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Nada hay de acertado en la paranoia


No ha transcurrido una quincena desde que concluyeran los comicios presidenciales, y a los anuncios en las designaciones del equipo del nuevo gobierno parecen seguir los mismos señalamientos incisivos que han predominado durante la administración que está por terminar.

Hay una constante: el pasado, que no deja de ser una referencia en tanto que atentado contra la democracia que hoy vive Panamá, pero que no debería convertirse en pretexto paranoico, sobre todo cuando más de un millón de panameños endosó en la urnas su acuerdo con la nueva propuesta gubernamental.

En todo caso, lo consecuente sería permitir que al menos los primeros meses de la nueva administración muestren la coherencia entre la campaña y las ejecuciones. No sería correcto partir de prejuicios que podrían desembocar en aprehensiones y sospechas, antes de que la nave comience a navegar. Nadie omite la severa preocupación y hasta el estrés que causan las aproximaciones al pasado oprobioso de la dictadura, pero ¿hasta cuándo el país será prisionero de su pasado? ¿No sería ese caso una invitación a convertirnos en una nación de sal?

Los resultados de las elecciones del tres de mayo pasado demuestran las enormes capacidades ciudadanas para reflexionar, considerar medidas y hasta sancionar a aquellos que, de una manera u otra, hicieron daño a este país, por complicidad o por omisión. Lo que no podemos es derramar sospechas sobre todos, indiscriminadamente. Eso a nadie le hace bien.

101 años de Panamá América

 
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