educación es percibida apropiadamente como una fuerza liberacionista, un medio hacia la libertad, afirmación de la vida, la libertad del individuo de las limitaciones de la ignorancia, prejuicios, lugares y tiempos. Sin embargo, nosotros debemos recordar que nadie es una isla. Como decía Albert Schweitzer: "afirmación de vida...es el acto espiritual por medio del cual el hombre deja de vivir sin reflexionar; afirmar la vida es profundizarla para resaltar el derecho de vivir"
No tenemos alternativa, tenemos que terminar el enclaustramiento de nosotros mismos y preocuparnos por aquellos que se encuentran afuera de nuestro encierro moral. Necesitamos un centro moral, no un encierro moral. Debemos ser capaces de ser sensitivos al dolor y la pena de nuestro hermano o hermana. Es importante no sólo ser capaz de comprometernos en nuevas ideas, sino estar dispuestos a hacer declaraciones públicas de nuestras convicciones y compromisos, y entonces traducirlas en acciones y hechos. No podemos sentirnos complacidos y optimistas sobre la ética, ésta no tiene un punto final donde llegar. No es una mercancía. La ética se adquiere. Nuestro carácter se forja a través de nuestra vida. No puede ser comprada y no se puede obtener a través de uno o dos cursos tomados en una escuela de derecho, medicina o de negocios. Tenemos que construir un significado dentro de nuestras vidas y construirlo a través de nuestros compromisos. Cuidémonos de manuales o de recetas instantáneas. No hay tal cosa como "ética en 50 grandes lecciones".
En un individualismo saludable y el individuo existe un equilibrio entre el componente personal y de sí mismo, y el componente comunal o social. Ninguno de los componentes puede existir aisladamente. Por separado resultan una abstracción sin contenido. Un interés propio ilustrado, hace al titular que llevamos dentro, como seres humanos morales y espirituales para distinguir entre integridad y compromiso, justicia e injusticia, beneficio personal e interés público, medios y fines, bueno y malo. La ausencia de inteligencia, de compromiso y de elección siempre debilitará nuestros lazos sociales y, por lo tanto, debilitará nuestra sociedad y nuestra democracia.
El filósofo Henry Bergson, señaló una vez, que el ser humano tiene un depósito de indeterminación y que nuestros poderes de elección para bien o mal son enormes. Es a través de elecciones que uno se convierte en individuo. Debemos, por tanto, mantenernos conscientes que los valores y los ideales sociales no echan raíces en las arenas secas del materialismo.
Debemos destapar las riquezas del espíritu y conocer acerca de las distorsiones de las cuales es capaz el ser humano. Debemos conocer de grandes liberaciones que podemos alcanzar y qué es lo que es pertenecer a la categoría de ser humano, qué es posible, qué puede ser. Esto lo conocemos a través de las vidas y acciones de individuos que nos hablan por medio del arte, a través de las páginas literarias e historia, anales de ciencia, a través de experiencias vividas con aventuras del espíritu y de inquietudes acerca del individuo como un ser humano y su viaje a través de esta vida y de su lugar en el Universo. Junto a la fragmentación del conocimiento y la pérdida de un sentido de totalidad, debemos enfrentar otro reto mayor, el cual fue elocuentemente articulado por Richard Warch, Presidente de Lawrence University en un libro que leí hace un tiempo. De acuerdo con él, existe una tendencia en nuestro sistema educativo de tratar los asuntos de juicio, gusto y valor, como irrelevantes o secundarios. Como resultado, tenemos una situación en la cual el juicio cede el paso a la opinión, el gusto a la preferencia y el valor al sentimiento.
Ya sea que confrontemos difíciles escogencias éticas en política pública, o en temas de identidad personal, como psicología, o preguntas acerca de la belleza como arte o literatura, o problemas de consecuencias ambientales y las ciencias, tenemos que estar dispuestos aceptar que nos presenten preguntas sobre valores en la arena de discusión o debate. El argumento moral de un poema, las implicaciones sociales de un sistema político, las consecuencias éticas de una técnica científica, y el significado humano de nuestras responsabilidades, deberían tener un lugar en el aula de clases. Negarle ese lugar, es renunciar a cualquier reclamo o intento de entrelazar pensamiento y acción; conocer y hacer.
No podemos privatizar la moralidad o relegarla a la esfera de los llamados "estilos de vida". La tensión entre la moralidad y la política es real, y debemos enfrentarla. No podemos retroceder, en los grandes temas de la sociedad de nuestro tiempo al "mundo pigmeo de devoción privada". No podemos ser aislacionistas social, política y moralmente. Tampoco podemos reducirnos dentro de atomizadas unidades sociobiólogas social- darwinísticas.
La educación es percibida apropiadamente como una fuerza liberacionista, un medio hacia la libertad, afirmación de la vida, la libertad del individuo de las limitaciones de la ignorancia, prejuicios, lugares y tiempos. Sin embargo, nosotros debemos recordar que nadie es una isla. Como decía Albert Schweitzer: "afirmación de vida...es el acto espiritual por medio del cual el hombre deja de vivir sin reflexionar; afirmar la vida es profundizarla para resaltar el derecho de vivir"
No tenemos alternativa, tenemos que terminar el enclaustramiento de nosotros mismos y preocuparnos por aquellos que se encuentran afuera de nuestro encierro moral. Necesitamos un centro moral, no un encierro moral. Debemos ser capaces de ser sensitivos al dolor y la pena de nuestro hermano o hermana. Es importante no sólo ser capaz de comprometernos en nuevas ideas, sino estar dispuestos a hacer declaraciones públicas de nuestras convicciones y compromisos, y entonces traducirlas en acciones y hechos. No podemos sentirnos complacidos y optimistas sobre la ética, ésta no tiene un punto final donde llegar. No es una mercancía. La ética se adquiere. Nuestro carácter se forja a través de nuestra vida. No puede ser comprada y no se puede obtener a través de uno o dos cursos tomados en una escuela de derecho, medicina o de negocios. Tenemos que construir un significado dentro de nuestras vidas y construirlo a través de nuestros compromisos. Cuidémonos de manuales o de recetas instantáneas. No hay tal cosa como "ética en 50 grandes lecciones".
En un individualismo saludable y el individuo existe un equilibrio entre el componente personal y de sí mismo, y el componente comunal o social. Ninguno de los componentes puede existir aisladamente. Por separado resultan una abstracción sin contenido. Un interés propio ilustrado, hace al titular que llevamos dentro, como seres humanos morales y espirituales para distinguir entre integridad y compromiso, justicia e injusticia, beneficio personal e interés público, medios y fines, bueno y malo. La ausencia de inteligencia, de compromiso y de elección siempre debilitará nuestros lazos sociales y, por lo tanto, debilitará nuestra sociedad y nuestra democracia.
El filósofo Henry Bergson, señaló una vez, que el ser humano tiene un depósito de indeterminación y que nuestros poderes de elección para bien o mal son enormes. Es a través de elecciones que uno se convierte en individuo. Debemos, por tanto, mantenernos conscientes que los valores y los ideales sociales no echan raíces en las arenas secas del materialismo.