!Nadie se salvará!
La crisis del sistema financiero de los Estados Unidos la desencadenó el desproporcionado aumento de préstamos hipotecarios irrecuperables. Los bancos se habían vuelto, literal y materialmente, locos prestando a diestra y siniestra, y muchos de los que suscribieron las hipotecas no tenían la capacidad de pagarlas. Las proporciones del colapso son monumentales y de sus repercusiones no escapará nadie.
Al gobierno de Bush no le quedó otra alternativa; no aprobar el rescate hubiera sido peor. Y así lo reconocieron tanto McCain como Obama, que apoyaron la medida que logró abrirse paso en el Congreso, después de un primer rechazo por la Cámara de Representantes. Conseguir su aprobación no fue fácil, como lo demostró el resultado de la votación y que la propuesta original, que solo tenía 3 ó 4 páginas, terminó en 400.
Muchos sectores del pueblo norteamericano, hasta última hora, presionaron a representantes y senadores para que no aprobaran el paquete de rescate, por considerar que no era justo sacrificar a los contribuyentes para tapar los errores de Wall Street e, indirectamente, premiar a los responsables del desastre, los altos ejecutivos de los bancos, que reciben sumas multimillonarias por "sus servicios".
El paquete de rescate fue aprobado y, eventualmente, servirá para que los bancos, libres del lastre de las carteras incobrables, que serán adquiridas por el gobierno, puedan volver a prestar y sostener la demanda de bienes y servicios, esencial para que la economía no se estanque. El propósito esencial del programa de rescate es reactivar la economía de los Estados Unidos. Pero mientras eso sucede, los efectos de la crisis se dejarán sentir en todo el mundo. Y en Panamá debemos estar preparados para el que será un período difícil. No debemos tomar a la ligera, como parece ser la actitud del gobierno y de algunos sectores vinculados a la banca local, sus efectos sobre nuestra economía que, como todos sabemos, está en muchos aspectos casada con la de los Estados Unidos.
Los bancos norteamericanos más afectados por el colapso financiero manejaban muchos millones depositados por los fondos de pensiones y quienes ahorraban en ellos se verán forzados a reconsiderar, por ejemplo, la compra de casas y apartamentos en países como el nuestro. Y tampoco podrán viajar y gastar en nuestros países en los volúmenes en que lo hacen ahora.
La nueva liquidez que proporcionará el paquete de rescate se concentrará en el mercado norteamericano y, en consecuencia, se reducirá y hasta se cerrará para operaciones en otros países.
Las instituciones financieras internacionales como el BID, principal fuente de financiamiento para préstamos para el desarrollo en América Latina, tendrán más dificultad para colocar sus títulos de deuda y procurarse los recursos que después nos prestan. Y, en consecuencia, también se verán obligadas a revisar, al alza los intereses que no cargan y a imponer condiciones más severas para el desembolso de los préstamos.
Y eso, aunque lo niegue, hablando a mi juicio con extrema ligereza el administrador del Canal, tendrá un efecto negativo sobre el costo y las condiciones del eventual financiamiento de la ampliación, que se discute con el BID y con las otras IFIs.
El gobierno y los principales actores de nuestra economía deben dialogar muy seriamente sobre las repercusiones de la crisis norteamericana y qué medidas debemos tomar para aminorar sus efectos. Y es urgente que lo hagan.