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Nada para los usuarios, sólo incomodidades


Las expectativas de "ciudad del futuro" me atrajo a vivir al distrito de Arraiján. Una ciudad del futuro o del milenio no es una novedad y ni una fantasía. Después del censo de población del año 2000, las cifras revelaron que Arraiján reflejaba un crecimiento tres veces más de lo que se esperaba. Por ejemplo, La Chorrera, que era la tercera ciudad en población en la república, quedó de quinta y Arraiján, la primera en crecimiento de la provincia de Panamá.
Por esas cosas del destino perdí mi automóvil y me convertí en usuario del transporte colectivo de ese sector. Por eso no sólo me siento en mi derecho de opinar, sino de exigir por el servicio de transporte que me prestan. Cuando era reportero de KW Continente, hace cinco años, me tocó reportar sobre la oposición de los dueños de autobuses al reordenamiento de las terminales de autobuses del servicio colectivo. Las autoridades sostenían que el transporte colectivo no debía operar en las calles y mucho menos debajo de los palos de mangos. En aquel tiempo, la alcaldesa Mayín Correa tuvo la dicha de hacer una inversión urgente para solucionar a los transportistas del oeste su status de errantes. Para sorpresa de las autoridades, la terminal que se construyó no fue utilizada por mucho tiempo. Los dirigentes transportistas se oponían por las incomodidades y deficiencias de seguridad pública del lugar en contra de los pasajeros y de ellos. Tras diálogos y más diálogos y ruegos, al fin la terminal comenzó a funcionar bajo la condición de provisional.
Casi cinco años después, nuevamente la terminal de transbordo de El Chorrillo entra en la opinión pública. Esta vez, algunos transportistas, que seguramente ayer no querían estar allí, ahora reacios no quieren abandonar ese lugar. Como la inversión no la hicieron ellos sino el Municipio de Panamá, claro está, no hay riesgo económico alguno.
El traslado a una nueva terminal ubicada en Albrook, ha generado comentarios absurdos. El grupo que administra actualmente la terminal de El Chorrillo se opone, cuán furibundo, al traslado. La ola de bolas y falsedades confunde a los usuarios con facilidad. Por su supuesto los pasajeros están indiferentes, porque a ellos lo que les importa es el transporte para llegar a sus trabajos y estar de vuelta a su casa. De allí que ahora la terminal de El Chorrillo es "la terminal de los pobres". La otra es de los ricos, al menos eso reza en algunas pancartas. Pero si usted aborda un autobús del sector oeste, los comentarios de los usuarios no son favorables para ese grupo de transportistas. Ellos cuestionan que durante cinco años los que administran no han invertido un solo centavo en favor de los usuarios para evitar que los pasajeros, cuando bajan de sus vehículos, no se ensucien sus zapatos y cuando la lluvia arrecia los pasillos o zaguanes no se inunden y dificulte su paso.
Los propios conductores, en su mayoría "palancas", se apenan por no poder ayudar a sus pasajeros y se refieren a esa terminal como un basurero, foco de peligro debido a los constantes asaltos, heridos con arma blanca y de fuego y por un ambiente de insalubridad. Además, ponen en duda las ganancias recibidas por el sistema de audio visual colocados en las pilastras, cuyo negocio no lo ven con transparencia.
Hace siete años, los autobuses del sector oeste, en especial los de Arraiján, circulaban hacia la capital casi sin pasajeros y sus salidas tardaban considerables minutos para llenarse. Con el crecimiento demográfico registrado en los últimos años, las cosas han mejorado. Hacia allá y hacia acá los autobuses viajan atestados de pasajeros en cuestión de minutos. Sin embargo, para algunos de esos dirigentes del transporte, la calle está dura como para pagar el zarpe en la nueva terminal. En El Chorrillo pagan un dólar. En la nueva terminal pagaran entre seis y siete dólares. Con el dólar ellos pagan el alquiler, es decir, que son los pasajeros los que pagan la terminal. Con el zarpe en la nueva terminal, los pasajeros son los beneficiados porque disfrutan de una infraestructura moderna, con mayor seguridad, todo está limpio, hay facilidades de compra y comida para todo los gustos y el concepto es un servicio de calidad y de eficiencia. El asunto no está en cuestionar que los pasajeros pagan cinco centésimos de zarpe. El asunto es que en esos cinco centésimos de balboas, los pasajeros están cubiertos por un seguro contra accidente dentro de la terminal.
Es preocupante que una inversión de muchos millones de dólares sea atacada tan aventureramente sin analizar y reconocer que ha generado más de mil empleos directos e indirectos, significa compras y proveedurías por miles de dólares, otras inversiones como negocios, bancos, restaurantes y otros servicios que reflejan una sensación de país en desarrollo con señales de repunte. No importa si fue Rockefeller, un jeque árabe, Bill Gate, el mencionado Mello Alemán quien hizo la inversión, sino el nuevo concepto que tiene como sujeto de atención al usuario con un servicio eficiente y de calidad.
No es correcto ni justo dar la impresión de inseguridad jurídica e inestabilidad a los inversionistas locales y extranjeros, porque las consecuencias de esas actitudes ahuyentarán nuevas inversiones, provocarán estancamiento económico y afectaría la generación de empleos. Creo que si los transportistas del sector tienen el interés de explotar ese negocio deben hacer su propuesta, construir y cristalizar una nueva terminal primero, luego ofertarla a la demanda y competir, entonces, tal como lo impone la globalización, que es un fenómeno del que no vamos a poder sacudirnos, y no esperar que sea el Municipio de Panamá o el Gobierno Nacional el que invierta a base de la utilización de los impuestos de los ciudadanos. Lo que se necesita es trabajar y contribuir por Panamá con mentalidad desarrollista, competir con reglas claras, definidas y no sobre la base de un daño a la imagen del país que necesita de muchas más inversiones.

101 años de Panamá América

 
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